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Sangre en la arena

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Sangre en la arena

Mensaje por Outis el Lun Nov 19 2018, 00:03


Lemuria se extiende hasta donde los ojos permiten posar la mirada, sus dunas envuelven la tierra en un simple manto dorado que se ondula caprichosamente durante kilómetros y kilómetros, y eso para alguien nacido en un bosque que se teñía de blanco normalmente era familiar y a la vez ajeno completamente, porque la arena abrazaba todo y en todo estaba, podía uno sentir hasta el más pequeño grano de arena golpeando la piel acarreado por el viento que cada tanto soplaba sus lenguas de fuego acariciando el rostro. Desde su llegada hace años Outis decidió dedicar el dia a trabajos mundanos que eran necesarios entre la población; muchos de los extraños con los que se codeaba eran mercenarios, personas que no querían más que encontrar un lugar en el mundo donde hacer lo que más le venía en gana y mejor aún si estaba bien remunerado. Kalah levantó un auténtico reino en ese lugar y los nómadas de las tierras lejanas venían en busca de fortuna; a veces había problemas con los extranjeros que buscaban mucho más de lo que les era permitido.

Eso estaba castigado con la muerte. Aquí y en cualquier lado.

Apenas había acabado de labrar una porción de tierra que le había solicitado a Kalah, en ella plantaba una variedad de especias y condimentos que no tenían nada que ver con aquel clima, intentaba de alguna manera adaptar estos frutos y plantas de manera de crear una nueva forma de independecia del mundo lejano, además le permitía distraerse y meditar en silencio mientras trabajaba aquella pequeña porción de tierra cerca del oasis. En otros momentos se encargaba de tareas más domésticas. como la reparación de los carruajes o la limpieza de los establos pues no le importaba ensuciarse las manos, además… era entre la plebe que uno escuchaba las cosas más interesantes. Su contextura física había aumentado y también el sol se encargó de oscurecer significativamente la piel blanca del norteño, ahora parecía alguien más aun cuando sus facciones eran bastante distinta de esa gente ¿Su ventaja? Todos los que trabajaban para vivir provenían de distintos lugares del mundo.

Deslizó sus manos entre las ropas que había dejado en un costado del establo: estaba sudado y el viento había hecho que esa sensación de arena pegada al cuerpo se mantuviese todo el tiempo, por eso se deslizó nuevamente hasta una fuente y tomó una porción de agua bastante escueta a diferencia del resto de los que rodeaban el lugar limpio sus extremidades y su pecho, dándole un momento de frescura en la que hundió su rostro ligeramente en el poco agua que quedaba en el recipiente de madera, tomó asiento al borde de la fuente y entonces prestó atención a la gente que lo rodeaba: mercantes al paso, mujeres que diligentemente trabajaban en tareas artesanales, muchas de ellas sustento de sus propios hogares; las risas provenían del “bar”, el le decia asi porque era uno de los pocos lugares en la zona donde se servían bebidas alcohólicas;  Outis usaba la palabra “Bar” en referencia a la barra de madera que cruzaba el mostrador, donde usualmente se sentaban todos, pero en ese lugar también servían generosas comidas y se escuchaban las más interesantes historias, entre ellas las que provenían de otras ciudades. Ahora. Cuando hablábamos sobre extranjeros que buscaban mucho más de lo debido nos referíamos a esta clase de gente: viejos soldados caídos en desgracia que ahora viajaban intentando hacer un negocio aquí o allá, eran comerciantes pésimos y propensos al problema; inmediatamente lo encontraron en la mesera, una sensual dama de piel oscura con el tatuaje de un ojo ritual bajo el mismo ojo izquierdo, una joven ansiosa en probar que era digna de ser temida, que siempre interroga a un mudo Outis sobre los menesteres del mundo más allá y que más de una vez recibió solo el silencio como contestación, aunque otras veces le contestaba mencionando que de todos los lugares que había visitado en su vida, Lemuria era el unico que valia la pena para “vivir”.  

Sin mayores dilaciones he de referir los hechos acontecidos de la manera más adusta: Outis solía evitar el entrar a dicho establecimiento, pero, aun así era atendido por la joven mesera cuando lograba ver su cabeza sentada bajo el dintel de la ventana que estaba junto a una mesa, mesa que actualmente ocupan dos viajeros, uno de rasgos lemurianos y de pocas palabras, el otro seguramente un presumido ex guerrero de este. Outis tomo asiento junto a la ventana y no pasaron más que unos minutos antes de que la joven apareciera con una sonrisa radiante a atenderle, siempre le servían una jarra de agua fresca, pues sabían de su predilección por el frío en el establecimiento, mientras disfrutaba de la bebida escuchaba en silencio lo que hablaban: al parecer uno de los clanes del desierto estaba acumulando armas y este mercader de la muerte las traía por barco directamente desde el este ganando generosas cantidades, el problema radica que si Outis no estaba en un error este clan belicoso había estado robando las caravanas de mercantes que viajaba al oasis: malo para los negocios, malo para todos y cuando eso pasaba Kalah… perdía los estribos.

“Eh bonita, lindas lonjas.” el sonido de la mano del hombre del este al palmear la pierna a la joven resonó en todo el Bar, un par de mujeres se habían volteado con mala cara, posiblemente terminarían lanzándose contra él con las cuchillas que usaban para faenar animales, pero no tuvieron la oportunidad ya que la mesera desenfundo una daga y de un solo movimiento clavó literalmente la mano a la mesa. El lemuriano no emitió palabra por su “compañero” que chillaba como cerdo que llevan al matadero.

“Voy a matarte maldita ramera del desierto.” No tomó más que un momento escuchar que desenvainaba una espada para hacer que Outis, silencioso y ante la mirada de todos (incluido el Lemuriano) se desliza medio torso dentro del bar a través de la ventana, sujeta al tendencioso de la camisa y literalmente lo arrastra fuera del bar a través de la ventana, la mano del pobre desdichado terminó seccionada del centro hacia un lado haciéndole perder varios dedos a pesar de ser alguien robusto a Outis no le costó levantarlo y hacerlo caer al suelo fuera del bar junto a donde él estaba sentado, aplastó la mano que sujetaba la espada hasta que el belicoso impertinente no pudo más que soltarla con un grito ahogado.

De más está decir que la gente salió rápidamente para ver la suerte del hombre, la verdad es que estaba intentando decidir qué hacer cuando la joven mesera, disgustada y con cierto asco lanzó una servilleta vieja , sucia y llena de sangre con los dedos que aquel repugnante hombre había “dejado” en la mesa, al darse cuenta de ello comenzó a gritar nuevamente llamando la atención de todos los que andaban cerca. No le quedó más que tomar la espada empuñarla y darle un certero golpe en la cara para hacerlo perder el conocimiento. Divisó pronto con la mirada un excelso corcel, con alforjas y algunas cosas en ella, como un diario de viaje y algunos papiros con textos con idioma del este; Outis indicó a un pequeño que trajeran un camello, una vez el muchacho llegó con uno de los mozos de cuadra se encargó de entregar el caballo para que lo llevaran a los establos, por otra parte el infractor fue cargado inconsciente luego de tratar las heridas sobre el camello, con las manos atadas pero no así las piernas; se lo sujetó con fuerza entre las jorobas del dromedario y lo enviaron en dirección al desierto con algunas raciones de agua: él era juez pero no ejecutor.

Al regresar al bar, aquel hombre lemuriano que estaba acompañando al extranjero se esfumó, aprovechando posiblemente la conmoción. Esta vez Outis se sentó en la misma mesa y al lidiar con los agradecimientos tanto de la mesera como de su madre que atendía el establecimiento se le sirvió comida. El silencioso justiciero se tomó su tiempo para leer todos los papeles que estaban en aquella alforja, los observo en silencio una y otra vez mientras las personas entraban y salían del lugar, horas pasaron antes de que la joven le llamara la atención sirviendo una bebida fresca nuevamente, a tal punto había pasado el tiempo que la bonita joven se había puesto ropas más abrigadas, la noche estaba llegando: su momento preferido en este lugar, pues al refrescar tan violentamente para él era como una brisa que le recordaba vagamente a su casa.

Era hora de regresar al palacio, tenía que mostrarle aquellos papeles a Kalah, informarle sobre lo que iba a pasar y qué acciones deben tomar. Había que ser sincero, al norteño no le agradaba el palacio, ni los lujos ostentosos que albergaban los Saháridas, pero respetaba a la mujer, por eso mismo vistió el jubón de cuero que llevaba usualmente, aunque prefería andar sin nada en el torso, acomodó su vestimenta y atravesó los pasillos silencioso como el fantasma de la muerte, hasta deslizarse junto a la sala del trono, y de entre una de las ventanas emergió detrás del trono mismo, a la espera de que o Kalah se diera cuenta de su presencia o de que todos aquellos lamebotas que intentan regatear algún plan de comercio se dieran cuenta de su presencia, casi siempre era lo último, ya que el silencio atenazaba a todos alrededor.

Entonces cuando todos se marcharan, hablarian.






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Re: Sangre en la arena

Mensaje por Kalah el Vie Nov 23 2018, 21:05



₪ ₪ ₪

MEDIANOCHE —

El palacio yacía inmerso en un silencio sepulcral, uno que no era el habitual a esas horas de la noche. El recinto que albergaba el trono se asemejaba más a una tumba que a un sitio de reunión formal donde regularmente la luz abundaba y los colores de las pinturas en las paredes o los tapices colmaban el ambiente de un clima fresco y vibrante. La dueña de la corona — no por ser reina de título, sino ama y señora de aquellas tierras — descansaba, absorta en pensamientos, hundida en el amplio asiento, simbolismo mismo de la autoridad que representaba. Las piernas cruzadas, el codo sobre el apoyabrazos, las uñas de la mano diestra acariciando las plumas en la cabeza de uno de sus tantos halcones. Un semblante sereno con la calma que antecede o recae tras una fuerte tempestad; pálida, como pocos en Lemuria, la pantera de obsidiana parecía perdida en pensamientos, pues sus orbes violáceos no expresaban más que vacío. Un terrible y desolador vacío.

₪ ₪ ₪

ALGUNAS HORAS ANTES —

Como era normal, de vez en vez recibía en el salón principal a diversos personajes que arribaban al palacio provenientes del propio reino u otros mucho más lejanos. La mayoría acudía buscando algún tipo de intercambio comercial, político, militar u otros, sencillamente se acercaban a rendir una especie de pleitesía que obedecía a “futuros” negocios; traían obsequios, promesas o palabras de agradecimiento por favores recibidos, tal vez con la intención de que se le rebajase el costo que poseía el hecho de que Kalah extendiera su mano en favor de alguien.

Estaba anocheciendo, cuando dos de sus tantos guardias ingresaron junto a un miembro del consejo, trayendo consigo una vasija de algún metal lustroso, labrada y engarzada en piedras preciosas. La dama de cabellos oscuros aguardaba de pie, hasta que el viejo Arjhab — uno de los diez elders, bueno para las relaciones comerciales y/o políticas — se acercó, inclinando la cana cabeza en señal de saludo. Quienes transportaban el objeto, evidentemente pesado, lo depositaron en el piso y mantuvieron el semblante gacho, una costumbre muy arraigada en aquella cultura. Los otros nueve de su círculo, como era natural en cuestiones protocolares antes mencionadas, aguardaban a cada lado del pasillo central a que concluyera el último asunto. La noche apenas acaecía, pero la jornada resultó agotadora. Arjhab habló.

— Mi señora, Malek, de los Abisidians, ha enviado miel como humilde presente para estrechar sus recientes lazos. —

La miel era un bien preciado en esos lares, las abejas no eran avezadas al desierto y la tribu de los Abisidians tenían un buen manejo de los insectos productores. Ella enarcó una ceja y elevó la diestra, indicando a Nerea, una de las guardias, que abriese la tapa del dichoso cántaro. Cuando la fémina alta y de cabellos claros, pero con la piel curtida por el sol obedeció, observó dentro y algo llamó su atención. Kalah clavó los ojos en ella, apropiándose inmediatamente de su expresión contrariada. El silencio se apoderó del recinto en el momento en que Nerea introdujo su mano enguantada y tomó en alzas lo que parecía ser una cabeza humana escondida entre el dorado líquido. Algunos dieron un paso hacia atrás y los murmullos se alzaron como un zumbido molesto. La de ojos violáceos permaneció perenne, como el roble más recio, frente a la osada maniobra de un clan con el que no guardaba enorme simpatía, pero tampoco mayores problemas.

— Es Erin, la hija de André, el joyero. —

Espetó, en el más sereno tono de voz. La había reconocido al instante pues recordaba de memoria los rostros de cada Sahárida y si bien André no era nativo de Lemuria, llevaba en su clan mucho tiempo. Los susurros se apagaron a medida que el ceño de Kalah se fruncía en un amargo gesto. Acortó pasos con la cabeza de la muchacha sostenida en el aire y tocó sus mejillas, como si quisiera consolar la expresión de aflicción con la que le habían dado muerte. Sus manos, ásperas por el trabajo y muy lejanas a las delicadas extremidades de una reina, chorrearon miel y sangre; no le interesó. Supo exactamente lo que estaba aconteciendo, la furia la abrazó implacable.

El viento obedeció a sus sentimientos porque ella conocía su nombre, se alzó en ráfagas violentas que impactaron contra el palacio ingresando por los amplios ventanales, haciendo que los candelabros se apagaran y todo lo que no estaba firmemente sujeto, saliera despedido en todas direcciones. Crujió los dientes, apretó los músculos, el púrpura oscuro de su aura se elevó envolviendo su cuerpo de forma vertiginosa como si acaso pensara hacer estallar todo en aquel preciso instante. Nadie dijo nada, pero ella controló su embravecida alma y todo se tranquilizó. El temor se hizo presente en todos aquellos que fueron espectadores de la escena, pues la conocían y sabían perfectamente de lo que era capaz. Algunos corrieron a encender nuevamente las luces, sintió la mirada de Nerea oscultándole la faz.

— Id con Miriam, la madre de esta chica, a primera hora de la mañana y traedla, yo misma le daré explicación. Que la noticia no salga de este palacio hoy, o les arrancaré las entrañas con mis propias manos. —

₪ ₪ ₪


MEDIANOCHE, NUEVAMENTE —

Pocos eran los que comprendían, que los lujos que Kalah había ganado con los años, no eran más que la escenografía de su existencia; cuanto más enorme pareciera y más poderosa la creyeran, menos riesgo existía de que el orden del clan se desestabilizara, como habría sucedido en el pasado con su abuelo y anteriores. Era una mujer fuerte y joven en una posición difícil que había decido sobrellevar porque le importaba en demasía el bienestar de su gente y las tradiciones que sus antepasadas forjaron en el oasis. Pero ver detrás de la máscara perlada de aquella mujer era como intentar discernir la realidad de un espejismo, quien lograra hacerlo no sólo sería afortunado sino que también, correría inmenso peligro.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal y la arrastró a nueva cuenta a la realidad. El salón escasamente iluminado sólo albergaba un par de guardias en la puerta principal además de ella. Se enderezó, el ave a su lado voló hacia una de las imponentes vigas del techo y los súbditos elevaron la vista para encontrarse con su señora, poniéndose de pie metros más atrás. — Dejadnos solos. — Asintieron sin replicar o enunciar palabra, y de espaldas se retiraron del salón antes de que ella descendiera las escaleras del trono, sin voltear aún hacia el silencioso visitante. Lo había estado esperando, demasiado para su gusto.

— Acompañadme, os relataré una historia de lo más curiosa. — Se adentró por los pasillos del palacio, atravesando las diversas divisiones a paso felino, lento y recto, algo habitual en ella. Mientras andaban, elevó sus cabellos en una alta coleta que luego torció y enrolló para convertirla en un rodete. Desde atrás, podía verse lo pequeña que en realidad era, de baja estatura y complexión fina, pero a pesar de ello, las líneas de sus músculos eran claras, tanto como las curvas de su silueta femenina. Se dirigía a uno de sus sitios favoritos en todo Lemuria: su forja, un edificio conectado a la estructura principal por una especie de túnel. Se trataba de una sala, amplia, de cara a las aguas que recorrían el terreno, de enormes ventanales para dispersar el calor inmenso del horno. Una mesa central de madera gruesa, de extensión exagerada descansaba en medio del sencillo “cuarto”, repleta de papeles, dibujos, metales, entre otras tantas cosas. Las paredes de bloques de arenisca eran tapizadas por multiplicidad de armas o artilugios colgados, herramientas, trozos de lienzo, frascos y vasijas de todos los tamaños. Por aquí o allá algún taburete. Sin duda, era un espacio que desentonaba con el palacio e incluso la modesta ciudadela de alrededor, pero allí se encontraba la esencia de Kalah, su herrería, su alma. La energía residual de sus manufacturas aún electrizaban el ambiente, su perfume, su presencia, su cosmos, todo se resumía a ese sitio.

Al llegar, por fin se volvió hacia Outis, quien se convirtió obligadamente en su mano derecha. Él era el único al que podía enseñarle un ápice de lo que existía detrás de la jefa de los Saháridas. Era objeto de su aprecio profundo y en ocasiones, de su odio más arraigado. Clavó sobre su semblante masculino la mirada entrecerrada — Hace algunas horas, me llegó un presente de los Abisidians ¿los recuerdas? El pequeño clan al este. — Reposó de lado el cuerpo sobre un canto de la mesa. — Era una vasija con miel, una muy hermosa, de hecho. Dentro, no sólo yacía el dulce néctar… sino también la cabeza de Erin, una de las mujeres desaparecidas de la última caravana que arribaba desde la capital, la cual en teoría fue atracada por nómadas de Valjar. — Los Valjar, eran sin duda la tribu que más problemas les habría causado desde que su abuelo muriera y Kalah tomase el poder, suprimiendo privilegios que se les otorgaba. Ahora interceptaban a su gente camino por el desierto, robaban sus pertenencias, violaban a las mujeres, las raptaban, las mataban y descuartizaban a los hombres. Eso Outis lo tenía bien claro, tanto como ella. — El problema, mi bien. — Bajó la vista al torso del norteño, e hizo un ademán para indicarle que se quitara la pieza de cuero, ella bien sabía que le estorbaba. — Radica en ¿Qué hacía la cabeza de la chica en pertenencia de los Abisidians? — Acortó distancias con él, y debió elevar la cabeza para mantener los orbes en su vista, él la conocía y entendía a la perfección que en ese momento era una especie de volcán al borde de la erupción. — Los quiero a todos muertos. Lo haremos mañana. Concluyó.

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Re: Sangre en la arena

Mensaje por Outis el Jue Dic 06 2018, 10:19


Como una sombra se deslizó entre los pasillos detrás de Kalah, sus ojos se paseaban alternativamente entre las ventanas observando en la lejanía como la luna alumbraba serena las dunas azuladas de Lemuria, siempre tenía la sensación de ver el extranjero y, aunque este continente lo había acogido y su gente bienvenido, para el aún distaba de ser el hogar. Su mente divagaba como siempre, antes de salir de la sala del trono y con el.sigilo que lo.caracteriza el norteño tomó un puñado de dátiles que ahora con suma parsimonia consumía en silencio; el camino que la mujer desanduvo pronto los ubico en el único lugar que para Outis tenía, de alguna manera, más familiaridad con el: la forja. Si bien era diferente a las que estaba acostumbrado en su tierra natal a frecuentar ya que carecía de los fuelles que alimentan el fuego, aún era dueña de ese aroma fresco y conocido del metal trabajado.

Mientras la juvenil e imponente líder de aquella comunidad regresaba a verle el rostro, Outis estaba diluido en un recuerdo de la juventud: sus manos se deslizaron en una mesa de manufactura, recoge con tranquilidad un alargado rectángulo negro que al principio puede confundirse con metal, pero que ante la azulada luz de la luna se reconoce por una piedra de afilar, es quizas el catalizador junto a las palabras de Kalah para que su mente viaje casi veinte años al pasado.

La ventisca fresca del desierto no es más que un vago ápice del fresco que aquella vez sintió cuando joven en la herrería de la mansión de su familia, aún recuerda el aroma a transpiración en aquel ambiente, el siseo incontrolable del metal recien forjado al sumergirse en el agua y la mirada atenta de su padre mientras el joven heredero afilaba con destreza la espada que apenas le habia sido otorgada. Las herrerias siempre le recordaban aquel momento.

Pronto su pensamientos se vuelven a la voz de la pelinegra, con serenidad clava sus ojos en ella, no pronuncia palabra y solo continua escuchandola, de alguna manera era un alivio escucharla puesto que la mayoría de las veces cuando la líder de esta comunidad hablaba iba al detalle, al punto y era algo que tuvo que aprender a la fuerza para lidiar con el silencio atroz que dominaba al guerrero cuando sus labios estaban sellados.

Absidians, ante la palabra desenvainó una daga fina como un abrecartas, larga y con un brillo peculiar, su hoja era fina y aun asi resistente; asintió ante la pregunta ajena y mientras ella proseguía con el relato comenzó a afilar la daga con movimientos seguros sobre la piedra. Ante la descripción de tan peculiar regalo volvió la vista a la ventana, sabia de que se trataba eso pero quizás lo que mas afecto a su persona fue el nombre de la muchacha, Erin, había escuchado salir ese nombre de los labios de la joven mesera de la posada incontables veces, amigas quizás… lamentaba internamente al imaginar que el egoísmo de alguien pudiese dañar a la buena gente de este lugar y sobre todo a quienes apreciaba. Lamentablemente era todo parte del juego de ambiciones.

Se detuvo en seco ante la seña, agachó la mirada y clavó la daga en la madera de la mesa, dejo con serenidad la piedra de afilar para deshacerse de su chaleco poniéndolo sobre una mesa libre, no sin antes sacar un puñado de papeles poniéndolo sobre la mesa mientras Kalah seguía hablando; le gustaba picar la atención de la fémina con esos detalles pues sabía que eventualmente ella sentía la necesidad de tomarlos o preguntar por ellos.

Los recuerdos nuevamente regresaron a su mente pues el frescor de su torso ante las brisas de la herreria hicieron que su mente se deslizara una vez mas al pasado.

Aquella mañana el joven heredero luego de afilar su espada se encontró cabalgando ante una escena peculiar: un cofre de oro incrustado con perlas, en su interior había monedas de oro pero no era el dorado brillo del eterno metal que llamaba su curiosidad adolescente, si no que se trataba de los ojos carentes de brillo, aquella última mueca ante la muerte de la cabeza cercenada sobre las monedas doradas: la cabeza del último guardián  del bosque. El señor de la familia, su padre se aproximó al cofre observando en silencio, entonces se volvió a buscar la mirada de su hijo, para su asombro no encontró el horror de la muerte, si no un brillo distinto: “¿Que debemos hacer en una situacion asi muchacho?” la pregunta de su padre resonó de regreso en su mente volviendo al presente.

Por fin escucho sus deseos, y era esperado que la reacción de la orgullosa lider fuese la venganza, los lemurianos eran un pueblo práctico, vengativo. Finalmente el silencio regresó a la fragua, los ojos de él se desentendieron de su daga y por primera vez le dirigió la palabra a Kalah.

Los Abisidians están negociando armas con los reinos del este — ahora si deslizo los papeles hacia la joven, estos describen las transacciones y cantidades, las zonas, los embarques y las firmas que conforman dichos negociados. — Ellos están empeñados en insultarte, estos papeles los adquiri luego de interrumpir una reunión en la posada entre un lemuriano y un hombre del este, ahora sé que ese lemuriano escurridizo es un Abisidian.

Dejo que ella observara en silencio los papeles, su voz no era más que un susurro pero lo suficientemente potente para que ella lo escuchara.

Contrataron a los Valjar para hacer el trabajo sucio y ahora se arman para atacarnos, puede que los Abisidians caigan mañana… pero esta noche son los Valjar los que deben caer.— las palabras del pelinegro fueron simples pero concisas, nuevamente volvió a afilar hasta que depositó la piedra en la mesa poniendo la daga en su funda nuevamente.

Volvió sus ojos a los violáceos de Kalah, tuvo que agachar la mirada; aquello no era un consejo, era pura táctica, si los Abisidians aún no se armaban entonces debían aprovechar a acabar su único brazo armado.

Bastaremos tu y yo para asaltar a los nómadas, podemos liquidarlos esta noche mientras descansan en sus tiendas y en la mañana dejar que sean los mercenarios quienes desatan la furia sobre los que insultaron a tu gente y a ti.

Aquella decisión tenía que agradecersela a su padre, su recuerdo del pasado culminó cuando Outis en su adolescencia asaltaba una cueva de forajidos que estaba armándose para seguir asaltando el bosque; aquella noche mientras todos dormían los guerreros del señor del bosque tapiaron una de las entradas de la cueva con maderos empapados en aceite, mientras al otro lado, en la salida que daba a una playa los soldados de su padre esperaban con arcos y lanzas al enemigo que huye del fuego, esa noche no sobrevivió ningún enemigo.

Outis sabía mejor que nadie que no debía quedar nadie vivo… dejar chispa alguna crearía un fuego vivaz que consumiría a futuro los fundamentos del reino de Kalah. No iba a permitir eso.

¿Estás preparada para cazar o deseas maquillarte antes? — le gustaba picarla, sonrió a medio lado sin apartarse un milímetro de la cercanía que impuso, solo quería que ella reaccionara, que el fuego se intensificara, que estallara pues en el ardor de la guerra era cuando realmente se veía a la líder del pueblo Lemuriano.






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