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Agua

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Agua

Mensaje por Damian el Dom Sep 09 2018, 22:21

NOBURO


Dentro de las bellas mujeres del oeste, ella era la más hermosa de todas. A su espalda un tatuaje que se ocultaba bajo una inmensa melena negra, densamente brillante, la cual se recogía con algunos palillos rojos de marfil. Aquel tatuaje era una bella carpa de colores violáceos y escamas doradas, seguida por plantas y flores acuáticas que comenzaban en su espalda y descendían allí a donde la columna vertebral moría en dos hermosos hoyuelos que significaban la perdición de sus clientes. Ella era pequeña, delgada, de glúteos perfectamente y esféricos, de senos pequeños y de tez morena como la canela. Una exótica princesa sin castillo o familia alguna que la representara. El hombre a su lado se despertó en su entrepierna llena en el jugo de la intimidad de la joven y colmado de sudor en un cuerpo portentoso y musculoso.
El hombre se levantó para mirar por la ventana de aquella habitación de acabados asiáticos y de ventanas y puertas corredizas. Mientras la dama intento levantarse cubriéndose entre sabanas preocupada por lo que le aquejaba a aquel guerrero. El hombre camino hasta el balcón. Desde allí se podía ver las gaviotas a lo lejos y un hermoso árbol de mangle que otorgaba a la vista de aquella ciénaga un atractivo singular. A lo lejos los colores del crepúsculo mostraban el naranja y el cobrizo de las nubes arrullando a los soles en su descenso para recibir la noche.
—Es inútil pequeña carpa… —Dijo aquel hombre en un tono de voz grueso y gutural—. ¡Vístete! No estoy de humor para otra faena…
Aquel hombre se vistió y se colocó una máscara rojiza, adornada de cuernos que asemejaban a un demonio y una peluca blanca hechas de fibra de paja decoloradas, posteriormente se atavió de sus vestiduras. Una armadura que asemejaba a las partes de un extraño samurái. El crepúsculo otorgaba a aquella mascara a modo de bozal un intimidante color fuego. La piel morena de sus mejillas y sus cejas pobladas se dejaba ver por encima de la máscara que tenía una especie de colmillos hacia afuera. Sin más se quedó perplejo en el paisaje de gaviotas devorando a los alevinos en la ciénaga.
—¿Es el color del crepúsculo lo que te vuelve tan pensativo, Maestro Noburo?
Aquella casa era una especie de tambo, una casa balsa fijada al fondo de la ciénaga salobre, con inmensas cadenas y anclas de un material ollado ya por el salitre. Pequeñas embarcaciones estaban amarradas alrededor del edificio de madera de dos pisos, lleno de varios cuartos y de bajo de estos una taberna custodiada por hombres por todos los flancos. Guardias al servicio de aquel burdel. A lo lejos inmensas montañas se levantaban solas en medio de las aguas quietas y lenticas reflejando las nubes rojizas en el espejo hídrico.
Bancos de arena sobresalían alrededor de la casa donde aquel mangle crecía al lado del balcón donde estaba Pequeña Carpa con Noboru. Semidesnuda se cubría aun con sus ropas mientras abrazaba la espalda del maestro, ambos miraban el crepúsculo.
—No, acércate joven hermosa… tengo algo que decirte
—Si lo escucho maestro Noburo.
—Pero antes sabrás decirme quien es el monito que se encarama por las ramas del mangle. Lleva observándome hace mucho.
Un pequeño niño de escasos siete años, de tez clara, rasgos fileños, cabello casi rapado y violáceo, ojos verdemar y vestido de harapos, a pies descalzos que tenía un extraño sombrero ancho, miraba a la pareja.
—Es uno de los gemelos de los que te hable, son hijos de mis parientes del oeste —Dijo la mujer—. Vienen de los desplazados que dejo la erupción del volcán, sus padres murieron y el junto con su hermana servían aquí hace algunas lunas. Son mis únicos familiares. Sin embargo ella encontró trabajo en los puertos del Este y él trabaja con los hombres que sirven en el burdel y en la pesca. Creo que está enamorado de mí. Perdónalo. Incluso juro protegerme y juro matar a todos mis pretendientes.
Debajo de aquel árbol de mangle, montado entre las grandes raíces se encontraba un hombre calvo. Vestido de sotanas amarillas y naranjas en su frente poseía dos puntos propios de la raza de los lemurianos y con un palo trataba de bajar al niño montado, picándole con aquel bastón la planta de los pies. Aquel monje poseía un inmenso collar de cuentas de madera, y bebía sorbos de un pequeño odre de barro con algún misterioso licor artesanal, poseía las mejillas rojizas  propias de alguien ebrio, era gordo y bajo de estatura. Lo más llamativo de aquel lemuriano era su prominente dentadura.
—Dudo que este establecimiento de perdición… ¡hip! –Dijo el monje con un terrible hipo mientras seguía hurgando al niño para bajarle—. …Sea el lugar ideal para un chico de tu edad… y para el viejo monje que te habla… ¡hip! ¡Deprisa baja de esa rama! Tsu…
Refunfuñando el pequeño niño de ojos verdemar bajo de aquel árbol, al pie de este estaba el monje, el cual rápidamente tomó la posición de la flor del loto, mientras el niño terminaba de descender de árbol.
—Más te vale meditar Larva de Sancudo –Le decía el monje al niño más por cariño que por ofender pues este era bastante pequeño para su edad—. Recita algunas mantras, pues estas tienen la característica de suprimir las emociones, calmar los ánimos y centrar el alma. ¡Tsu! ¡Hip!
— ¿Ah sí? —Dijo el niño apodado Larva reclamándole al monje—. ¿Y el sake es también para rezar?
—Eso sirve… ¡hip! a veces —Contestó el monje.
Mientras tanto en aquel balcón Noburo miraba al monje enseñarle al niño. Pequeña Carpa acariciaba la melena blanca del enmascarado.
—Pequeña Carpa –Dijo Noburo—. Tu vientre ya es fértil, y estas en cinta hacen algunas semanas y pronto a tu escasa edad darás a luz dentro de poco ocho meses.
— ¿Cómo es posible? –Respondió la dama—. Una comadrona viene a visitarnos todos los meses, ya me lo hubiese dicho.
—Solo lose, eso es todo, hay poderes que simplemente se te escapan de las manos.
—Me parece muy misterioso… Incluso usted es muy misterioso –Pequeña Carpa agacho la mirada en aquel balcón mientras se alejaba de Noburo para vestirse mejor—. Creo que esperas a alguien ¿No es cierto?
—Espero al maestro, pronto estará aquí
.

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Re: Agua

Mensaje por Damian el Dom Sep 09 2018, 22:22

LUCIAN

Mientras tanto en otra parte de aquella misma región, de ciénagas salobres, bancos de arena, rodeadas de montañas solitarias en medio del agua y desde el techo de la habitación de un inmenso barco de madera, tendía boca abajo el cuerpo sin cabeza de una criatura. Sus brazos eran tan largos y flacos que tenían que ser amarrados a las paredes laterales de la sala y en donde tenía que existir piernas había un enorme cuerpo de serpiente marina, que terminaba en una extraña aleta caudal, con prolongaciones a lado y lado a modo de cuchillas, prolongaciones de queratina que cortarían cualquier miembro humano cuando tenía vida. Había membranas natatorias entre las axilas del animal, entre los dedos de la mano que terminaban en unas inmensas garras a modo de espadas. Su dorso era fuerte aunque esquelético y su abdomen hundido y deforme. La cabeza del mismo, tenía la apariencia de un humano, nariz bastante prominente y de pómulos flacos. Reposaba en un trozo de madera, poseía cuernos, y una inmensa cabellera negra. Sus ojos estaban blancos y de ellos brotaba un líquido amarillento. No tenía labios y su boca estaba adornada de una hilera de dientes conspicuos a modo de sierra. La comisura de su boca había sido lacerada por un arma cortopunzante.
A su lado un hombre delgado estaba sentado en el suelo en alfombras amobladas con almohadas de diversos colores, bebía un caldo de carne de un pequeño plato rojo que sostenía con su mano derecha, tenía el cabello negro, liso, lustroso y largo, se recogía en una coleta arriba de su cabeza. Su mirada era sencilla y casi apagada. El color de su único ojo sano era marrón, ya que el otro estaba fuertemente marcado por una cicatriz que descendía de su frente hasta su mejilla izquierda, comprometiendo la visión de su ojo izquierdo, era tuerto. Sin embargo extraña mente lo movía al compás del otro, algunos decían que aun miraba por él. Si no fuera por aquello seria uno de los rostros más bellos vistos en un hombre, cejas pobladas, nariz fileña, tez clara y mentón prominente. Sus parpados miraban de manera apagada, casi desconfiando de todo y analizando cada cosa. Su ropa era una gabardina verde oscuro con un símbolo de un cuervo en la parte de atrás. Por dentro de esta se ataviaba de un kimono negro brillante carente de falda con pantalones del mismo color que hacían parte del atuendo. Poseía botas amarradas en el tobillo y que terminaban en una punta hacia arriba a modo de duende. Pero lo más extraño en él eran sus orejas, eran casi puntiagudas, no tan largas como la de los elfos. Sin embargo decía que era humano.
A su espalda un gran espada katana de filo doble, en una vaina de hermosos adornos entre el dorado y el negro.
—Así que este es el demonio que me importunaba —Dijo un hombre con atuendos dorados, mientras hablaba humo salía de boca, ya que estaba fumando de una pipa, estaba maquillado, tenía la barba cerrada y prominente, de apariencia rechoncha y con un gorro de señor feudal. Estaba sentado al otro lado del salón en una especie de altar a modo de trono, rodeado de almohadones grandes y de diversos colores. Sus manos y rostro poseían varios tatuajes de extraño aspecto que asemejaban a unas runas. Sin duda había guardias por todos lados, armados con armas exóticas y sin armadura alguna.
—Es él —Dijo el hombre delgado—. No hay duda…
Al lado del hombre rechoncho había mujeres hermosas que tocaban gratas tonalidades de citaras e instrumentos diversos de cuerdas, aquella habitación parecía un almacén de alimentos, de barriles y otros enceres de orfebrería, acomodados con el fin de recibir aquella visita y de lugar de descanso de aquel señor. Pues había velas y luminarias, faroles de diversos colores puestos debidamente para espantar la oscuridad en aquella sala.
—Tu eficiencia te honra —Dijo el hombre rechoncho mientras exhalaba una bocanada de humo al aire—. Maestro Lucian, haces honor a tu reputación legendaria, este monstruo es realmente impresionante… ¿Cómo lo mataste?
—Es bastante sencillo —Respondió el hombre de melena negra mientras depositaba el plato rojo en el suelo—. Mi señor Arloth, cuando esta criatura me vio ¡Perdió la cabeza!
El señor Arloth rio a carcajadas mostrando una dentadura carente de algunos dientes y amarillenta, casi ahogándose en el humo de sus pulmones. Realizando un ademan una de sus mujeres salió de inmediato de uno de los rincones de la habitación con una bandeja y se arrodillo delante de Lucian con la cabeza baja ofreciendo la bandeja.
Aquí tienes —Dijo Arloth—. La contrapartida de nuestro acuerdo, que es merecido sobradamente.
En aquella bandeja había un pequeño cofre de madera, no se sabía que había en el a ciencia cierta, solo el señor y su contratista.
—Estoy muy agradecido mi señor —Contestó Lucian
—Yo también es su justo valor, espero no volver a necesitar de tus servicios
—Deseo lo mismo Lord Arloth, pero todos tenemos a veces algún demonio que matar
—El mío ya ha muerto —Contestó aquel señor de manera altiva—. He puesto a tu disposición un velero que te llevará hasta el albergue de Capad donde te esperan tus amigos, que los dioses te acompañen.

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Re: Agua

Mensaje por Damian el Dom Sep 09 2018, 22:24

NOBURO

Todos dormían en aquella hora, en cada camarote de aquel albergue había una pareja, los guardias dormían en los pasillos y en el almacén un monje borracho pernoctaba al lado de muchos frascos de licor. Mientras que el niño que lo acompañaba apodado larva de zancudo descansaba entre pieles y sabanas. No había luces en toda la instancia solo se escuchaba el ruido del agua en su quietud debajo de la casa. En el puerto, bajo de un despejado cielo de muchas estrellas dos hombres jugaban a los dados, estaban ataviados de espadas a sus espaldas cada uno y reían a carcajadas esperando el pronto amanecer.
—Está visto que esta noche los dados son caprichosos pues los dioses me han abandonado —Dijo el más delgado de ellos.
—Juegas como un dragón tuerto —Dijo uno de ellos mientras reía en una embozada carcajada—. Dasaev, esta noche te voy a arruinar y…
—Shhht —De un momento a otro Dasaev colocó su mano en la boca de su compañero de juegos mandándolo a callar entre señas de silencio. Acto seguido desenvaino su espada y tomo una lámpara de gas para alumbrar a la penumbra de la ciénaga salobre, aguzando su mirada— ¿! Quien va!?
— ¡Nadie! —Dijo su compañero de juego decepcionado por lo tramposo que era Dasaev, al querer bromear con algo así—. ¡No intentes dejar ahora el juego!
—¡Disparen!—Y desde la penumbra una voz portentosa grito.
Cinco flechas impactaron en el pecho de Dasaev y su compañero matándolos instantáneamente, mientras dejaba caer la lámpara a sus pies que comenzó a quemarlos.
— ¿Pero qué…? —Dijo Pequeña Carpa que dormía en el segundo piso del albergue al lado de Noburo, el hombre se despertó al instante y se colocó la máscara de demonio rojo que traía para luego vestirse y armarse pidiéndole a su compañera que se escondiera entre señas.
En el puerto, pronto de dos grandes barcos que arribaban al albergue flotante comenzaron a desembarcar decenas de hombres fuertemente armados con antorchas en sus manos para invadir el sitio, matando a todo aquel que se les atravesara en el camino, menos a las prostitutas que las capturaban y las amordazaban.
Cada guardia se enfrentaba a cinco de ellos, muriendo al instante y los amantes de las damas de compañía morían en sus lechos bajo la espada y la daga de manera silenciosa o al despertar. Los asesinos eran hombres ocultos entre máscaras, armados de tridentes, espadas de diverso filo, curvadas y pequeñas. Todos expertos en el sigilo y la cautela.
Para aquel entonces un hombre de corpulencia fuerte y de extraña mascara endemoniada con una lanza miraba todo desde el techo. Como aquellos maleantes amordazaban a las jóvenes y prostitutas y las obligaban a subir a sus barcos, jalándolas por el cabello, golpeándolas y estrujándoles sus brazos.
Mientras tanto en el almacén el monje borracho ordenaba al niño que guardase silencio mientras entre las tablas de la pared veían aquel grotesco espectáculo.
—Es inútil que te resistas —Le gritaba el capitán a una de ellas, un hombre con un extraño sombrero de paja y cubierto su rostro con pañuelos rojos, lamentablemente era Pequeña Carpa—. ¡Vamos! ¡Sube! Y pórtate bien… ¡Sería una lástima tener que estropear a una puta tan bonita!
El niño desde su escondite al ver a su amada quiso gritar el nombre de la joven pero el monje le tapó la boca con la mano pidiéndole que hiciera silencio.
—Imbécil —Dijo el monje entre susurros—. Van a descubrirnos, cállate si quieres seguir vivo.
En aquel momento Noburo se lanzaba desde el techo contra aquellos hombres atravesando con su lanza a uno de ellos, luego sacando el arma con las tripas frescas de su rival, para cortar la cabeza de otro con la misma.
—¡Gusanos insignificantes! —Dijo Noburo entre gritos—. ¿Qué hacen aquí estos piratas? ¿Qué pueden estar buscando? Hum…. Sea como sea se las verán conmigo.
Todos aquellos hombres se abalanzaron contra él para morir bajo su técnica letal, nada podía hacerle frente a aquel demonio de mascara roja y melena blanca. Las flechas eran esquivadas, Noburo se movía con velocidad aterradora, empalando a cada pirata en su mortal danza de la lanza. Un remolino de viento que cortaba todo a su paso, cabezas, pies, manos, personas en dos. Los piratas retrocedieron pero una sombra arropó a Noburo desde atrás. Los hombres enfrente del maestro Noburo se reían mientras huían de él.
— ¿De qué se ríen malditos? —Dijo Noboru mirando hacia atrás descubrió algo aterrador—. Me cuesta creer que yo sea tan divertido cuando los estoy matando.
Un monstruo de madera de gran corpulencia bajo una armadura metálica. Un golen que se movía por sí solo armado con una gran masa a dos manos.
— ¿Una marioneta de combate? ¿Aquí? Pero…
Al instante la masa de la marioneta golpeaba el pecho del guerrero de la lanza. El dolor fue como la patada de un elefante en el pecho. El guerrero se estrelló contra las barcazas arribadas en el puerto ya cubiertas de fuego para quedar inconsciente.
—No perdamos más tiempo suban a las putas y quemen este maldito lugar, abran las velas y suelten los amarres —Gritó el capitán a todos mientras el golen se montaba en el barco.
Todo era devorado por las llamas, aquello parecía una inmensa flor roja en medio de la ciénaga, pero de las llamas una sombra se levantaba con una lanza. Los arqueros le disparaban mientras Noburo corría al puerto de donde zarparon y se lanzaba al aire entre las saetas para llegar a uno de los barcos.
— ¡Es un demonio! ¡Disparen!
Decenas de saetas le llenaron el cuerpo cayendo de lleno al agua. El hombre descendía al fondo del agua entre el dolor que recorría su cuerpo, mientras veía como los barcos se alejaban de la superficie y sin poder rescatar a Pequeña Carpa.


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Re: Agua

Mensaje por Damian el Dom Sep 09 2018, 22:26

LUCIAN


La luz de un nuevo día sobrecogía a la ciénaga salobre, una columna de humo se vislumbraba entre sus playas. Entre las montañas de arena y cúspides yermas de escasa vegetación.
—Está visto que no puedo dejarlos solos —Decía aquel hombre de orejas semipuntiagudas llamado Lucian a el monje a su lado. Delante de ellos escombros y cenizas, el humo salía de aquellos maderos, barcos y barcazas destruidos y muertos, partes de ellos regados por todos lados. Gaviotas sobrevolaban los restos humanos sacándole los ojos para comérselos—. No tardan en buscar problemas con los primeros piratas que se presentan. Su santidad ¿Dónde se encontraba usted mientras Noburo se divertía?
—Meditando —Contestó el monje rechoncho—. Un monje como yo no trata con prostitutas, fue el fragor del combate entre la marioneta de combate y Noburo lo que me despert… ee… atrajo mi atención.
El hombre miraba al monje de reojo con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada. Suspiró.
—Ay pobre Noburo, la debilidad de la fuerza es no creer más que en la fuerza. Después de haberle quitado de en medio, los piratas se lo llevaron todo.
—Incluso sus muertos —Dijo el monje.
—No quieren dejar rastro… me hablaste de una marioneta de combate… sobretodo tratándose de simples piratas ¿Por qué semejante demostración de fuerza para tratarse de un puñado de prostitutas? No es propio de ladrones.
En lo que quedaba del puerto Larva miraba el agua agazapado y triste, ya que habían raptado a la Pequeña Carpa y no pudo salvarla. Ni si quiera Noburo que era mucho más alto, adulto y con una fuerza sobrehumana. Ahora yacía en el fondo de la ciénaga. Las lágrimas del niño comenzaron a asomar una por una, hasta que una de ellas tocó la superficie del agua. En aquel instante burbujas comenzaron a salir desde el fondo. Hasta que desde dentro de las masas de agua un mano salió agarrando el pie del niño. Asustado se echó atrás, tratando de zafarse del agarre. La mano busco donde agarrarse, y seguido un gigante enmascarado con una melena blanca empapada hacia aparición. Aquella mascara roja, de cuernos y de dientes puntiagudos era conocida. Traía consigo una inmensa lanza entre sus manos y decenas de flechas en su pecho. Era Noburo que se montaba en lo que quedaba de los escombros del albergue.
—Te he conocido más en forma, Noburo —Dijo Lucian haciendo un bufido sin mirar a Noburo—. Estas lleno de pereza, dejarse vencer de esa forma es imperdonable.
—Espera a que le ponga la mano encima a esa maldita marioneta y su amo —Dijo Noburo preso de rabia—. Le voy a quitar las ganas de…
El niño atónito no sabía si alegrarse de ver al gigante que sacaba las flechas de su peto armado. El monje atónito también veía la fuerza y la resistencia del guerrero en permanecer bajo el agua por más de quince minutos.
—Lo siento, Noburo… —Interrumpió Lucian a Noburo—. Pero de eso nada. Estas donde no debías y cuando no debías. Eso es todo. Este asunto no nos concierne. Nos vamos ahora mismo, antes de que esto se hunda. No tenemos nada que hacer en estas malditas aguas estancadas. Embarquen los víveres que puedan o encuentren. Vamos al sur. A los mares de Poseidón. Hay trabajo que hacer allá. Además tenemos dinero para gastar.
— ¿Y yo? —En ese momento una pequeña voz interrumpió a los hablantes—. Pequeña Carpa es la única familia que tengo, esta mi pequeña hermana pero ya consiguió trabajo y carpa era hija de un hermano de mi padre. ¿Qué será de ella?
Todos miraron al pequeño de cabeza casi rasurada y guardaron silencio.
Pasado un momento, en el velero de madera donde vino Lucian, el niño hablaba aparte con el Maestro Lucian exponía toda su historia, pues no tenía a donde ir. Sin saberlo Lucian y compañía eran cazadores, pero no cualquier clase de cazador, si no de criaturas sobrenaturales que representaban un peligro para la sociedad y para el mundo. Dentro de aquello no se encontraba en la lista humanos con fines malvados. Eso no les tocaba a ellos.
— ¿Con que quieres que salve a tu prima? En realidad es una prima, un amorío más un amorío menos niño —Contestó Lucian pensando dentro de si todo lo que podía hacer con aquel crio.
—Así es señor.
Mientras Noburo y el monje esperaban afuera del velero de Lucian no eran ajenos a la conversación.
—Pequeña Carpa me recuerda a mamá, es usted mi única esperanza —Dijo el joven muchacho quien abrió sus manos ofreciendo cinco anzuelos de pesca bastante oxidados y un peine rojo, que tenia aun los cabellos de Pequeña Carpa—. Estoy dispuesto a compensarlo con todo lo que tengo.
— ¡Insolente! —Dijo Lucian aguzando los ojos y escupiendo a un lado la pajilla que tenía entre dientes—. ¿Me estas tomando el pelo? ¡Unos anzuelos herrumbrosos y un viejo peine usado! ¿No tienes nada mejor que ofrecer?
El niño lloro en aquel instante mirando por un breve tiempo el recuerdo de su madre fallecida. El viejo peina rojo que le habia regalado a Pequeña Carpa y que encontró entre las ruinas.
—Tan solo mi miserable vida, señor… —Su voz salió entrecortada producto de sus lágrimas agachando la cabeza hasta el suelo y aferrándose a la madera del velero donde hablaba con Lucian—. Puede disponer de mí a su antojo.
— ¿Tu vida? ¿Me ofreces tu vida? ¿Lo dices en serio?
—Sí, señor… —Dijo el joven levantando su rostro mientras de sus ojos verdemar brotaban las lágrimas—. ¡Y siempre le seré leal! Lo juro por lo que más quiero. Por mis hermanas.
En aquel instante Lucian sintió la mirada de alguien. Un guerrero de mascara roja le miraba. Ambos se decían mucho en aquel gesto. Por ultimo Lucian miró el firmamento lleno de luz y de gaviotas carroñeras con sus picos ensangrentados perfilándose al sol del alba.
— ¡La promesa de la oruga no compromete a la mariposa! Eres demasiado joven para empeñar tu vida así… ¡pero acepto! Puedes agradéceselo a Noburo… ¡Que desea obtener reparación tanto como tú! A cambio de tu promesa solo te ofrezco diez días de nuestro tiempo ¡Ni uno más! —La mirada del guerrero Lucian se agudizo observando con aquel ojo blanco al joven—. Espero que cumplas tu palabra. Prepárate para una existencia difícil y exigente. Tus noches serán mucho más breves que tus días. Te encargaras de conducir y cuidar el velero. Preparas la comida de la mañana, al medio día y la noche. No hablaras sin que antes se autorice. El monje se encargara de tu educación.
—Gracias señor, quedo en deuda con usted de por vida. —Contestó larva y su llanto ceso.
—Bien, ahora que todo está zanjado, levemos el ancla y vayámonos de este siniestro lugar.


Última edición por Damian el Dom Sep 16 2018, 12:10, editado 1 vez

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Re: Agua

Mensaje por Damian el Miér Sep 12 2018, 02:06

LARVA


Y así fue como Larva quien en un futuro seria el caballero de géminis se  convirtió en el fiel servidor de cazadores de demonios, de un espadachín, de un extraño monje y de un gigantesco guerrero. Dejó a sus espaldas las ruinas aun humeantes de su niñez lamentosa, y con el corazón lleno de temores por su hermana gemela en el Este. Se encaminó a tratar de encontrar a su prima, la que poseía el rostro de su madre, Pequeña Carpa, si es que estaba viva. Las palmeras de los bancos de arena de aquella ciénaga eran mecidas por el viento salobre que venia del cercano océano. El velero parecía un extraño punto en la inmensidad de las montañas mermas y rocosas. El niño tenía el timón y llevaba el barco a su curso.
En aquel entonces Damian estaba lejos de imaginar que su promesa de niño iba a cambiar tanto su destino y es que entonces solo contaba para él una sola cosa: no volver a perder a ningún ser amado a cualquier precio. Ese mismo día, un viento favorable les permitió alcanzar “cabeza de bagre”. Era el pueblo lacustre más al Este que Damian conocía. Pequeñas casas de paja y madera amontonadas una encima de la otra en la mitad de aquel espejo inmenso de agua. Había redes de pesca desperdigadas por todos lados del lago salobre. Las gaviotas y pájaros de la costa se amontonaban alrededor de las redes para tomar o robar un pez. Había grandes extensiones de mangle que al pasar por aquel bosque de raíces altas seguramente se encontraría tierra en ellos. Los pobladores miraban desde sus casas a los viajeros de aquel velero.
—Shin —Dijo Lucian llamando al monje, quien estaba recostado aun lado de la proa y miraba todo con detenimiento—. Tengo la impresión de que esta ruta no es la que tomamos para venir
—Quien toma dos veces el mismo camino no avanza nunca —Carcajeo el monje rechoncho debajo de un inmenso sombrero mientras veía todo a su alrededor parado en la mitad del velero— ¡a babor muchacho!
Pues lentamente el velero se adentraba en aguas que le eran del todo desconocidas al pequeño niño de ojos verdemar. En aquel pequeño barco había una gran enramada, donde estaban todos los enseres, alimentos y vivieres que necesitaban, así como también colchas donde dormir. El niño de vez en cuando observaba discretamente al guerrero gigante que nunca se quitaba aquella mascara roja de cuernos, colmillos y de melena blanca. Le daba miedo. Este estaba recostado en una pequeña hamaca dentro de aquella enramada y roncaba poco, pero dormía como bebe. Le daba miedo.
« ¿Cómo una persona normal podía descansar así después de haber sido acribilladlo a flechazos?» Pensó Larva ya que aún no se llamaba Damian, pues otro le daría dicho nombre. Por ahora lo llamaremos. Larva. Pero no tardarían en producirse otros prodigios.  Entonces algo de ola, una corriente, empezó a agitarse en el agua. Ya estaban cercanos al mar y pronto saldrían al golfo. Las montañas le rodeaban, pues parecían estar en medio de un rio salobre que alimentaba al complejo de ciénagas que dejaban atrás. Durante todo aquel día se siguieron escrupulosamente las indicaciones del Monje Shin, no se cruzaron con ningún alma. Pronto los faroles se encendieron, lo zancudos se agitaron en el ambiente buscando sangre y una gigantesca Luna llena mostro una gigantesca torre de madera a la vista. Había escaleras alrededor de ella las cuales ascendían a una pequeña casa en la cúspide. Dicha edificación se escondía entre las colinas blancas de poca vegetación, justo en la mitad de aquel rio.
— ¡Aquí! ¡Justo delante! ¡Ahí esta! ¡Sabía que estaba Ahí! Ee… ¡ese templo no parece muy sólido…! ¡Vamos a tener que rezar en voz baja! —Decía el monje a gritos mientras alumbraba el paso con una lámpara a su mano—. Acércate al peñasco pequeño y prepárate para desembarcar voy a necesitarte.
Entonces al mirar el peñasco algo crujió en el encañar del velero. Al alumbrar aquello que a la oscuridad parecía roca, era una insipiente cúspide de huesos de extraños animales marinos, cocodrilos, ballenas, delfines y muchas cosas más. La mirada de Larva se agudizo, y sintió temor de bajar del barco.
—Pero pero —Decía el muchacho asustado, con algo de llanto en sus ojos—. Ese templo está rodeado de osamentas de monstruos marinos ¿Qué vamos a…
—El moje sabe lo que hace niño ve con él —Lo interrumpió Lucian y le tomo por la ropa de harapos y lo coloco sobre la isla de huesos—. El único momento en que un hombre debe ser valiente es cuando siente miedo.
Ambos pues, se montaron por las delgadas escaleras de madera, hacia el altar en la cúspide. Una vez arriba se arrodillaron. Arriba había peces colgados del techo, calamares, rayas, tiburones, y una que otra extraña criatura, todas en avanzado estado de descomposición. En medio de aquel aposento había un altar de piedras que poseía un pequeño estanque rodeado de flores y plantas acuáticas.
—Oh… espíritu de las aguas —Decía Shin entre el rezo con los ojos cerrados—. Dulce creación del dios de los mares, dulce ser independiente e indómito… he venido de lejos a este lugar para hacerte esta ofrenda que me cuesta…
— ¡Aquí huele a pescado podrido! —Decía el pequeño larva, el cual recibió un golpe en la cabeza por atrevido de parte del monje—. ¡Ay! Tu espíritu debió irse hace mucho tiempo de aquí.
El pequeño no le quedo de otro si no sobarse la cabeza allí donde recibió el golpe y continuar con la ceremonia.
—Calla descreído, los espíritus no tiene por qué tener el mismo gusto que tú. Estamos en la morada de una ninfa del agua. Así que tiene que oler a pescado. —Nuevamente el monje golpe al niño en el mismo lado justificando esto a su irreverencia.
Entonces una gota de agua del pequeño altar se elevó por encima de este. Aquella diminuta forma comenzó a atraer otras gotas a su seno dándole perfil  a aquella masa. Una hermosa mujer había delante de ellos, con sus pechos al aire, mirada orgullosa y belleza eterna, su forma era acuosa y blanquecina. Su risa era más dulce que el murmullo de los manantiales. Pero ambas dejaban traslucir una mofa cruel y despiadada. Poseía rebeldes rizos, que a primera vista habían creído que eran rojos, pero ahora la luna incidía en ellos de forma tan deslumbrante que apenas podían continuar mirándola. Eran de oro delicado y fino, una mixtura esplendida de rojo y amarillo. En sus ojos, ni totalmente azules ni grises, bailaban las luces y fluctuaba un halo de colores. Sus labios de rojo intenso. Su cuerpo ebúrneo, tan perfecto como el sueño de un dios. El pulso martilleo en los tímpanos de los congregantes.
— ¿Qué quieres criatura de sangre? —Dijo la ninfa en una voz musical y seductora que se acercó mientras flotaba en el aire hacia donde estaba el monje, y tomando su mentón con sus dulces manos volvió a decir—. No se despierta impunemente a las fuerzas del agua.
Larva atónito con lo que veía reculo  tropezándose mientras se arrastraba por el suelo y pisando peces muertos y reptiles podridos. La ninfa al verle se rio de él.
—Siento en ti la fuerza de los iniciados, eres el monje borracho he oído hablar de ti —Dijo la princesa de las aguas.
— ¡Oh, espíritu del agua! Tu recuerdo me honra… mi modesta persona se siente colmada ¿Puedo solicitar humildemente tu ayuda, oh, liquido divino?
— ¿Dime que me traes? —Miró al niño con lascivia y sonrió ante aquello—. Hace mucho no como nada.
—Mi señora —Respondió el monje—. Puedes tomar de mi cosmos, pues no hay ofrenda de peces, ni alma de hombres que reúna mayor ofrenda que mi mismo mana.
Entonces la ninfa tocó al monje mientras este se imbuía de un aura de poder, llamas azuladas salían del iniciado y aquella energía era transmitida a la ninfa que resplandecía en un brillo intenso.
—Ya he tomado de tu cosmos. Tu ofrenda es generosa, aunque te llevara mucho tiempo reponerte monje borracho. ¿Qué quieres por tu sacrificio?
—Busco a una mujer… viaja sobre el agua se llama Pequeña Carpa… —El monje miró a larva con mirada desafiante haciendo que el niño volviera en si—. Larva, saca los objetos que guardaste de tu hermana Pequeña Carpa.
— ¿Los objetos? —Se preguntó Larva—. ¡Ah sí! ¡Enseguida mi señor!
El niño sacó de su pequeña mochila el peine rojo con los cabellos de Pequeña Carpa y los mostró a la ninfa.
—Aquí esta es el peine de mi madre el cual le regalo a Pequeña Carpa es lo único que tengo; era su joya preferida, era de la madre de mi madre —Expresó larva.
—Colócalos dentro de mí, no tengas miedo pequeño. —Dijo la Ninfa señalando su entre pierna. Para cuando el niño metió los objetos en el cuerpo de la fémina, sus manos traspasaron el agua del cual estaba formada depositando en el interior el peine rojo. La ninfa al sentir dentro de su ser aquello, cerro sus ojos—. Adivino su historia… la veo, si es ella. Sobre su espalda nada un pez si si seguro que es hija del agua
—Es el tatuaje de peque…. —Dijo larva
—Calla no se molesta a la fortuna ya lo sabe todo —Interrumpido al instante por el monje.
—Aquí tienes la respuesta monje del licor, la luz del pez seguirán, a la chica te llevara. —Con aquello el volumen de agua del que estaba formado la bella ninfa se derramo por completo al estanque del altar. Larva nuevamente tomo el peine.
— ¿El Pez?  —Se preguntó el niño asomándose al balcón vislumbro al velero en las aguas del río y un pequeño brillo brotaba de la superficie del agua—. Ahí ya lo veo.
Entonces bajaron rápidamente del altar, y Larva tomó el timonel del velero, elevó las velas y viajo por donde aquel pequeño pez que le dijo la ninfa le indicara el camino, el pez tenía una prolongación luminaria en la frente y con ella guiaba a los marinos.

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Re: Agua

Mensaje por Damian el Dom Sep 16 2018, 12:11

PEQUEÑA CARPA

Estaba despertando, sus ojos se abrían a la luz después de una larga y terrible oscuridad. La droga que le había sido otorgada había hecho efecto, mantenerla dormida durante todo el viaje. Tenía hambre y sed. Entonces sintió aquel repentino volumen de agua fría sobre ella, sacándole del sueño por completo y colocándola en alerta. Su mirada se repartía por todos lados para definir figuras en sus hinchados ojos. Estaba vagamente vestida, tal cual como salió del albergue, un kimono rosa que había perdido su perfume y tenía el olor del que evita bañarse por varios días. Lo primero que vio fue un hombre de barba cerrada, algo pasado de los cincuenta y tantos años que vestía solamente los paños interiores de su ropaje.
—¡Va!… ¡vamos arriba! —Gritaba aquel hombre—. ¡Vamos debes presentarte ante su excelencia! ¡Te conviene mostrarte seductora! si no ¡ay de ti!
Era bastante delgado, y lo más llamativo era su calva prominente. Aquel hombre sostenía aun el pequeño recipiente de madera atado por cuerdas de la que arrojo el agua. Él hacia una mueca lasciva mientras levantaba su mano para tratar de pegarle a Pequeña Carpa. Pero solo se quedó en eso. Una mueca.
—Ah ¿Qué? Pero ¿quién eres? —Dijo pequeña Carpa mientras el hombre se alejaba hacer lo mismo con otras y tomaba agua de un barril rodante más grande que le seguía—. ¿Qué quieres de mí? Mi cabeza, me han drogado, pero… ¿por qué?
—¡Calla! —Le grito el hombre desde lejos—. ¡No hagas preguntas! ¡Es la regla! ¡Ponte en la fila como las otras!
—Eh… tu —decía otro hombre a la chica que estaba al lado de Pequeña Carpa, mientras la levantaba con el filo de su espada en el cuello de la joven—. Deja de lloriquear eso no cambiara nada haz lo que te dicen y todo irá bien vamos. Ponte derecha pareces una flor marchita.
Sus demás compañeras estaban allí junto a ella, diseminadas en toda la extensión de aquella sala, como hormigas a las cuales les habían destruido el nido. Todas estaban desorientadas, bajo el mismo efecto de la droga. Aquel lugar era una inmensa sala llena de candelabros y faroles con figuras en los telares que cubrían las velas, haciendo que se reflejaran en las paredes corredizas y muros de madera con pasillos en un segundo piso, grandes monstruos al asecho de los allí presentes.  Presentes, ataviados con armas, armaduras extrañas y oxidadas. Al final de la sala un enorme escudo ocupaba las alturas de aquella pared, en el bajo relieve de aquella emblemática figura, una carabela coronada.
Algunas jóvenes se revelaban contra sus captores en un intento siempre fallido de tratar de huir siendo golpeadas y maltratadas. Algunas mujeres servían a las capturadas, les arrancaban las vestiduras dejándolas desnudas, curando sus heridas y  les daban agua y algo de pan. A Pequeña Carpa la trataron de igual modo. La maquillaron, la secaron, le trajeron vestiduras nuevas, zapatos y joyas baratas. Peinaron su cabello largo y colocaron campanillas en toda la extensión de una larga trenza. Posteriormente a todas las capturadas las dispusieron en dos largas filas dejando un pequeño camino en medio. Cual subasta de doncellas, de vez en cuando se escuchaba algún lamento de alguna de las chicas, más Pequeña Carpa callaba y asumía lo que venía para ella, mientras vagamente tocaba su vientre pensando lo que dentro de ella se gestaba.
Entonces dentro de aquella sala el viento soplo con violencia casi apagando las luminarias, pero de un momento a otro el fuego en ella creció en sobre manera haciendo que todas sombras abandonaran el recinto. Todos los sirvientes se fueron del lugar y solamente quedaron los guardias y las chicas. La gran puerta al final del pasillo se abrió en dos, dando paso a una pequeña enana, era fea, blanca como la tiza y su cabello negro se recogía en un estrambótico moño en la altura. Su cara estaba provista de extrañas runas que se esparcían por todas partes hasta llegar al cuello. Su vestido era una sotana que cubrían, sus brazos y piernas totalmente. Sus senos eran grandes a pesar de ser tan pequeña y se veía pasada a los sesenta años de edad. De inmediato cada una de las doncellas incluso Pequeña Carpa reconoció su rostro, mas no dijeron nada. Era Lady Hung, la vieja comadrona que las examinaba a todas las chicas en el ya destruido albergue.
«¿!Qué!? ¿!Hung!?» Pensó Pequeña Carpa al ver a la enana. «¡Esa horrible enana! ¿Aquí? La comadrona del albergue, nos examinaba a todas y yo… oh la detesto ¿y quién es ese gigante con velo?»
Hasta que una figura alta envuelta entre sabanas finas por todos lados, vino caminando de tras de ella. Aquella persona tenía más de los siete pies de alto. Su rostro tenía una máscara simple por la cual observaba a todos los presentes.
—¡Silencio! —Dijo un hombre delante de la enana y la figura de gran altura, este era calvó, delgado, de cuarenta años de edad aproximadamente. Hablaba con  fluidez y con la cortesía de tratar a muchos clientes con esmero. Guiaba a la enana y la monstruosidad de tras de ellos—.  En fila pequeñas y considérense honradas su excelencia se digna posar los ojos sobre ustedes insignificantes.
Entonces la obligaron a todas a desvestirse. Un cielo de gloria excelsa de piel oscura, senos jóvenes y de vello púbico abundante, cada una era delgada, exótica y de fragancia desesperante. Los guardias las miraban con anhelo de poder poseerlas a todas. Pero en especial aquella del tatuaje de carpa en su espalda. Miraban a las damas una tras otra, pero cuando llegaron a Pequeña Carpa la mirada de la figura alta se quedó fijamente en el cuerpo de la joven.
—¿Puede la dama Hung señalarme a mi prometida? —Dijo la figura de gran altura en un tono de voz gutural y de fino acento—. Ansió verla…
—Se mi señor se encuentra en este grupo de la chica que te dije. —Dijo Hung en un tono de voz chillona y horripilante—. Las aprecio mejor asi desnudas, me gusta que se vean así frágiles ¿No es lo propio de las hembras en venta?
Entonces Pequeña Carpa agachó la cabeza para evitar la mirada que le fulminaba el alma cuando el enmascarado la miraba.
—Exceptuando esta —Lady Hung colocó el mango de una daga, puesta de bajo del mentón de Pequeña Carpa y la obligó a levantar la mirada. Tanto el hombre calvo elocuente, la enana y la figura embozada analizaban todo de ella.
Entonces el ser de altura considerable, sacó de su telares lo que parecían ser sus manos, aunque por las descripción preferiría nombrarlas como garras, gigantes y azuladas en una carne blanca como la nieve y hedionda que fueron a posarse sobre los hombros desnudos de pequeña carpa.
—En efecto… —Dijo la figura de altura considerable, Pequeña Capar le llegaba en altura un poco más de la cintura—. Dmmmm…. Piel suave… carne firme…. Una buena osamenta. Lady Hung, ¡es perfecta!. Mi niña pese a tu mal olor de suciedad… ¡considérate a partir de ahora salvada de tu mediocre destino, eres mi prometida, mi hermosa. Pero de momento… metete en esa tinaja y no preguntes nada aborrezco las preguntas, sabes que no deseo que te hagan ningún mal. Vamos ve.
Entonces soltándola, con un ademan llamó a algunos hombres que entre cuatro traían a sus hombros dos varas de bambú aun verde que amarradas cargaban con el peso de una gran tinaja negra brillante con un extraño símbolo en forma rombo, parecía una serpiente. Entonces aquellos hombres tomaron a pequeña carpa y la depositaron dentro de aquel gran recipiente, y colocaron encima una tapa de madera con cuatro orificios para permitir la reparación.  Y se la llevaron de allí.
Una de la sirvientes ya muerta en un extraño accidente alcanzó a contar en un pequeña relató lo que allí ocurrió al salir la tinaja negra del recinto. Dijo que la figura alta había robado una espada de los guardias y les ordeno salir a todos para conversar con todos ellas, ella sin embargo se encontraba escondida en uno de los cobertizos del segundo piso y veía por una puerta entrecerrada lo que allí ocurría. Todos se alejaron haciendo reverencia a la figura de gran altura y tras aquello cerraron las puertas. El gran señor comenzó a proferir palabras que la mucama no recordaba con excelente memoria, preguntaba que quiera era la más hermosa y todas comenzaron a gritar, mientras aquel hombre las cortaba en dos, cuellos, piernas y demás. Era una lluvia de sangre lo que se vivía allí. Todas las asesino, hasta la última de ellas. Y posterior a eso se quitó la máscara, era tan horrible que la mucama no quiso seguir mirando. Tras aquello se escondió sin hacer el menor ruido posible.

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