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Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

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Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

Mensaje por Damian el Lun Sep 17 2018, 00:41

Antes de la guerra...

Se había quedado allí, el viento le acariciaba el rostro y las nubes eran su asiento. Sus piernas estaban recogidas y su corazón en calma después de mucho tiempo. En aquella montaña solo se escuchaba el ulular del viento. Debajo de él el risco que poseía una pendiente casi imposible, mostraba rocas afiladas como cuchillas. A su cintura se ataba una gran cadena de metal que finalizaba en una esfera de hierro mucho más grande que cualquier roca de aquel desfiladero. Una de sus manos reposaba en las piernas recogidas formando con el dedo pulgar e índice un círculo, con los demás dedos abiertos. Su otra mano se apoyaba en la saliente de aquella cúspide. Se aferraba cual ancla al mar para no dejar ir al barco, pero esta vez aquella mano no lo dejaría caer en aquel abismo. Su cosmos le rodeaba, haciéndole ver pálido bajo su brillo dorado, como ondas de luces, como un sol a escala. Su cabello caía vertiginosamente, más abajo de su cuerpo.

Estaba colgado de aquel risco, con una esfera en su cintura. Sus ojos estaban cerrados y su pensamiento en mares etéreos llenos de sueños. En el trance de los sabios que circundan horizontes de luz en donde dioses lejanos se disputan por el haber albergado conocimiento en el humilde corazón de carne de los humanos. Paso la tarde, y el sol incidía directamente en el, mas su meditación fue mucho más poderosa. Hasta que llegó la noche. Su brazo ya temblaba, así que suavemente abrió sus ojos verdemar y se asió de la montaña con el otro brazo, abandonando la posición de flor de Loto. Entonces se levantó para llegar a la cima de aquel risco con la esfera de hierro macizo que acrecentaba la gravedad en su ascenso. Hasta que alcanzo la cumbre. Acto seguido, tiro de la cadena hasta hacer llevar la maciza esfera al pico.

Levantó su mano al aire simulando una espada y la bajo a la velocidad del rayo cortándola en pedazos. Posteriormente diviso el paisaje desde allí. Grandes picos, nubes inmensas arropaban la tierra. El frio era devorador, sin embargo no había nevada. Pues había un sol brillante. Su cosmos se desvaneció. Entonces su brazos se abrieron a la velocidad de la luz, emanando de aquel movimiento una onda que rompió la realidad, resquebrajándola en aquel espacio vacío entre el cielo y la cúspide. Sus ojos se blanquearón y el aire empezó a ser devorado. Aquello parecía no una abertura, era como una esfera gigantesca igual que la que arrastraba hace algún momento. Era oscura inmensa y giraba en torno a ella misma. Damian tomó la bola de hierro y la levanto por encima de su cabeza y la arrojo al vacío del acantilado. Pero en su trayecto se detuvo.

Entonces la gravedad en el oscuro vórtice empezó a jalarla mientras Damian hacia movimientos somáticos tan extraños que acrecentaban la fuerza de atracción de la misma. Y cuando aquel vórtice justo iba a tragarse a la esfera de hierro, este desapareció y su homóloga de hierro cayó al vacío del acantilado. Entonces extenuado decidió bajar de aquella montaña. Cazaba lo que encontrase y comía de aquello para recuperar energías. Vestía a pieles y harapos, parecía un vagabundo más y su barba se repartía por todo su rostro. Tardo cinco días en llegar a la falda de aquella montaña, entonces en su viaje encontró a un joven bastante llamativo, mientras descansaba a un lado del camino. Sorprendido le reconoció de inmediato, mas sin embargo no estaba seguro. A no ser que el también le reconociera. Pues al llegar al Este, sus informantes reunieron nombres y rangos de los súbditos de Athena, nada mas que eso. Y entre ellos el, pues reunía las características físicas necesarias para ser aquel chico de cadenas como armas.

—¿Hacia dónde te diriges? —Dijo Damian—. Voy camino a la capital hazme compañía. Y te contare algunas cosas que te servirán para tu camino como Santo y Guerrero de la Reina Minerva, diosa Athena.


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Re: Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

Mensaje por Ceivel el Miér Sep 19 2018, 18:03

La mayoria de las cosas son nuevas para alguien que ah vivido encadenado a una cueva oscura, las sombras asustan, las cadenas lastiman, la soledad apaga el alma, era inevitable que dentro de aquel ser que era puro una flor negra se consumara en su interior, pero la guardaba con recelo en una jaula, sabia controlarla, la cuidaba para que no creciera, por eso la alimentaba con las cosas que más le gustaban, salir, ser libre, no tener preocupaciones, todo estaba en los pequeños detalles que lo que lo rodeaba podia regalarle, por eso habia decidido que en aquel momento libre que tenia viajar un poco más lejos de la capital de Grecia para adentrarse en los bosques amplios y hermosos de aquellas tierras, distintos a los sombríos y oscuros del oeste, no le desagradan, durante muchos años habían sido su hogar, pero preferia estos.

Habia dejado el caballo en la posada donde me habia hospedado y de allí caminar y caminar y caminar y solo cuando estuve muy dentro del bosque me descalse sonriendo como niño pequeño al que dejan libre correr por donde quiera sin miedo, guarde eso en la bolsa que llevaba, la cual deje colgada en un árbol. Mis dedos con cuidado fueron desatando cada una de las vendas que ocultaban las escamas que subían por mi cuello hasta parte de mi rostro, el pecho y algo de los brazos, respire profundo y mi cuerpo comenzó a cambiar por completo hasta tomar mi verdadera forma. Volaba entre los arboles serpenteando entre estos a gran velocidad, enroscándome, trepando, esculléndome por completo entre las copas frondosas, arrastrando entre el pelaje ramitas y hojas.

Cuando me agote, volvi junto al árbol donde estaban mis pertenencias y me deje caer exausto pero feliz en la hierba, las horas pasaron pero no me habia movido en ningun momento, dejando que las nubes pasaran, las brisas acariciaran la piel, la hierba hiciera cosquillas, escuchando solo el sonido del rio que corria cercano, el cantar de las aves, cada pequeña cosa hacia que mi ser se calmara y que las cadenas no fueran una molestia, estas estaban enredadas alrededor de mi cintura como si fueran parte del atuendo ligero que llevaba, tan solo unos pantalones de color marron claro y una camisa bastante delgada y de un color blanco, nada más que eso. Cuando crei que era un buen horario para ir regresando me volvi a poner las botas y tomar la bolsa.

Iba distraído, rara vez estaba a la defensiva o alerta, por lo que no habia visto que alguien me seguía y la voz que llevaba a mis oídos hizo que pegara un respingo puesto que no habia adornado los cuernos, ni ocultado las orejas, mucho menos las escapas que tardaban más en desaparecer, un rubor avergonzado apareció en mi rostro al darme cuenta quien era, uno de los santo dorados, uno de los tantos admirados, Géminis. Intente en vano cubrir con algo de cabello las escamas al menos – h-hacia el pueblo que esta bajando… - murmure de haber sido un enemigo no le habría sido complicado eliminarme, aunque siendo un dorado debía de estar decepcionado de que tuviese la guardia tan baja siendo un caballero de Athena, el calor agolpado en las mejillas no se iba y agachaba la mirada para compensar – seria… un honor hacerle compañía señor Dayne… - esperaba que no le molestara que le llamara asi, y si conocía a cada uno de los dorados, cuando entrenaba ellos eran a quienes admiraba para esforzarme a obtener la armadura que hoy portaba – lo siento! Yo… eh de parecer un acosador por saber su nombre y quien es… soy Ceivel, caballero de Andrómeda señor! – lo dije más como si me estuviese reportando a un superior, bueno si lo era.




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Re: Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

Mensaje por Damian el Dom Sep 23 2018, 16:01

Sin dudas su barba se esculpía completa en su rostro bajo el mismo tono que sus largos cabellos, estos se vislumbraron en su cabeza cuando la capucha que le tapaba de la luz del día, se dejó caer hacia atrás por sí sola. Se levantó de donde estaba sentado y sacudió algo de la suciedad que se le habia impregnado, pues esa mañana no había tanta nieve, solo pequeños copos delicados esparcidos fugazmente sobre la hierba del camino, que al final se convertían en parte del roció que adornaba aquella masa verde y boscosa. Apoyándose del pedazo de madero que tenía por bastón dejó de aparentar lo que no era, un pordiosero a orillas del sendero.

La larga ruana y las pieles con un pelaje gris bastante extraño que portaba, se extendieron a lo largo del cuerpo del santo, tapando con prontitud la vestimenta que traía de manera interna. Miraba las facciones de su nuevo compañero con los ojos entrecerrados tocándose la barba. Sin embargo había en él algo que sus susurrantes no le habían contado. Hablaban de un chico de rasgos finos, y bien presentado. Pero no de escamas o cornamentas que le otorgaban un plus de misterio y hermosura, aquello le llamo la atención y a hondo en el la duda.

«¿Sera posible?» Pensó.

Los preceptos que tenían los mantos santos en elegir su portador eran misteriosos, quizás veían mucho más que eso, quizás veía los corazones y la entereza con estaban hechas las almas de quienes las ostentaban, ante aquello sonrió. Trato de evitar al máximo muecas que el Santo frente a él, interpretase como discriminatorias o que ejecutaran sorpresa alguna.

—¿Hacia el pueblo que está bajando? —Preguntó Damian en un tono señorial y grueso de pronunciación—.  Mis disculpas he perdido la noción de mi brújula interna en estos últimos días, y no cuento con un mapa a la mano. No sé cuál es dicho pueblo, podríamos ir allá, en vez de dirigirnos hacia la capital. Me gustaría conocerlo. Aún me queda tiempo para muchas cosas. Mi nombre es…

El joven había pronunciado con prontitud el nombre de su familia, conocía a los nobles de campoestrella y quizás muchas cosas mas, entonces el caballero cerró los ojos y volvió a sonreír.

—¡Por supuesto! —Abordo—. Ceviel, Santo de Andromeda. Veras, estoy tratando de evitar los nombres de honor. Llámame Damian. Un amigo de la corona siempre será una amigo de la familia Dayne —Acto seguido reverencio al señor—. Y de ninguna manera me acosas.

Sin más, mostró el camino por donde Ceviel intentaba ir con una mano, y tomando de su bota de agua la cual amarraba a su cinto ofreció al joven por si querría.

—Es solo agua, Señor Ceviel —Dijo Damian quien posteriormente tomó del agua—. Y cuénteme ¿Por qué ir al pueblo de más abajo? ¿Qué de especial tiene para usted señor Ceivel?

Al caminar sostenía el bastón más por senderismo que con el fin de caminar apoyadose en él, pues era una vara de algún madero, o árbol al que se le desprendió dicha rama, larga y casi de su tamaño. Miraba hacia abajo como midiendo los pasos al caminar, y con uno de sus brazos en la parte baja de la espalda. Sin más escuchaba a Ceivel para comprenderle, antes que para responder. Quería entenderle y ganarse su confianza, pues nunca se denotó como alguien que pretendía ostentar un título y ganarse su respeto o temor, sino un trato cordial hacia alguien de igualdad de mérito.


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Re: Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

Mensaje por Ceivel el Jue Oct 04 2018, 12:08

Sonreía de forma tonta, era como si el día hubiese mejorado, admiraba tanto a los dorados que mi corazón latía un poco acelerado, estaba caminando junto a uno de los grandes guerreros portador de una de las armaduras doradas, era un honor y me estaba costando mucho disimular el leve sonrojo que comenzaba a cubrir las mejillas así que volví a agachar la mirada negando un poco – está bien… a veces nos solemos perder cuando estamos concentrados en algo que nos hace salirnos de nuestras obligaciones – en mi caso era porque necesitaba hacerlo, tomar mi verdadera forma y correr entre el bosque sin límites era una manera de liberar aquel lado corrompido, tenerlo en paz, consumir energía, dejarla ir.

Camine con calma a su lado, pero tenía que estirar un poco más el paso pues Damian era bastante más grande en altura y aunque caminara con tranquilidad, iba quedándome algunos pasos atrás de vez en cuando, mientras tanto acomode mejor lo que parecía ser una diadema de ramas entrelazadas cuidadosamente que colocaba justo por detrás de los cuernos para que todo pareciera una sola pieza, como si fuese un adorno que solo un niño medio raro se ponía en la cabeza y así disimular los cuernos lo mejor posible – sí, es un pueblo muy pequeñito en su mayoría son granjeros y leñadores, suelo venir aquí seguido cuando quiero… - iba a decir transformarme en un gran dragón que no cabe en un cuarto, pero patine las palabras – distraerme! Si eso mismo… ya sabes entrenar solo… y e-eso – y no sabía mentir, de echo odiaba hacerlo y era la simple razón por la que me ponía nervioso y rojo cada vez que lo hacía, además estaba mintiéndole a un caballero dorado! Que poco tacto tenía, era tonto, ellos seguro sabían todo sin que se lo dijeran – a-alquile un cuarto en la taberna ayer cuando llegue – hable tomando la bota que me ofrecía, quizás por el movimiento de mi nariz fue que aclaro que solo era agua, lo que hizo que el rubor de nuevo se apoderara de mi rostro, bebí sin más y no termine de dar un sorbo, que lo que antes solo parecían nubes grises que quedaban de la nevada, solo trajeron una fina lluvia que sin duda pronto daría paso a otra tormenta, si fuera solo una lluvia, pero era más fría de lo común, anunciando que con ella descendería rápidamente la temperatura en lo que quedara del día.

Levante una mano para sentir las gotas heladas sobre la piel, hacia un poco de cosquillas en los cuernos sensibles y habría descubierto mis escamas pero preferí no hacerlo, no odiaba lo que era, al contrario, pero me era complicado mostrarme a los otros aun – entiendo, sin títulos nobles… solo simpleza – sonreí como si fuese un secreto que debía guardar con sumo decoro, lo entendía, ser tal vez un caballero o alguien al que pudiesen reconocer por quien era a veces era algo molesto, todos ocultamos una parte de lo que realmente somos para que no nos juzguen y esto era parte para sentirse libre, uno mismo imaginaba. Lo mire de reojos, las veces que lo había visto en el castillo siempre portaba un aspecto impecable y muy correcto, aun así en ese estado de “relajado” seguía viéndose sublime.

- Me recuerda un poco al lugar donde nací en el Oeste… un hermoso lugar, pero su gente era capaz de abandonar a apenas bebés como sacrificio por una simple leyenda, no me agrado y me fui de allí… y aunque no sea un lindo recuerdo – sino todo lo contrario, me traía a la memoria solo pesadillas que aprendí a superar y aceptar – hacen que no olvide de donde provengo y lo que soy… - miraba al frente con la mirada perdida en un punto a lo lejos mientras el cabello rosado pálido iba cayendo pesado sobre mi rostro – no crea que soy un espía enemigo, por favor… no tengo informantes ni nada de eso, solo me gusta disfrutar el aire de los pueblos cercanos a los bosques – me apure a decir dándome cuenta que estábamos en plena hostilidad con el oeste y acababa de declarar que era de allí, que iba a pensar?! Me abrace un poco a mí mismo sin darme cuenta porque comenzaba a tener frío por la humedad que generaba en los cuerpos la lluvia helada y apenas la nieve que nos rodeaba.




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Re: Kyofu! Ijigen e no Hyoryū

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