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Carry you —.

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Carry you —.

Mensaje por Auriel el Mar Oct 02, 2018 10:35 pm

{Temporalmente ubicado previamente al encuentro en el palacio de Aidan}


En el norte los días soleados eran realmente escasos. Normalmente había que conformarse con aquellos caprichosos momentos en donde los espesos nubarrones invernales se abrían lo suficiente como para permitirle al astro rey acariciar su imperio con la seda cálida de sus dedos. Ese fue el motivo principal por el cual la sacerdotisa decidió, al fin, dejar la posada de Egil para entremezclarse en los bosques linderos con un aparente rumbo indefinido.

Lo cierto era que la lejanía del Kraken y su capitán, la tensión que sentía vibrar en cada tormenta y todo lo acontecido luego de que su encierro voluntario acabase, comenzaban a hacer mella en su interior habitualmente impasible. Necesitaba re-encontrarse consigo misma, recuperar su centro, hacerse una con el universo nuevamente y ser libre otra vez. Entendía que no dejaba de ser una simple humana pero ahora vivenciaba sensaciones que sólo había leído en libros o percibido de otros. El desasosiego causado por no “encontrar un lugar en ese mundo”, calaba profundo en su alma.

A medida que avanzaba entre la arboleda, su atención bailaba entre los detalles de la foresta que tanto amaba y sus propios pensamientos. El aire frío golpeaba su pequeña nariz y sonrosaba la palidez de sus mejillas, el aroma húmedo del ambiente, el susurro de la brisa vespertina al colarse entre las hojas perennes y las ramas desnudas, envolvían sus sentidos acarreando a su ánima a la comunión divina con la naturaleza, un lazo que era indescriptible, difícil sino imposible de ser expresado a través de palabras. Auriel fue creada con un don que no pidió, pero siempre agradeció. Los dioses le permitieran a todos percibir el mundo tal como ella lo hacía. Descendió la mirada para observar sus botas oscuras enterrarse en la nieve con cada paso que daba y se topó con algo más: Manchas de sangre. Se inclinó y rozó con la yema de algunos dedos aquel rastro hecho escarcha; algo estrujó su corazón. Las marcas del vitae se extendían más allá constituyendo un camino errático. No tardó en incorporarse para apresurar el andar, debía localizar el origen. Tenía la certeza de que se trataba de un animal no humano, lograba apreciar un dejo de agonía en el aire, como quien siente el perfume que una persona amada dejó impregnado en una vieja prenda.

El atardecer comenzaba a cederle paso a la noche. Los orbes magenta de la joven mujer se abrieron con sorpresa al ser consciente del sitio al cual había arribado casi sin darse cuenta: Las ruinas de su templo, el que fuese su hogar desde siempre. Pero eso no era todo, en el claro nevado delante del cúmulo de roca y madera incinerada, una silueta de piel moteada yacía tendida, cubierta parcialmente por copos de líquido congelado; era un lince ¿lo era? Una variedad única de las tierras del norte, de gran porte y pesadas patas, claro como el lomo de un armiño aún a pesar de sus múltiples manchas ligeramente más obscuras. Tan llenos de misticismo y muy poco comunes a la vista, esquivos y solitarios. Estaba segura de que la caza había llevado a la especie al borde de la nada.

El sendero trazado por carmesí y dolor culminaba en la triste postal ante su vista. Sin embargo, sentía, vivía el suave latir del corazón de la criatura incluso a metros de ella. Estaba ahí, perduraba en aquel cuerpo lastimado. Presurosa, se lanzó sin temor ante la bestia de ojos ausentes y entrecerrados. De rodillas a su lado inmiscuyó las manos entre el tupido pelaje, oscultando con premura cara rincón accesible. Al fin, sobre el lomo encontró el origen del sangrado que se había detenido por varios motivos, tal vez el principal era la hipotermia que esa biología estaba atravesando. Con detenimiento observó el tajo preciso y profundo, no se trataba de un agujero redondo, tenía evidente forma de flecha. Lo habían cazado, estaba claro, y como era habitual para no dañar la piel que pretendían robar, colocaron veneno en su hoja. Podrían ser cientos de sustancias, también resultó evidente la lucha del animal pues el proyectil no se encontraba en él, seguramente se lo arrancase. Lo que sentía extraño era por qué los cazadores no habían culminado su trabajo.

— Odín. — Murmuró al pasar, comprobando los casi inexistentes signos vitales de la criatura. El graznido de algunos cuervos alrededor le hizo saber que debía tomar una decisión ¿Intervendría o dejaría que aquello que no era natural ocurriese ante sus propios ojos? Cuando aquella pregunta se planteó cruel, un destello de arrebato surcó su espíritu.

< ¿Hay alguien allí?>

No se trataba de una alucinación o cualquier creación mental, tampoco podía oír palabras claras pero ponerlo en dicción era la forma más fácil de explicar cómo, a veces, lograba sentir a través de otras criaturas. Era sentimiento, energía, una comunicación no verbal que difícilmente pudiera relatar. Vivenció la nostalgia que se cernía sobre el animal, por primera vez sentía el frío de la soledad tan potentemente que dolía como nada más. Fuertes fueron las emociones que la golpearon, pues el semblante de la sacerdotisa se afligió como si realmente fuese a romper en llanto desconsolado.

No.

Se quitó la pesada capa que la reparaba del frío y luego de sacudir los copos de nieve del pelaje ajeno, momento que se tomó para sí misma, tapó el voluptuoso cuerpo del felino. Musitó entonces, mientras inmiscuía sus brazos en torno a la cabeza de la bestia — Sé que duele, a veces es difícil respirar. — poco a poco se entreveró bajo el paño pesado de su prenda y abrazó la silueta débil con la cercanía de su cuerpo cálido. Lo aferró a sí misma, escurriéndose entre sus patas para que la unión de sus fisonomías distintas fuera perfecta. De lado, tendida junto a él, descansó la frente sobre la suavidad contraria — noches como ésta son largas, no has perdido la voluntad de luchar — lo que al inicio fueron simples palabras suaves, se convirtieron en una tímida cancioncilla que asemejaba una nana, de esas que a ella tanto le gustaban y al paso de las notas que se escurrían como un susurro en el viento ya nocturno, su cosmos se encendió en un tenue purpúreo al principio. Aquel reflejo de su poder espiritual los envolvió a ambos con delicadeza, tibio, tranquilizador. Los compases de la voz de la joven mujer parecían marcar el ritmo con el cual la energía iba y venía, enrollándose sobre sí misma como si se tratase de algo “vivo”.

Sus dedos acariciaban el claro pelaje y consolaban con dulzura, no sólo el alma, sino también la fisonomía del animal, fortaleciéndolo. Fue tanta la concentración de la peliblanca, que no se percató de que pronto, su cosmos elevado se había expandido a todo el claro, sumiéndolo en una especie de breve primavera. La nieve en el suelo se había derretido y lozanos brotes de hierba aumentaban de tamaño, las madreselvas se enredaban en los árboles linderos y a pesar de que la oscuridad de la noche había arribado hacía rato, en ese pequeño radio una grácil luz violácea lo colmaba todo. Auriel no podía dar vida, pero en sus dones estaba la capacidad de fomentarla y todo aquello no fue más que la inocente explosión de sus sentimientos, de su espíritu.

Al entreabrir los ojos, vio con claridad el amarillo iridiscente de los orbes felinos frente a ella. No tuvo miedo, pues sus almas se habían entrelazado en una comunicación profunda pero básica. Sonrió, plena, y tras una última caricia afectiva se enderezó para lograr sentarse, haciendo la capa a un lado. Su compañero pareció imitar su accionar, sacudiéndose con pereza.

Su asombro fue breve pero genuino, al encontrarse con la imagen que se había gestado alrededor de ambos sin que se hubiese dado por aludida. No duraría mucho más pero, en ese preciso instante, en las tierras del norte…

…no sintió el frío.






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Re: Carry you —.

Mensaje por Kaien Cross el Miér Oct 03, 2018 10:36 am

El alma de un ser no se extingue jamás, es un hermoso ciclo que pocos comprenden, los que al morir no tienen temor en sus ojos es porque han aceptado la realidad, conocen el pequeño secreto, de que, aunque dejen todo lo que hicieron en una vida, en la próxima lo harán mejor, ellos no tenían lugar en el infierno, mucho menos en mi lista, en esta solo existían personas que debían ser juzgadas por sus pecados y crueldades, tampoco recolectaba las almas de los que se aferraban en vano a la vida o simplemente morían por el paso del tiempo, si tenía la oportunidad solía acompañar pero no reclamaba sus alma. El ciclo de las que me correspondía juzgar se cortaba allí, estas no volverían jamás a renacer, permaneciendo eternamente en el inframundo en alguno de sus tantos infiernos. El resto es complicado de explicar, que está bien, que está mal, quien lo merece y quien no, los conceptos humanos estaba meramente ligados a esos juicios pero no del todo. Por suerte esa no era mi tarea y esperaba nunca me la dieran, aunque si había un detalle que detestaba y era venir a estas tierras y no porque fuese feo lugar, no para nada, sino que el frío no era mi mejor amigo y parecía que cada vez que venía a hacer mi trabajo o a Odín se le ocurría que mejor alzaba una gran tormenta o me cruzara con alguno de sus guerreros.

Había aprendido que mejor traía a mi compañero cuando viajaba al norte, después de todo era de aquí, pero nos habíamos separado en medio de la cacería, según él no debía hacer ruido, ni mucho menos hacer mis grandes presentaciones fantásticas cuando iba por alguien, lo cual creía que le sacaba el encanto a que la muerte te cayera de frente en la cara, pero estábamos haciéndolo a su manera cuando hice ruido, era inevitable en medio del bosque, no era cazador como él, lo que provoco dos tiros acertados del grupo de cazadores, uno a la bestia y otro a mi hombro, si bien no sentía tanto el dolor, eso estaba haciendo que perdiera a mi presa, los cazadores se separaron, uno persiguió al animal y el otro quiso correr de nosotros, mi compañero termino por separarse de mi para seguir al que NO debía morir mientras yo me ocupaba del que si era mi presa. Solo porque no rompía mis promesas no había usado nada que no fuese armas convencionales, quizás porque estaba algo fastidiado por la herida decidí jugar con mi presa, dejando que su atención ya no fuese el animal que había escapado, ahora él escapaba del cazador.

No sabía dónde había terminado mi compañero, pero dudaba que estuviese en problemas. Sin embargo no me había percatado de dos cosas, la noche que caía junto al frío torturador del norte y que mi respiración en vez de acelerarse parecía disminuir junto con mis sentidos, entonces me di cuenta de que había estado con la flecha dentro, era lo malo de tener mal la sensibilidad, pero no era eso, si solo fuese una flecha común seria cuento aparte, esta debía de tener algo porque comenzaba a sentir el cuerpo adormecido, como si fuese a dormirme, me apoye contra un árbol recargando mi espalda, dejando que mi cuerpo se deslizara hasta la fría nieve, era increíble como solo tenía mala suerte en estas tierras. Cuando suspire el aire se hizo vaho cerca de mis labios, sentía la sangre tibia recorrer mi brazo y como si no tuviese una mejor idea tome una de las dagas ajustadas a los cintos que tenía en la pierna, para abrir la herida lo suficiente como para sacar la punta que ahora se volvía molesta. Antes de comenzar a cortar la carne sentí lo que parecía ser el cosmos de alguien, si porque no, lo que faltaba era que apareciera un caballero o algo para pelear.

Solo por instinto me puse de pie quejándome un poco, no tuve que andar mucho más para descubrir de donde venía, era extraño, dejaba de hacer frío y la nieve había desaparecido, ya estaba alucinando? Mis pasos parecieron espantar al que reconocí enseguida como el animal antes cazado – pensé que estaría muerto ya a esta altura… - mire a la chica de cabellos rosados un tanto extrañado, habría tenido algo que ver, ella era la del cosmos? De todas formas había echo lo mismo que habría echo mi hermano y me enojaba que no pudieran soportar dejar que las cosas simplemente siguieran su curso, los seres vivos morían, no era algo malo, porque no podían dejar a nadie morir – tuviste algo que ver? – pregunte apretando la daga entre mis dedos como si fuese a atacarla pero en realidad no la había soltado desde que había tenido la brillante idea de quitarme la punta pero cuando quise acercarme a ella el desgaste del cuerpo absorbiendo el veneno hizo que sintiera extrañas las piernas obligándome a flexionarlas, apoye una rodilla en el suelo, descansando mi brazo sobre la otra y entonces deje de hablarle, no me interesaba si había tenido o no que ver, clave la daga en el hombro cortando tela y carne, el metal rozo el otro metal haciéndome saber que allí estaba la punta, la sangre comenzó a brotar rápidamente, no parecía congelarse, lo cual era bueno, pero tenía que sacar la punta ya.

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Re: Carry you —.

Mensaje por Auriel el Miér Oct 10, 2018 9:03 am


El gran felino rascaba su cabeza contra la espalda de la sacerdotisa, ocultándose juguetonamente entre la extensa cabellera clara, mordisqueando algunas hebras sin tironear. Aquella actitud vivaz le hizo saber que todo estaba bien, incluso sentía, después de mucho tiempo que ese era su lugar en el mundo. No obstante, el “hechizo” se disipó abruptamente cuando contempló al animal que la acompañaba tensarse unos segundos y huir despavorido. Eso la obligó a retornar su atención al sitio contrario, encontrándose con la sorpresiva imagen joven de un hombre.

Su presencia fue como un vendaval impactando contra su alma. Ciertas sensaciones se dispararon al verlo y percibirlo, pero pronto pasaron a segundo plano. Las palabras ajenas se perdieron en el ambiente ya que en un abrir y cerrar de ojos, Auriel se encontraba agazapada frente a Kaien, sin haber mediado palabra, parecía genuinamente preocupada por lo abatido que le resultaba. De haberse tratado de cualquier otra criatura, seguramente la daga en la mano masculina debía ser suficiente señal de alarma. Pero, parte de los múltiples defectos de la joven era la imprudencia guiada por la transparencia de su espíritu.

Extendió la diestra a la extremidad del contrario que sujetaba el arma, sosteniéndola con delicadeza — No, no… — Murmuró, y volvió la atención desde el sector donde estaba la herida hacia el rostro ajeno. Lo contempló por un momento, a los ojos, y aunque muchos pudieran sopesar que eso era un desafío, en los orbes amatista de la sacerdotisa no existía malicia alguna y eso podía notarse claramente. La energía que se había expandido por aquel claro como la manifestación de su cosmos, se redujo hasta sólo circundarlos a los dos. — Te pido permiso. — No deseaba invadirlo, pero algo le decía que éste suceso y el del animal, estaban ligados de alguna manera ¿Por qué? Sentía que el mismo mal se cernía sobre quien consideró como sólo un viajero por no desear indagar más allá.

Puesto que la nieve, antes derretida, comenzaba a cubrir el espacio nuevamente, apartó de él las manos para hundirlas en el gélido líquido. Entendía que no era suficiente para limpiarlas, pero tendría que actuar rápido y no poseía allí nada más. Una vez estuvieron lo suficientemente frías, apartó las telas del atuendo ajeno en torno a la laceración, pudiendo observar el mismo patrón que en el lince. — ¿Fueron cazadores? — Preguntó, sólo como excusa para desviar la atención mientras sus dedos se hundían en la carne de su hombro con suavidad buscando toparse con el metal. — Sólo impulsé al animal a vivir, pues no se había rendido. — Esperaba que el frío de su mano le proporcionara cierto alivio al adormecer la zona afectada. Cuando sus yemas tocaron la flecha, la sujetó con firmeza y la sacó exactamente por donde había entrado, no dañando ningún otro tejido.

Al quitar aquello, mantuvo el cuerpo cerca del desconocido con el afán de compartir calor y brindarle un apoyo si es que el efecto del veneno avanzaba como lo había hecho en el lince. Volvió la mirada hacia las ruinas de su templo, aún restaban algunas paredes en alzas. Podrían servirle de reposo momentáneo ya que la posada de Egil, donde había estado durmiendo ella, se encontraba demasiado lejos. — ¿Crees que puedas caminar algunos metros? Sujétate de mí. — Cruzó un brazo tras la espalda de Kaien, esperando él lo hiciera sobre sus hombros y entonces se irguió. Sí, ella era pequeña, pero los bastones también lo eran. A través del contacto, intentó compartir con él parte de su propia energía, la suficiente como para estabilizar su estado momentáneamente. Debía tratar esa herida pero guarecerlo del frío era imperante, puesto que tenía que racionar su poder espiritual. Además, eran tiempos difíciles y a pesar de encontrarse en un páramo alejado a una hora poco corriente para recorrer los bosques, no deseaba seguir cometiendo imprudencias como la anterior, liberando sin control su cosmos. Sí, no había sido intencional y si no fuera por eso ¿Cómo lo habría encontrado? Caminó al paso que él marcaba, guiándolo hacia tres paredes semi en alzas aún, de lo que fuese su hogar alguna vez. — ¿Puedes decirme cómo llamarte? — Hablaba para mantenerlo alerta. Cuando encontró el sitio adecuado, justo en la intersección de dos muros, se inclinó para ayudarlo a descansar la espalda sobre uno de ellos.

Buscó la expresión en el rostro del hombre, intentando percibir algo en ella e incluso volvió a tomar una de sus manos con la inquietud de corroborar su temperatura y pulso. Cada uno de sus movimientos eran suaves, nunca había mostrado miedo o alarma, como si acaso se manejase en un terreno natural para ella y de hecho, así era. — Mi nombre es Auriel, hay quienes también me llaman Aura. — La capa que llevaba, con la que se había ocultado junto al animal momentos antes y que había colgado sobre sus hombros apenas se levantase, volvió a alejarse de ella para servir de manta, la cual colocó sobre las piernas del forastero, arropándolo poquito — ¿Tienes algo con lo cual prender fuego? — Cualquiera que haya vivido en medio de la “nada” conocía formas de encender una hoguera sin necesitar más que un par de objetos del ambiente, pero no sería tan rápido y ella necesitaba calentar el rincón lo antes posible. — ¿Qué sientes? — Permaneció a su lado, con la diestra ajustada sobre su herida para ayudar a limitar el sangrado. Sus acciones dependían de lo que haría o diría el joven hombre.




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