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Las velas de un viejo barco

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Las velas de un viejo barco

Mensaje por Cyril el Lun 30 Jul - 14:06

Que te atrae del mar? Porque te sientes atraído cuando lo ves - son sus hijas que cantan en lo profundo -  invitándote al seno del mismo abismo, un mundo lleno de fantasmas, misterios y aventuras, secretos que un simple mortal no puede entender – curiosidad- es el susurro de las olas que el viento arrastra, las velas lo abrazan para retenerlo, desesperado el viento empuja y las olas azotan contra la madera – crujen – a lo lejos una dulce voz, el canto de una sirena que tararea una canción conocida por los marineros – se mese bravo – la tierra puede verse a lo lejos, se acerca a los sueños que tuvo hace días y cuando nadie la ve por la noche se arroja al mar, dejando que este la ame una vez más – su amada hija – las escamas se convierten en una cola, sus facciones cambian, sus cuello se abre para respirar con calma bajo el mar, no quiere que nadie la vea acercarse.

La voz del mar se va alejando mientras camino desnuda por la costa, solo miro atrás para despedirme de mi amado padre, amigo y rey. Susurrando la promesa de que pronto regresare al Sur, a mi hogar junto a él. Insistió mil veces que alguien me acompañara, pero mil veces me negué, incluso creo que había propuesto a su escama más poderosa, aún así deje una pequeña notita a Dragón Marino que esperaba la viera, como también le informe a la suma sacerdotisa (a esta hasta le alegro que me fuera) pero no valía la pena que gastara hombres valientes en acompañar a una niña que no vale más dar consejos sobre sueños que veía despierta, a veces me preguntaba si estaba loca, pero luego recordaba que se volvían realidad, que era vidente y en esas visiones lo había visto a través del mar, muy lejos de casa donde pertenecía, un viejo amigo, un marinero perdido, un niño que no había olvidado, pero ahora no sabía cómo se vería, sería algo o bajo, tendrá una linda sonrisa o estaría lleno de cicatrices.

- Volveré pronto, ni bien lo encuentre… lo prometo – tome el morral de cuero mojado, dentro había ropa, claramente también mojada, no me importaba ir desnuda, no tenía pudor, el hombre había sido creado de esa forma, desearía no tener que cubrir las escamas de mis muslos, ni el tatuaje de tridente en la espalda que la delataba como sureña, sabía que estaban en “neutralidad” pero era efímera, pendía de un hilo, nadie estaba seguro, no quería buscarle problemas a mi Rey solo encontrar lo que había perdido ya hace tiempo atrás.

Tome la ropa empapada y cubrí mi cuerpo, con la brisa de la noche pronto se secaría, no me coloque las botas, camine un rato más por la playa aun no quería abandonarla, la espuma del mar acariciaba mi piel como un amante que no quiere abandonar la cálida cama que aun huele a ella, pero todo debe seguir su curso, incluso ella, así que me despedí y mirando al frente solo busque el bullicio de un pueblo que no descansa, el puerto no debía estar muy lejos, podían verse las luces al final, camine tranquila. No era tonta ni mucho menos ignorante, a veces ingenua pero cuando el momento ameritaba podía ser bastante picara y ahora estaba sola y lejos de su hogar por lo que este era el momento en que más vulnerable se sentía, estaba sola en esta parte del camino, más sin embargo sabía que todo lo que el desino tuviese preparado para ella lo aceptaría con calma y bravura al mismo tiempo como el mar.

Cuando la playa llego a su fin y ya los barcos comenzaban a verse mejor a los lejos, ajuste las botas y puse la capucha sobre la cabeza, se sentía bien que la ropa estuviese mojada, porque nadie entendía que la humedad era lo que hacía que me sintiera segura y cerca del agua era más fuerte, pero la mayoría de los marinos que caminaban por el puerto preguntaban si estaba bien y como era muy típico de mí, le contestaba a todos alegre que estaba bien, que solo habia sido un pequeño accidente.

- Puedes venir a mi casa, no está lejos, podrías secar tu ropa y calentarte – un gran hombre se cruzó en mi camino, imponiendo su altura contra la mía, cando hablo de calor mis ojos brillaron, sí, mi piel comenzaba a enfriarse a medida que la tela se secaba en algunas partes, la sola mención de un lugar calentito como el sur me reconfortaba, aunque si decía que no tal vez se ofendiera y no quería llamar la atención así que lo más sensato sería aceptar la proposición del buen hombre – señor! es muy amable de su parte, con gusto lo acompañare, pero puedo preguntarle algo antes – el hombre asintió feliz, algo sorprendido de que hubiese aceptado ir con él sin reproche – conoce a los bravos caballeros dorados de la reina acaso?? – entonces su rostro cambio por completo y no comprendí porque razón su actitud cambiaba de esa forma.

ATUENDO:







Profundo... el despertar del todo es inevitable y sus hijos saldrán de sus entrañas… los cosmos se apagaran... la muerte del grande será en vano… uno de los grandes ah de extinguirse para que el equilibrio regrese a su verdadera forma

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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Damian el Mar 31 Jul - 13:57

Y bajando en su caballo desde de las cúspides basálticas vió la ciudad del puerto bajo la luna que escondía su forma entre nubes, mientras estrellas en el firmamento miraban a los desdichados hombres de la tierra y la costa que se extendía más allá de las islas rocosas, de los nevados picos que dominaba el mar en la tierras del sur. Se podía ver a los barcoluengos, pesqueros, galeras y carabelas de alegres colores o de negros matices que regresaban gracias al faro del rompiente que se extendía, allá a lo lejos del puerto; regresaban de lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo y que solo Poseidón gobierna en su inmensidad. Había dejado atrás la fortaleza de Campoestrella, el hogar que le fue conferido desde que abandono las barcazas de pesca para educarse en la nobleza gracias a un empujón de su suerte. Desde que el noble de aquella región supo que no tenía la capacidad de tener hijos, su desdicha se acabó el día en que por extrañas circunstancias conoció a este niño que no conocía a ciencia cierta de donde procedía y que hoy en día trata de ser un caballero que ostenta al servicio del Este una dorada armadura entre pocos para defender a Minerva, la diosa Athena. Las regiones aunque en guerra no se atreven a conquistarse entre ellas debido a que se desconoce el poder militar que se tienen.

Aquel día, según él, vestía lejos de toda ostentosidad, pues lo que menos quería era llamar la atención de muchos. Sin embargo, debido a los ropajes con que contaba era muy difícil pasar desapercibido, quizás no era bueno en ello al guardar el sigilo. Tenía una guedeja recogida en la parte de superior de su cabeza, la cual dejaba caer una cola de caballo, su pelo era largo y de colores violáceos, unos ojos inconfundibles verdemar que rememoraban el dolor, al verles sin este observar a ningún lado, adornando unas cejas inmensamente pobladas. Aquellos ojos eran casi apagados, en un ceño fruncido cuando no se trataba con él. Parte de su flequillo, caía en un su rostro bien parecido, de tez clara y contornos fileños. Poseía un gabán violeta con bordes dorados, mangas largas y recogidas, antes de llegar a las manos. Por dentro un surtido de paños blancos que caían desde su cuello adornado con un inmenso zafiro en una camisa color blanco hueso, mostraban que aquel no era un hombre cualquiera. Pantalones ajustados de color azul turquesa y botas un tono más bajo terminaban la indumentaria. Caminaba con las manos tomadas en la parte posterior a su espalda, como si midiera los pasos o recordase constantemente algo. Sus hombros sobresalían un poco por encima de la gente común del puerto al descabalgar, y al caminar tiraba de su caballo.

La mercancía que necesitaba solo sería trasladada por el agua. Las indicaciones de mensajería portuaria habían ajustado que sería solo a él la entrega, debido a la magnitud de lo que yacía dentro de aquellos cofres. Para cuando llegó a dicho lugar, el rompiente barco ya había arribado desde la tarde y solo a él se le esperaba. Haciendo los trámites debidos le fue entregada aquella mercancía. Varios coches tirados por caballos sin techo alguno, llegaron junto con él. Los había conseguido en el mismo puerto, en ellos montaron los cofres. Parecían cuadrados, con agarraderas de cuerda gruesa; evidentemente la carga era pesada por la manera difícil con que los trabajadores del puerto los descargaron, y por la resonancia al arrastrarlos por el suelo. Cuando todos estuvieron montados y agrupados en los carromatos, los obreros contratados recibieron algún capital de parte de él, y después de escupir sobre él dinero para que les trajera suerte, cada uno se fue a su correspondiente carruaje, caminando perezosamente. Poco después se escucharon el restallido de sus látigos morirse en la distancia.

Él, se quedó en el puerto, soldados escoltarían la mercancía hasta Campoestrella, se pernotaría en la casa de la familia en aquella comunidad por aquella noche. Necesitaba abordar otro asunto posterior, quería pasar desapercibido aquella noche en alguna taberna lejos del bullicio y el estrés de los gritos de guerra. Posteriormente una cervezas más unas menos, decidió abandonar el poco ruido que las barras de la taberna tenían. Hasta que al salir la vio. Una figura que era diferente a las demás, carecía de todo el ordinario físico y personalidad de las personas en el puerto. Se ajustaba  las botas en aquel momento y cubría su cabeza con una capucha. Su curiosidad era alta y decidió seguirla inadvertido entre la gente. Era una dama al parecer, estaba mojada, ya que por donde pasaba dejaba surcos y pequeños charcos húmedos. La gente se acercaba a ofrecerle ayuda, mas ella amablemente las rechazaba. Pero a los ojos de él, podría padecer de un resfriado y no le era correcto dejarla a merced de un ambiente tan peligroso, donde quizás alguien le pudiese hacer daño o morir a la intemperie. De lo que si estaba seguro era que no era de esta región. Cada año cientos de personas vagan por el mundo sin saber a dónde ir y era tiempo de reparar todo lo que la vida le había dado en cierta forma con aquellos que pudiese ayudar. Hasufel dió un pequeño relincho dando un empujo a su decisión.

—Puedes venir a mi casa —Dijo el en un tono de voz casi susurrado, masculino y agradable—. No está lejos. Podrías secar tu ropa y calentarte.
Fue tan rápido que solo se notó la sombra de él y el caballo a su lado en el suelo cuando se acercó.
— ¡Señor! —Una voz femenina contestó bajo el embozo, parte de sus cabellos rubios y su tez clara podían verse bajo aquella capucha. Aunque su mirada estaba ensombrecida, no se le veía el rostro con exactitud—. Es muy amable de su parte, con gusto lo acompañare, pero puedo preguntarle algo antes.

El hombre asintió feliz, algo sorprendido de que hubiese aceptado ir con él sin reproche, por lo general las damas presentan alguna objeción al respecto. Pero la pregunta que vendría le caería como un balde de agua fría.

—¿conoce a los bravos caballeros dorados de la reina acaso? —Dijo la chica bajo el embozo.
—Contestare a sus preguntas en otro sitio —Asintió, sonrió y previamente suspiró. Miro a todos lados sin entender porque le preguntaba aquello—. Pero ¿Es usted uno de esos bravos caballeros acaso?

Después de todo, él siendo uno de ellos, no los conocía a todos. Con un silbido y un ademan de su mano, el caballo negro azabache se acercó y ofreciéndole la mano, trato de  montarle suavemente tomándole por la cintura a los lomos del animal. Él más sin embargo, no montó junto con ella. No quería que se sintiera acosada. Caminó entre las calles de piedra hasta una hermosa casa de madera, de dos pisos y fachada pintada con baja iluminación. Posteriormente le trató de bajar y al abrir la puerta de aquella vivienda todo se veía sobrecogedor y sencillo. Muebles debidamente puestos en una sala espaciosa y llena de cuadros de personas desconocidas, al fondo quedaba a una chimenea, tapices de colores violáceos. Arriba un escudo por encima de la chimenea que tenía dibujada la estela de un cometa, quien atravesaba una espada. Todo estaba a oscuras.

—Deje y enciendo algunas iluminarias —Dijo Damian mientras encendía algunas velas de candelabros en toda la sala con algunos cerillos que saco de una repisa al lado de la pared—. Arriba hay cuartos para que descanse esta noche, preparare ropa para usted, mientras encenderé la chimenea, calentare agua para usted, un baño y algo de comida. Está en su casa. Posteriormente hablaremos lo que usted considere pertinente.


Última edición por Damian el Mar 31 Jul - 23:17, editado 1 vez
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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Cyril el Mar 31 Jul - 15:54

Qué bueno que el viento soplara a favor! Me alegre saber que en el Este eran tan cálidos de corazón como en el Sur pero en cuanto al clima si era más frio, porque a medida que la ropa se habia ido secando un poco en vez de quedar una tela semi cálida al tacto esta comenzaba a enfriarse. De todas formas no era algo que me preocupara, bueno en realidad nada me preocupaba nunca, para mí todo lo nuevo era una aventura increíble que debía vivir al máximo y sin duda en mi escala de aventuras locas, salir del Sur, era la primera vez que abandonaba mis tierras y si estaba un poco nerviosa pero sabía que podía arreglármelas solas y que cualquier cosa sabia como defenderme… creo.

- Oh no no no!!!! – negué con la cabeza y las manos al mismo tiempo – estoy muy lejos de ser una guerrera! Pero se usar muy bien la espada ja! Y hacer otras cosas divertidas, pero no tanto como ser uno de los grandes! – si usaba cosmos, era la verdad pero no como ellos, él mío no servía para combatir, era cálido, suave y se conectaba con cosas que otros no podían ver, sanaba y calmaba males, era maravilloso pero a su manera poco emocionante – pero estoy buscando a uno, bueno creo… - comencé a decir dejando que me ayudara a subir al caballo al que no tarde en hacerle mismos en la crin, es que era tan lindo!!!! Y suavecito, estaba bien cuidado, lo que además de sus ropas me decía que no era un pueblerino común y corriente.

Estaba algo distraída con todo, con el cabello largo de mi nuevo amigo, de la suavidad del caballo, del puerto, de su gente, del cielo estrellado, de la brisa fresca que traía consigo una variedad de perfumes que desconocía pero eran dulces y agradables, el reino donde siempre parecía ser primavera, los colores lo adornaban por doquiera, si bien el Sur era como si siempre estuviese de fiesta, aquí parecía como si se prepararan para una, todo estaba cuidado y en calma, tal vez me podía acostumbrar a viajar y conocer luego lugares, pero no aun, porque no podía sacarme ese sentimiento de extrañar mi casa – gracias… no me has dicho tu nombre y yo tampoco el mío que descortés perdóname! – Era tan hiperactiva y eufórica como olvidadiza y despistada, cuando me ayudo a bajar me incline en un gesto cortes – como no se mentir ni me gusta – como si al pobre chico le importara

me presentara como es debido, me llamo Cyril Seamoon, vengo de muy lejos, como del Sur, vine en un barquito comerciante que venía de paso… vengo a buscar a alguien importante de mi infancia… pero no lo conozco, es decir no como es ahora, soy una de tantaas sacerdotisas… y yo pues solo lo vi en un sueño… - hablaba incluso tan rápido que ni le daba tiempo a él a presentarse, jugaba algo apenada con los cintos de cuero de mi ropa, porque si ahora que lo decía en voz alta sonaba muy estúpido, quien viajaba hoy en día en busca de un viejo amigo que veía en un sueño, el tipo podía hasta estar muerto! Ah! Pero lo más inteligente que se me había ocurrido era venir a buscar un viejo fantasma – ohhh!!! Ahora entiendo! – dije algo sobresaltada cuando entre detrás de él y notaba el emblema de la casa al encenderse las luces, tenía sentido la espada clavada en la tierra lejana, así que la estela que la rodeaba era una estrella no un espíritu como había entendido en mi sueño, era su emblema!

Un baño, creo que lo demás no me importaba tanto pero cuando se trataba de agua, le di un abrazo instintivamente y sin pudor alguno porque si, se me había antojado, estaba agradecida y no sabía cómo demostrarlo de otra forma, siempre me regañaban porque hacia cosas que “no debía” o “no eran correctas” pero esas cosas que ellos creían que estaban bien era porque ellos mismos se lo imponían como sociedad, en mi caso actuaba simplemente natural, como si no estuviese atada a lo dictado por la gente.

Luego de pasarme bastante tiempo en el agua chapoteando dejando que las escamas absorbieran humedad, me vestí con lo que parecía ser tal vez ropa de él y algunas cosas más, solo tome la camisa que tenía adornos delicados, me quedaba casi como si fuese un vestido y cubría bastante bien lo que generalmente ocultaba para que no se espantaran, unas medias largas y tome de entre lo mío el lazo que llevaba al cuello y no me puse lo que parecían ser una zapatitos abrigados, prefería así, solo esperaba que no le pareciera de super mala educación pero es que estaba más cómoda así, pero también sabía que no estaba en mi casa, era invitada y debía comportarme anqueé no supiese tan bien como podía intentarlo.

Al ver las escaleras me dieron tantas ganas de sentarme en la baranda y deslizarme, siempre habia querido hacer eso pero me detuve - no Cyril… debes… ser fuerte y comportarte – me dije a mi misma, seguí el chisporroteo del fuego de una chimenea encendida y me senté delante de esta abrazando mis piernas, jugando a levantar un pie y otro al compás de una canción que tarareaba, esperando a que él regresara, no me iba a poner a corretear por toda la casa buscándolo aunque hubiese sido divertido jugar al busca y encuentra, no era el momento y de la nada estornude sacudiendo todo mi cuerpo, tal vez demasiados perfumes nuevos.

- La espada y la estrella… la espada y la estrella… - repetí mirando de nuevo el símbolo de la casa, había estudiado cada símbolo que existía, cada blasón de cada familia de cada reino, no por política sino para saber qué era lo que debía interpretar, como se me había pasado por alto el detalle – Dayne… - susurre al fuego que pareció como si ardiera con más fuerza cuando la sirena pronuncio aquel apellido.






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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Damian el Miér 1 Ago - 13:54

En la penumbrosa sala alumbrada desde la chimenea se encontraba aquella joven de grácil mirada y de jovial rostro angelino. Abierto a la derecha, más allá de todo, había una habitación atestada de libros con la ventana iluminada, Damian escuchaba los pasos de la joven por toda la casa mientras miraba la luna. No había conocido antes a tan inquieta presencia, era solo una adolecente que quizás se le había escapado a sus seres queridos y que eventualmente él había encontrado. Sin embargo las palabras referidas hablaban otra cosa.

Cyril Seamoon ese era su nombre, venia de las regiones que siempre había querido recorrer nuevamente, la calidez de sus playas, el sol, los crepúsculos, el amanecer, los jardines y las selvas que se arremolinaban en islas atestadas de piratas que escondían sus tesoros. Ante aquello cerraba sus ojos y escuchaba la voz y las risas de la inocente dama. ¿Por qué preguntaría por los dorados? ¿Quién sería el amigo a quien buscaba? Hablaba tan rápido que por más que Damian quiso abrir su boca alguna vez no le dejó expresar palabra alguna. Perecía no estar consciente del peligro que representaba decir todo este tipo de cosas en tiempos turbulentos. Según era sacerdotisa y se guiaba a través de los sueños.

En la mesa negra, de aquella habitación oscura, reposaba un viejo libro negro, había estado leyendo algo antiguo de páginas desgastadas y amarillentas, la escritura era vieja como los glifos que poseía, de idioma primigenio. La sombra del caballero se reflejaba en las grotescas figuras que las páginas del instrumento literario mostraban, sus ojos de cazador le gritaban algo a sus sienes destruyendo todo mal pensamiento por completo.
Previamente había abordado entre los cuartos en la búsqueda de algo de ropa. Había preparado el baño en la recamara de la chica con agua caliente y jabón de olores para su gustos. No se olvidó de iluminar cada palmo de la habitación escogida con velas, arreglar los leños en la chimenea, cocinar algo pequeño para la invitada y de cambiar la funda de las sabanas. La carencia de servidumbre no le molestaba, había estado acostumbrado a aquellos oficios desde su infancia que encontraba disfrute al hacerlo. Un grupo de empleados hubiese estado presente, si sabrían que se quedaría esa noche en el poblado. Pero le gustaba quedarse sin avisar porque amaba la soledad y la sabiduría que ella carga cuando analizas decisiones en la paz de una mente en calma.

Luego se tocó el abdomen, lo palmaba y colocaba cara de sentirse extraño. La chica lo había abrazado, apenas llegó su altura cuando mucho hasta su pecho. O el mundo estaba menos hostil, o quizás ella era un cambio ante aquellas situaciones que requerían una sonrisa, un trato amable hacia alguien extraño. Cosas que él había perdido en su infancia, y ella lo traía todo para recordarle que quizás se estaba volviendo algo frío. Sin más quiso salir de aquella habitación. Y camino despacio al escuchar a la dama mencionar cosas sobre el escudo de los Dayne. Quiso buscar la camisa donde la había dejado, mas no la encontró. Fue pues, y se perfiló en medio de la oscuridad para poder escuchar lo que ella decía. Las palabras habían opacado el hecho de que ella tenía su camisa puesta. Escuchó el apellido de su padre. Todo quedo en silencio ante la sorpresa que sobrecogía su corazón. Todo lo que ella había dicho, era cierto. ¿De dónde venía aquella joven?

La oscuridad lo vomito lentamente, su cuerpo desnudo hasta sus caderas mostraban a un hombre esbelto, de musculatura marcada y de curvas que casi rozaban la delgada línea de la perfe99ión. Su caminar se escuchó. La coleta arriba de su cabeza no existía, si no que sus cabellos caían mucho más allá de su cintura, dejando descubierto sus pectorales y abdomen definido. La luz de la chispeante chimenea en donde crujían los leños,  resaltaba sus fa99iones agudas y afeitadas; con lustroso y fino cabello largo y bien peinado; su cejas que se unían en ángulo inclinado sobre la nariz; orejas bien formadas, emplazadas abajo y atrás en la cabeza; y amplios y expresivos ojos verdemar que parecían brillar un poco más a la hoguera, casi luminosos en su interés. Damian le tocó el hombro a la joven en aquel instante, manos, delicadas manos, con largos y ahusados dedos de rojizas y almendradas uñas ligeramente curvas y exquisitamente manicurazas.

—Perdón por la intromisión —Se excusó—. Pero esperaba que se acomodara para comer si así lo desea. Espero que el estofado le sea de su agrado.

Había algo en el compasivo que no sabía de donde venía, en ese momento un conjunto de gaviotas de mar se escuchaban a lo lejos. Damian, que parecía ajeno a los elementos, dedicó otra sonrisa. Su voz era entonada y bien modulada, y sus ojos mostraban un serenidad casi hipnótica. Al parecer no se había percatado de que no tenía su vestimenta superior.

—Sea bienvenida a la hospitalidad que yo pueda ofrecerle, aunque me temo que no sea mucha. No avise que me quedaría en el pueblo, por lo que tendrá que hacerse cargo de algunas cosas. Si no desea comer ahora  y llagase a tener hambre encontrará abundancia en la cocina… ¡abundancia de comida, no de ceremonia! —Sonreía ante aquello mientras se ayudaba con las manos al hablar.

Cualquiera que lo escuchaba parecía detectar una levísima traza de acento extranjero en su tono, aunque su lenguaje era fluido e idiomáticamente correcto. Alzándose y dejando el hombro de la fémina en su altura, se dirigía hacia la puerta de lo que parecía era el comedor. Su cabello se movía grácilmente.

—Mi nombre es Damian, Damian Dayne. Es un gusto conocerle señorita Seamoon. Un apellido que no conocía por estos lares. ¿Por qué busca a los dorados si se puede saber? —Damian abrió una silla para ella, si quería sentarse, a un extremo del comedor simple en cuyo centro había un candelabro de velas recién colocadas era suficiente para iluminar todo, y de frente a su silla un plato de sopa que poseía un buen aroma y una grata combinación de especias, acompañado de pan fresco debidamente leudado y una copa de vino tinto. Los cubiertos estaban debidamente colocados a pesar de la sencillez. Existía una canasta de manzanas y peras para el deguste, en el otro extremo de la mesa estaba el, sin camisa, alguien le tenía que decir que se colocara algo, porque ante la curiosidad que despertaba la chica en él, no se fijaría de ello—. Me sorprende que este educada en cuanto los escudos familiares del Este.

No fue sino al momento de tomar las servilletas de tela que se percató de su desnudes. Apenado quiso levantarse.
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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Cyril el Miér 1 Ago - 17:31

El color de mis ojos brillaba de forma dispareja ante el fuego, mientras uno parecía agua clara el otro un fuego que ardía, habia nacido con esa extraña condición, no era común, toda mi vida habia sido algo más de lo que se habían burlado por ser distinta, pero entonces mientras mis pasos iban avanzando sin rendirme jamás a pesar de todo terminaba por descubrir que era igual a mi rey y dios, olvidando todo lo malo aprendí a adorar aquella heterocromia que me hacía además de diferente, especial y lo adoraba, cada cosa que pasaba en mi vida tenía un porque, me movía tan solo escuchando el susurro del mar o los murmullos de los fantasma en las visiones y sueños, nunca tenía un porque o una razón muy clara, mi vida era tan impredecible a cada instante como lo era yo en su totalidad.

No había existido hasta el momento nada que me hiciera quebrar, ni llorar, ni rendirme, mucho menos asustarme, menos la oscuridad, esa si me asustaba, pero solo porque creía que en ella se escondían monstruos a los que no podía enfrentarme y tal vez, solo tal vez en ella, encontrara lo que algún día me hiciera caer de rodillas, pero mientras pudiese seguir brillando, la oscuridad nunca iba a alcanzarme. Estaba tan concentrada en las llamas que bailaban, en repasar cada detalle de las visiones que no había escuchado entrar al hombre que me había dado techo aquella noche, haciendo que me sobresaltara un poco volteando a verlo, ahora tena el cabello suelto.

ja… casi que lo tienes tan largo como yo! – mis dedos se atrevieron a enredarse apenitas en estos, a diferencia de mi cabello que era largo hasta por debajo de mis muslos y de un color dorado claro… los suyos eran tan oscuros que al quedarme viendo un poco más comenzaba a asustarme así que los solté y me puse de pie sonriendo, cambiando mi enfoque a sus ojos, que eran para temerles un poco también, pero era un buen hombre, estaba segura que no era la oscuridad personificada o sí? Negué sola con la cabeza dejando de lado esa idea… aun no me alcanzaba!

- Jajajaja no soy de la realeza ni mucho menos alguien noble! Si viviera en un granero y aun así me hubieses dado techo habría estado igual de agradecida! – reía ante sus palabras, no quería que creyera que era alguien al que tenía que tratar como algo importante porque no lo era, pero hizo que riera de forma dulce, su amabilidad me arranco un sonrojo – además que tonto despreciaría comida! Yo… realmente estoy agradecida, soy una desconocida de tierras lejanas, en tiempos de guerra no esperaba que alguien me ayudara, es reconfortante que no quisiera matarme por ser de otro reino… - no entendía mucho de política, nunca me había gustado ni la iba a entender, porque todos no podían ser felices y estar juntos? Porque tenían que matarse? Me entristecía pensar en la guerra, pero era así, de esa forma median su fuerza los reyes, aun a costa de su pueblo, que desprovisto de entrenamientos de combate eran los que terminaban sufriendo, pero no quería pensar en nada de eso!

- El placer también es mío Damian – me incline como toda una “dama” en forma de agradecimiento, levantando apenas su camisa como si se tratara de, ahora, mi vestido. No me incomodaba ver a alguien descubierto, si fuera por mi todos deberíamos estar felices sin telas que nos ocultaran, habíamos nacido sin ropa pero el pudor y la vergüenza impuestos por la sociedad nos hacía olvidar lo hermosos que eran los cuerpos únicos de cada uno.

Me senté en la silla que habia dispuesto para mí, al tirar la cola hacia atrás las piernas me quedaron bastante lejos del suelo, malditas sillas para altos! Que no habia más bajitas! Todas eran iguales, no tenían consideración con la gente que era más pequeña, pero no me desanimada, estaba segura de que cuando pegara el estirón crecería tanto que llegaría a sentarme y mis pies llegarían al suelo, eso o tendría que usar tacos muy altos. Los aromas invadieron mi nariz enseguida, no muchos disfrutaban de las pequeñas cosas, pero oler algo delicioso realmente hacia bien, aunque dudaba un poco con el vino, porque prácticamente nunca en mi vida habia tomado alcohol, seria de mala educación no tomar lo que ofrecían no?

Lo mire con un poco de desconfianza, no sabía cómo eso podría afectar a mi organismo, mis hermanas en el mar no me habían dicho si nos hacía mal o bien y si lo tomaba y era super propensa a convulsionar o no se caer dormida en un sueño eterno maldecida por aquella bebida de color oscuro… - miles de tonterías me vinieron a la mente – no me había puesto tan nerviosa con una bebida jamás, acerque la copa a mi rostro olisqueando apenitas el contenido de la copa y el aroma fuerte  y al mismo tiempo dulzón hizo que sintiera cosquillas en el estómago, que clase de bebida hacia eso?! Mejor la dejaba para un poco después, aunque seguía mirándola como si me estuviese retando a un duelo o algo así.

- No sé cuál es mi apellido realmente, no se quienes fueron mis padres biológicos, pero mi único padre verdadero me dio el nombre y su apellido así que lo conservo con amor… - tal vez hablar de él era lo único que hacía que mis ojos se humedecieran un poco demostrando el dolor que me causaba recordar como lo quemaban vivo frente a mi antes de ser rescatada, lo tenía todo a su lado y de repente me lo habían arrebatado todo cuando pensaron que criaba a una bruja, claro que no lo era… solo podía hacer cosas raras y ver más cosas raras en sueños pero eso no me hacía bruja.

Sus preguntas eran una sola respuesta, sonreí con la misma dulzura con la que mi voz se expresaba al hablar – no todas las sacerdotisas tienen visiones o hacen profecías, pero no le digas a nadie – quizás era de mala educación pero comí un poco antes de responder, es que el olor… y el sabor, hicieron que me volviera a sonrojar, estaba realmente rico y la calidez invadió mi cuerpo por dentro, reconfortando por completo el miedo que venía arrastrando al estar lejos de casa – literal… soy hija del mar, no devoro marineros lo juro… pero soy sirena, no tengo miedo en ocultarlo, sé que no me venderás a un circo… espero – dije un poco temerosa pero sonriendo. – mis visiones son más fuertes cuando estoy cerca del mar es la primera vez que dejo el sur… eh tenido sueños que se repiten, la espada, la estrella, cangrejitos, fantasma, símbolos dorados, muchas flores, luego fuego... mucho fuego y el rostro de un amigo de la infancia que perdí, no sé porque lo empecé a soñar ahora, siento que debo buscarlo… como si supiese que si no lo hago ahora no volveré a verlo jamás de nuevo – jugaba un poco con la comida como si hiciera tiempo para beber el vino – se de escudos no por política… conozco de ellos tanto como de símbolos, de que otra manera podría interpretar las cosas si desconozco su significado… para descubrir algunos tesoros escondidos debes conocer las señales que te guían hasta él – no era educada ni nada por el estilo, era gracioso porque era todo lo contrario, me comportaba porque la madre superiora de las sacerdotisas nos enseñaba modales pero era más rebelde que otra cosa, solté una risa al verlo intentar ponerse una servilleta en su pecho desnudo – no me incomoda jajajajaja enserio no te habías dado cuenta? me dijiste... que me dirías si conocías a los bravos caballeros dorados... los conoces? - dije mirándolo con un brillo particular en los ojos.






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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Damian el Sáb 4 Ago - 18:00

En aquel momento la luz que transmitían las velas difuminaba sombras en la pulida pared de madera que tenía por pared aquella casa, pero no era cualquier madera. Abeto de los collados altos del bosque de cipreses, la fina mano del carpintero y los cuadros y bustos desperdigados en la estancia otorgaban un toque acogedor a la escena, había paz, aunque no música. En los retratos algunos de niños acompañados con perros de alto pedigrí, de raza de caza y en otras simplemente familias enteras acompañados de una especie de patriarca barbudo que los lideraba. Los bustos eran hombres retratados en el grafito pulido que parecían mirar los acontecimientos vividos en aquel recinto. Solo se escuchaba el plato de estofado ser devorado con mucha hambre y un Damian sorprendido ante la voracidad de la dama, por un momento quiso escapársele una leve sonrisa en un sufrido rostro. No le disgustaba la falta de modales, pero aun así en los respetaba.

El hombre sin camisa, o atavió alguno que cubriese su dorso, se sintió tranquilo al no ver ofensa alguna en el rostro de la chica por estar así. La mirada de Damian no cesaba de ver los cautivadores ojos de la joven Ciryl, sin embargo no abandonaba el entrecejo fruncido. Su mirada más que la de un ser enamorado, albergaba mucho más, fascinación, la desbordante curiosidad que mataría a un gato. Esa depredante desesperación exitosamente oculta, de adivinar que se escondía bajo aquellos colores, bajo los ojos de la lozana, era un misterio que embargaba con una completa oscuridad la poca sabiduría de lo que creía concebir, más cuando aún no sabía nada. Siempre había una puerta que abrir en el largo camino de la investigación para llegar a la verdad. Pero hay verdades que son mejor dejarlas sin descubrir. Pues se vive feliz en una placida isla rodeada de mares de ignorancia. Para algunos quizás eran un desorden genético aquellos ojos, una aberración, alguien anómalo en un mundo de seres supuestamente perfectos en tantos defectos. Él, lo concebía como algo bello, una adaptación a favor del medio que la rodeaba. Y en este caso en el plano de lo social la niña con su extrañeza y atrayente conducta, le favorecía aquel status genético en alguien que lo sabía apreciar. En Damian.

En las paredes resonaba la alegría y la jovial actitud de alguien que tiene mucho que contar y el silencio de alguien que escuchaba con interés todo lo que salía de la boca de la dama del sur, después de tanto silencio aquella casa parecía agradecer la presencia de la señorita Seamoon. De un momento a otro un cambio abrupto surgió de las expresiones de Ciryl. Ojos acuosos. Damian se levantó, se acercó y justo a su lado se agacho, posteriormente intento secar sus lágrimas sin mencionar palabra alguna, solo la escuchaba hablar. Tomó alguna de las servilletas de tela y trato de pasarla suavemente por las mejillas de Cyril. Después de aquello se quedó allí escuchándole. Paulatinamente se levantó, colocando una mano en el espaldar de la silla de la chica. Levantó el menton y observaba lo que decía la joven.

—Dis… Discúlpeme señorita Cyril —Añadió Damian, sin escuchar lo último sobre sus atuendos faltantes, nuevamente volvió a su silla. Para procesar con detenimiento lo dicho por la chica.

Atuendos húmedos, preferencia de un baño, belleza que complace a cualquier mortal y del sur. Se llevó la mano al mentón analizando todo. Había leído de las mal llamadas asesinas del mar, monstruos de Poseidón que llevaban con sus encantos al fondo del océano a los desdichados marinos que caían bajo los encantos de estos seres y posteriormente devorarlos. Se había quedado en silencio. Allí dubitativo con la pupila de sus ojos verde mar contraída. Sin embargo volvió en sí, Cyril no era monstruo, era una hermosa joven sureña de agradable actitud. Sin embargo no había pruebas suficientes para asimilar que lo que ella contaba podría tratarse de una niña loca. Como también la de no ser así, Cyril no poseía maldad, en ella no existía eso, al menos eso pudo ver. Comenzó a estudiar cómo reaccionar ante ello. Buscó la compostura debida y se reclino en la silla esperando el momento en que ella le dejase hablar.

—Conozco a los dorados
—Dijo Damian tomando la copa entre sus dedos y tomando un pequeño sorbo siguió hablando—. Cada uno de ellos se rige por una un signo, entre ellos el cangrejo reflejando al signo de cáncer. En mi caso el símbolo de la estrella y la espada, es mi casa de familia noble. Los Dayne. Pero mi signo como caballero dorado es el Géminis. Los gemelos. La mal y el bien

Luego colocó la copa en la madera de aquella meza, lentamente. Al tocar el vidrio con la madera aquelló surgió. Suspiro, de Damian parecía brotar calor, cual asfalto o piedra se calentaba a la luz del sol de mediodía, de él emanaba una especie de llamas de luz, que no le consumían su carne y que no mitigaban calor alguno a la presente. La fuerza vital del cosmos desde su ser. Sus ojos miraron a la dama en intenso brillo, sus facciones serias habían intimidado a cualquier mortal. No había violencia en aquello, no la trasmitía, pero si un insondable misterio en aquella aura, como quien mira desde la colina más alta a un gran abismo de oscuridad eterna.

Pronto todo el comedor se sumergió en una oscuridad infinita, solo estaban en aquel paraje la silla donde se recostaba Cyril, la mesa, lo que había en la mesa y la silla donde se reclinaba Damian. Miles de puntos brillantes comenzaron a vislumbrarse, parecían una fascinante multitud de estrellas que dibujaban extrañas constelaciones. Entonces algo se escuchaba, eran voces, voces inhumanas, sibilinas, que parecían provenir de las regiones más exteriores del tenebroso espacio en el que se encontraban, voces e ilusiones en donde seres amorfos se inclinan y bailan ante un ídolo fétido y monstruoso creado por el devenir infinito de los siglos. Quizás todo sueño y pesadilla tenida en el pasado no eran nada comparadas con el terrorífico coloso que más tarde emergió de la consciencia de Damian; una sensación de vastedad, de una enormidad desconocida, se ven tentáculos de oscuridad que ondulan y se contraen, como si estuviesen dotados de inteligencia propia y de una maligna vileza. Y alrededor del Damian danzaban monstruosidades deformes, cuyas voces entonaban un canto salvaje y cacofónico.

—No tema —Interrumpio Damian en un tono de voz gutural y ronco mientras sus cabellos fueron perdiendo su vistoso color violáceo y sus ojos en un ennegrecido cuenco de densa y espectral neblina, ante de que se escuchase lo que las voces decían—. Todos somos aberrantes, todos tenemos un lado oscuro. Solo hay que saber controlarlo antes de que él nos controle a nosotros.

Pronto todo volvió a la normalidad, la luz de las velas, la casa de madera, y el acogedor comedor. El olor al estofado ya frío en la mesa, las manzanas y a Damian sentado en su silla, reclinado y dedicando una sonrisa ladeada, con su característico cabello violáceo y sus ojos verdemar.


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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Cyril el Miér 8 Ago - 16:44

Porque se disculpaba era yo la que debía disculparme, estaba flanqueando y derramando lagrimas sin sentido, estaba asustada de estar lejos de mi casa, ni siquiera sabía que me habia pasado por la cabeza el embarcarme a otro lugar en tiempos de guerra, solo a mí se me ocurría que un sueño podía significar algo, tal vez era como me habían dicho, pertenecía al mar, replantear lo que era, que no era una sacerdotisa que solo me habían hecho creer que lo era por lo que podía hacer, lo admitía en mi interior, no me gustaba por primera vez como me sentía realmente y no sabía porque, era como si el lugar me estuviese atando y arrastrando hacia sombras que parecía estar ignorando pero que estaban afectándome inconscientemente más de lo que imaginaba – está bien… es tu casa… no te disculpes, podrías andar con lo que quisieras, de todas formas no me gusta juzgar – se notaba que estaba algo apenado por no tener su camisa, que claramente tenía yo je.

Cuando Damián menciono por fin que conocía los dorados, tome con mis dos manos la copa, no quería que se me resbalara bajo ninguna razón! Así que la sujetaba con cuidado bebiendo un sorbo luego de olisquear apenitas el interior, el aroma dulzón acompañado con el alcohol hizo que sacudiera apenas mi cabeza, no sabía cómo reaccionar a la bebida, era dulce, era rica y refrescante pero al mismo tiempo al pasar por mi garganta quemaba y se volvía fuerte, que clase de brujería era esa?! Así que esto era lo que los hombres fuertes bebían? Ahora entendía porque eran como eran… nosotras nunca habíamos bebido nada con alcohol, lo teníamos prohibido en el templo, esta era la primera vez y basto con el segundo sorbo de la bebida para hacerme sentir ligeramente extraña.

Deje la capa en su lugar mirándolo atenta, sin perder detalle alguno de sus facciones mientras hablaba, así que debía de buscar al dorado de cáncer, pero su signo me llamo la atención también, Géminis – repetí en mi cabeza – la dualidad, las dos caras de una misma moneda, solo que una nunca era lo mismo que la otra, no siempre era mal y bien lo que representaban esos rostros, pero siempre uno era la contra parte del otro. Mi mano se detuvo antes de volver a tomar la copa al sentir un calor repentino emanar de él, pero no era abrumador ni molesto, sin embarco me hice un poco hacia atrás en la gran silla en la que estaba sentada cuando vi el fuego, tal vez mi peor enemigo y no por lo que era sino por lo el dolor que me causaba por dentro verlo, era reconfortante en una chimenea, pero siempre guardaba cierto respeto, sin embargo miles de gritos vinieron a mi mente al verlo a él rodeado de fuego y un ligero temblor se apodero de mi sin poder controlarlo.

Quise sostener su mirada pero no me sentí lo suficientemente fuerte como para hacerlo al sentir que todo se apagaba a nuestro alrededor como si la misma oscuridad nos engullera, era él quien provocaba esto? Las pequeñas esferitas de colores solo hicieron que me sintiera ligeramente asombrada y tranquila ante la presencia de las sombras que nos abrazaban. Cuando los susurros de voces invadieron mi cabeza sentí que cada murmullo manchaban apenas mi propia existencia, como si dejaran pequeñas semillas dentro de mi cabeza, reacciona, iba a ponerme de pie pero al no ver piso debajo mío subí los pies a la silla abrazando mis piernas, mi corazón palpito con fuerza y mi cosmos reacciono como una estrella muy cálida y brillantes, de esas que al verlas reconfortan el alma sin importar el mal que aqueje, no quise ver más, escondiendo mi rostro entre las rodillas.

Pero lejos de alejar esas visiones horrendas que transmitía el cosmos de Damián, mi propia mente visualizo sus propios demonios al cerrar los ojos, esos de los que corría constantemente sola y en silencio sin que nadie más los conociera, esos que ocultaba tras una dulce sonrisa y el deseo de que todo lo malo que pasaba solo pasaba por una razón, la casa quemada, los gritos de mi padre ardiendo en llamas, la gente riendo, susurrando, escupiendo… una huida repentina, un destino no deseado, una vida sin planes ni guías, solo el deseo de vivir, una promesa que me mantenía atada.

Y cuando todo se calmó por primera vez deje ver a los ojos de un extraño la verdadera niña asustada, que lloraba desesperada porque dejara salir todo ese odio, esas ganas de venganza. Era cierto, todos éramos aberrantes, todos teníamos un lado oscuro, tenía que controlarlo, se lo había prometido a mi padre, pasara lo que pasara nunca dejaría de sonreír, de ayudar, de vivir, de correr de todo lo malo que la vida nos pone en el camino para dejarnos caer hacia al abismo oscuro del que, una vez corrompidos, no volveríamos jamás. Cando levante la mirada y todo había vuelto a tener luz mi cuerpo por instinto huyo de las sombras que quería mantener atrás, no recordé los pasillos, donde estaba la salida, por donde huir así que subí de nuevo hasta el cuarto que había preparado para mí, donde la chimenea aún tenía algo de fuego y luz, cerrando con fuerza la puerta, asustada, mareada y agitada trastabille y caí hacia atrás, sentí que el piso se volvía viscoso que sostenía mis manos y no me dejaba levantarme y entonces solté un grito desde el fondo de mi ser, liberando parte de lo que encerraba y contenía en mi interior.

Que pasaría cuando el fuego se apagara y las sombras volvieran a invadir la casa?

Quería huir y al mismo tiempo algo que no comprendía me retenía, obligándome a quedarme.






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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Damian el Miér 8 Ago - 23:19

Vió a la joven correr. Sin embargo no se inmuto, pero por dentro se derrumbaba, se paró de su silla en modo cortes como alguien que quiere detener el tiempo, como alguien que quiere devolverlo todo y no provocar ese dolor, pesares en aquella joven, ya que era su invitada. Nadie debe provocar aquel tipo de cosas en sus invitados. Se sintió triste, sin embargo su rostro no reflejo nada de aquel sentimiento. Escuchó sus pasos correr altaneros buscando refugio en la luz de su cuarto. Damian rápidamente tomó su copa y la bebió hasta el fondo pegando un sorbo al final como queriendo matar la última gota de aquel líquido, buscando quemar con aquella bebida la imprudencia que había cometido. Sacudió la cabeza y suspiró, pensó y pensó para liberarse de lo que había sobrevenido apoyando sus manos en la madera de aquella mesa de amplia cobertura. Miró al cielo raso, en él, arriba de su cabeza, estaba el segundo piso, el cuarto de Cyril, el viejo cuarto de Damian, escuchó la puerta cerrarse casi podía escuchar los sollozos.

Miraba el fuego de las velas como danzaban burlándose de él, un estúpido, lamentándose por ocasionar aquello. Quizás los demonios dentro de la joven eran mayores que los de él y la había liado por completo. Sirvió vino en la copa hasta rebosar y la volvió a beber hasta el fondo, la inclino tan rápido que gotas del purpura liquido se escapaban por la comisura de sus labios deslizándose por su cuello y sus músculos. Limpio su boca con el antebrazo de la misma. Aquello dentro de él había marchado a los confines del abismo de su alma donde lo mantenía atado. Tomó los platos y los llevó a la cocina, los derramo en un mesón de aquella habitación sin importar de  cual se tratara. Pensó. Los lavo debidamente, sabía que no podía acudir de inmediato al cuarto de la joven.

Si llegara a a su habitación ¿Cometería otra imprudencia? No le quería hacer daño. Quizás se sentiría más acosada después de todo lo que había hecho. Acomodó las sillas, apagó las luces de la casa y todo quedo inmerso en el silencio de la noche. Solo se escuchaba el mar a lo lejos. Se guiaba sin lámpara alguna por los recovecos de la casa con total exactitud, con la seguridad de un búho. Se podía ver en sus ojos relucir algo de una forma parecida a la fosforescencia, semejante a la jungla y en los círculos de ojos que a veces fulguran justo más allá del radio de la hoguera que protege al aventurero acechado. Lo había dejado salir por un instante, y de vez en cuando se detenía, tocaba la pared y se agarraba los ojos entre sus dedos. Fue indebido hacerlo. Fue hasta su cuarto, cuarto de su padre adoptivo, iluminado de manera tenue por la Luna que entraba en aquella alcoba por una gran ventana abierta de par en par que dejaba entrar el húmedo viento salino. Se colocó una sotana y miró al paisaje marino pensando que debía pedir perdón. Quizás la joven ya estaba dormida.

De un momento a otro en la ventana de Cyril la sombra de un hombre quería intentar abrir aquella portezuela, un mecanismo que le permitía escaparse cuando pequeño le ayudo a entrar. La ventana se abrió y el frío viento entró junto con él. Luego caminó suavemente hasta donde dormía Cyril y la abrigó suavemente un poco sonrojado. Se agazapó a un lado de la cama y se quedó mirándole infinitamente. Miraba como respiraba, como sus labios se desdibujaban en aquel rostro tan bello y sus cabellos dorados conferían a aquel cuadro una trampa peligrosa que cualquier hombre caería en ella sin darse cuenta. De un momento a otro un terrible sentimiento, una sensación le calentaba las sienes, quería entrar en aquella mente, en su sueño, quería… quería acariciar su rostro, mas Damian no entendía aquello.  Y colocando una de sus manos por encima de su cabeza autocontrolandose de no tocar lo que su insaciable sed de hombre quería hacer. A través del mismo secreto oculto que le permitía ejecutar el quimerismo de imágenes e ilusiones en mentes desdichadas intentó entrar en la psique de la sirena.

Cuando despertó dentro de lo que parecía aquella mente, finalmente descubrió que se encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a su alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista. Aunque cabe suponer que su primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentía más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que le heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. La repugnancia que puede reinar en lo absoluto de aquel silencio fue indescriptible y la estéril inmensidad fue avasallante. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje le producían un terror nauseabundo.

Hasta que una niña de finos cabellos rubios y ojos bicolores corría desnuda por un intransitado pantano de algas muertas y hediondas, hasta ver una casa quemada, una vivienda que apareció de la nada, y ella la veía de frente, que en un tiempo fue acogedora, ahora estaba envuelta en llamas. Dentro de aquella vivienda en aquel paisaje yermo un lastimero gritó salía de aquella casa, eran los gritos de un señor, un hombre ardiendo en llamas, su piel calcinada producía dolor en los ojos de Damian. De un momento a otro una muchedumbre de gente salía del fango, se reían, se burlaban, él estaba allí y lo sentía, la gente riendo con altanería, susurrando, escupiendo, violencia, dolor. Hasta que sintió algo en su corazón, quiso defender a la niña, corrió hacia ella y la cargó. La tomó en sus brazos y en sus manos un ser con una hermosa aleta de pez en vez de piernas y pies. Pero ella le hería, le arañaba, le golpeaba. Aquellas personas se convirtieron en grotescos demonios que pretendían arrancarle a la niña de sus brazos. La forma física de aquellos seres era ajena a toda palabra que se busque para describirla. Aterrado, en el plano de lo real ya era tarde. Gran parte de ese odio se había trasmitido a su psique y su cabello comenzó a ensombrecerse hasta tinturarse en un bravo color bermejo. Sus ojos incandescentes con una incipiente luminosidad ambarina habían dejado a un lado la mirada dulce del dorado con ojos verdemar.

El ser camino hacia atrás abandonando el cuerpo dormido de la joven y gritando en un fuerte alarido de dolor, gutural, excelso, jurásico. Rasgo sus vestiduras, en sus encías crecieron su caninos y sus molares como instrumentos conspicuos y cónicos para infringir dolor. Sus uñas crecieron cual garras. Y posteriormente se encorvó respirando airadamente. Su sotana era una horrenda escalfeta de arrapos. Su respirar, era como el respirar de un perro y su llorar igual. Al sentir el tenue movimiento de la joven en la cama, un sentimiento de rabia quiso asir el cuello de la dama para ahorcarle pero grito negando con la cabeza y se abalanzó contra la ventana en un mar de vidrios rotos y ensangrentados a una playa blanca rumbo hacia el mar. Desde aquel balcón destruido por el impacto de aquel hombre, se observaba donde la bestia quería sumergirse en las aguas en una larga playa, para ahogarse, quizás queriendo defender al mundo de su forma horrenda y porque no a la bella e inocente Cyril.


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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Cyril el Sáb 11 Ago - 2:40

El tiempo paso, pero no tenía forma de saber cuánto, la oscuridad habia invadido ya todo el cuarto, el fuego se habia ido apagando gradualmente, pero todo eso no lo notaba, me habia metido debajo de las mantas como buena miedosa, creyendo que bajo esas telas nada podría hacerme daño, sin embargo era inquieta para descansar, rara vez amanecía como me habia dormido y no era de extrañar incluso levantarme en el piso. El sueño era cálido, lo habia aceptado en parte como algo a lo que no podía escapar, pero estaba allí, de los sueños no podría salir, lo mantenía encerrado junto con el sentimiento de odio que tanto detestaba en mi como si fuese una mancha que no podía limpiar, que no quería irse y que esa noche se habia echo, tal vez, un poco más grande.

Me movía de un lado a otro casi enredándome en las sabanas al descansar, porque estaba teniendo pesadillas, al menos lo era aunque mi rostro no demostrara estar asustado, ni alterado, sino todo lo contrario, como si a pesar de todo lo malo siguiese manteniendo esa mascara de calma, llena de paz y dulzura que me caracterizaba, supongo que babeaba un poquito o me habia enmarañado el cabello de tanto sacudirme, pero entonces mi cuerpo pareció calmarse, sin imaginar que es tranquilidad se debía a que inconscientemente sabía que alguien estaba a mi lado al dormir. Era esa sensación inexplicable que calma el alma cuando esta agitada por sentimientos de los que huyes.

Y de seguro me mantuve quieta vaya a saber por cuanto tiempo, pero me había relajado, si, tal vez ahora si estuviese babeando la almohada durmiendo como un niño que había terminado exhausto luego de un gran día de juegos y es que apenas había llegado al Este, no era para menos sentirme abrumada y cansada, habían pasado más cosas de las que había planeado al llegar a un lugar que no conocía para nada. Pero entonces mi cuerpo se volvió a mover y mi expresión, aun dormida, cambio un poco como si algo molestara por fuera y por dentro al mismo tiempo, algo que en ese momento mi mente anulo por completo, sentí frío. Pero no fue eso lo que hizo que despertara sobresaltada – si casi me caí de la cama del susto – al escuchar un grito casi junto a mí.

Tome la almohada como si fuese a poder defenderme con esta, pero no llegue a revolearla ni a usarla de mega escudo protector de demonios – porque lo que ahora tenía en frente se parecía bastante a uno que había viso en ilustraciones de viejos libros – y a pesar de su apariencia sus ojos me decían en silencio que estaba tras esa bestia. No llegue a reaccionar, tan solo me cubrí con la almohada cuando los vidrios se rompieron, me asome al borde de la cama rápidamente para ver como el demonio se alejaba de mi asustado, sabia quien era y así como él no había dudado en ayudare tampoco dudaría en hacerlo yo ahora.

El problema o más bien el dilema ahora era si sería una buena idea y si era un tipo de monstruo come niños o un asesino serial escondido en aquel gallardo hombre, caballeroso y servicial, porque podía ser, tal vez si leyera menos historias no estaría imaginando todo la cantidad de estupideces que se me estaban cruzando justo ahora por mi pequeña cabeza. Me abalance hacia el borde pero me detuve, las manos me temblaban un poco, debía bajar y apartarme de la seguridad de las mantas? – caramba… - me dije a mi misma como “reprimenda”, si es que podía tomarse como una. Es que realmente no quería que me comieran esa noche, bueno ninguna noche! Era joven para ser devorada y tenía muchas cosas que hacer y aprender, pero por un demonio como me estaba costando adentrarme en la oscuridad para ir tras Damián. Porque si… además de estar todo lleno de vidrios, que entrara fresco y que él estuviese en ese estado, no había luz alguna ya que nos acompañara, ni aquí adentro ni afuera, yo no salía nunca de noche, me daba pánico todas las cosas malas que se escondían en las sombras.

Mordí mi labio inferior, rebuscando en mi cabeza miles de razones para darme el valor que encontré al poner un pie en el piso, cerré los ojos como si esperara que algún monstruo me jalara bajo la cama del tobillo, pero nada paso, silencio… abrí los osos – oh bueno, no fue tan malo… tal vez… no tenía hambre – dije mirando ahora de lejos, bajo la cama, camine con cuidado sin pisar ningún vidrio pero al ver el balcón mejor salía por la puerta no? Pero si iba hacia la puerta tenía que atravesar toda la casa a oscuras – mira que soy valiente! Pero esto me puede!!!! Por el amor al mar! – no, no pensaba adentrare en la casa oscura, así que tan rápido como pude sin pisar nada hice una soga de sabanas y baje por el balcón como correspondía de una doncella en apuros, aunque no estuviese en apuros precisamente.

Desde el balcón había visto hacia donde corría así que hallarlo no me fue ningún problema, por suerte ahora estaba en “mi territorio” si se podía decir de alguna manera, como que me sentía más segura cerca del mar. Cuando lo vi me detuve a una distancia prudente de él, en parte porque me daba miedo, no sabía si el Damián de antes aún estaba allí o eso que estaba viendo eran aquel lado oscuro que me había mostrado en la cena – Damián… - no había llegado a detener sus pasos dentro del mar – ya me había secado tonto!!! – grite desde la playa mientras me adentraba al agua tras él, aunque lo perdiera de vista fuera del agua, dentro de esta era mi hogar y a medida que el agua iba cubriendo por sobre mi cintura estaba iba cambiando de forma hasta estar completamente sumergida, revelando la apariencia de sirena, la cual no era muy común, las que no estaban del todo conectadas con el mar solían poseer una forma más humana que marina, sin embargo en mi pasaba al revés, los rasgos humanos quedaban tan atrás como los de él en aquella forma.

Su luz palpitaba en lo profundo del agua, como si fuese un corazón que latía con debilidad, casi como si amenazara con apagarse, gire alrededor de su cuerpo mientras se hundía, acaso esa era su forma de matar aquella bestia que lo doblegaba y parecía no poder controlar? – no es la muerte la solución… estoy segura de que debes hacer mucho más aquí antes del final – aunque mis labios se movieran mi voz no se escuchaba bajo el mar. Tal vez el tacto con las escamas no era lo más lindo del mundo, pero no creía que eso le importara, así que lo tome de la mano con fuerza con mis dos pequeñas manos, jalando a aquel hombre pesado hacia la superficie, mientras rogaba para mí misma que no reaccionara por favor de forma rara o violenta porque iba a darle un coletazo en toda la cara si se atrevía a morderme o algo! Pero tenía que arrastrarlo hasta la orilla y por alguna extraña razón él parecía ser más pesado de lo normal, como si se negara a que lo salvara – bueno… si… mejor despierta! Ayúdame un poco o nos hundiremos Damian!!! reacciona, por favor... te necesito – hablaba olvidando que él no podía oírme.






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Re: Las velas de un viejo barco

Mensaje por Damian el Dom 19 Ago - 15:26

Se sumergió en el líquido frío y gélido de aquella costa, mientras las estrellas se reflejaban en las ondas marinas que producía el mar en la rompiente. Las olas irrumpían contra la piedra como queriendo evitar el paso del tiempo, una lucha interminable que por años ha roído la roca en aquel barranco. El desdichado ser se sumerge, se deja llevar por el agua, siente como las olas le producen un vaivén mientras respirar el agua llenándole las cavidades internas del cuerpo, inhalar la bocanada de agua salada que mataría al monstruo y porque no, a su portador. Dentro de él una lucha desconocida que se ha librado durante décadas.

Es como si, en determinados momentos, contemplase visiones de los años transcurridos a su alrededor, mientras que, otras veces, parece que el presente se difumina en un punto aislado dentro de una palidez informe e infinita. Entonces su propia identidad parece escabullirse. Es como si hubiese sufrido un fuerte golpe; producido, quizá, por el advenimiento de algún proceso monstruoso que tuvo lugar en los hechos que le acontecieron. Hace mucho buscando el conocimiento para rescatar a un viejo rostro de labios y ojos excelsos, un ente ajeno a este plano, conocido por un joven Damian y que ahora vive en un universo y dimensión desconocida, llevó al noble candidato a caballero a dividir su vida en una antes y un después. En medio de sus meditaciones y entrenamiento descubrió un antiguo arte enseñado solo por aquel misterioso guerrero de una antigua casa noble del este, dueño de una antigua espada, el cual tenía una sabiduría que procedía del mismo cosmos convirtiendo su naturaleza en un ser indeseado por la humanidad, de tendencias muy poco ortodoxas y prohibiciones a ciertos gustos de la mortalidad.

Este, le había instruido no solamente a dominar el cosmos dentro de su ser y llevarlo al séptimo sentido, sino también en aquella disciplina nunca antes expuesta a un humano. Abrir puertas eternas a lugares inhóspitos, cerrarlas y con ello atravesarlas para salir a otros lugares dentro del mismo universo. Pero el Santo nunca domino a cabalidad la enseñanza, era muy errático y su naturaleza humana le impedía comprenderla por completo. Su maestro le dijo que debía evolucionar, renunciar a ciertos gustos y adoptar otros, por obligación, sino la más negra oscuridad de exteriores del cosmos infinito vendrían a morar en él, pero Damian nunca quiso comprometer su alma, su espíritu y deicidio dejar aquelló para una posterior ocasión cuando allá vivido lo suficiente.

En el pasado los cinco círculos concéntricos se trazaron sobre el suelo aquella noche, entre velas y osucuridad a los ojos de su maestro, y se situó en el centro, invocando a poderes inimaginables con una letania tan inconcebiblemente terrible que sus manos temblaban mientras hacía los misteriosos signos y símbolos. Las paredes se disolvieron y un poderoso viento oscuro le arrastró a través de abismos sin fondo y grises regiones de materia informe. Viajaba más rápido que el pensamiento, pasando sobre planetas sin luz y desconocidas regiones que bullían a inconmensurable distancia; las estrellas discurrían con tanta rapidez que parecían regueros de luz entremezclándose en el espacio, haces luminosos resaltando contra la oscuridad etérea. Lo que siguió viendo fue olvidado por su mente.

Pocos minutos después en una pequeña buhardilla, de aquel castillo de los Dayne débilmente iluminada, el cuerpo de Damian en brazos de su deprimido maestro se estiraba, poniéndose en pie. Los ojos del niño eran dos trozos de carbón al rojo, y una diabólica sonrisa cruzaba su rostro. Lo que fuera, había atravesado las barreras creadas por los Dioses; estaba libre, libre para caminar por la tierra una vez más, libre para manejar la mente de los hombres y esclavizar sus almas. Pero el maestro Dayne, Mathias, a travesó el pecho de Damian con Albor, la espada de la familia para contener aquello y que de manera sobrenatural se curó. Su herida está en la espalda, tapada con sus largos y finos cabellos. Posteriormente Alesteir, Santo de Ofiuco descubrió aquella entidad en Damian, sin conocer de dónde venía y la contuvo encerrándola en los confines del alma y del espíritu de Damian.
Pocas veces sobresale, y los demonios dentro de Cyril quizás le gustaron, le deleitarón, le atrajeron. La quería. Quería lamer su piel, sofocarla, violarla. Se levantó donde había quedado recostado alejándose de la chica rápidamente. Se lamentaba como un perro cuando le han herido. Estaba encorvado, de espalda, su cabello mojado mostraba aquella cicatriz. Era Damian, no había cambios físicos mayores, solo sus cabellos rojizos y sus ojos ambarinos. Algo se libraba dentro de aquella criatura con el rostro del hombre llamado Damian. Sus uñas se enterraban en la arena, mientras las olas y la espuma le mojaban el cuerpo semidesnudo, cadenas imaginarias de voluntad y autocontrol le contienen. Con uno de sus brazos, entre alaridos y una insondable ira, alejaba a la sirena de él.

—¡No! —Decía en un sonido gutural y serpentino casi inentendible, lo repetía una y otra vez.


DamianNeither death nor fatality nor anxiety can produce the unbearable despair  that results from losing one's identity.Dayne
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Re: Las velas de un viejo barco

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