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Insanity

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Insanity

Mensaje por Klauser el Vie 13 Jul - 22:14

—Caída la tarde, poniéndose el sol.

Cada tarde se sentía más y más espesa, como si una capa enorme de penumbra arropara todo el Norte. Esa tarde no era la excepción. Estaba alistando todo en el Kraken, porque sabía que en unos días, quizá mañana, quizá pasado, aparecerían tres figuras en el puerto esperando zarpar cuanto antes en el gran Navío del Monstruo Marino. El capitán portaba unas ropas sencillas, apenas unos vaqueros de cuero y una camisa larga, blanca y limpia, a pesar de comenzar a adherirse en su piel por la humedad del ambiente y el sudor del trabajo físico. Sus hombres habían bajado del Kraken, temprano esa mañana, por órdenes del albino. Iban en busca de herramientas y armas escritas en una larga lista en forma de papiro. Sí, a veces el pirata podía llegar a ser un verdadero dolor en el culo.

Lo que te estaba diciendo, Torv. Puedes tomarte esos días libres. Yo no tendría problema alguno con ello. Puede que muera de hambre, pero... —la risa cantarina de la mujer lo puso de mejor humor.
Nadie va a morir de hambre contando con la señorita Auriel, mi capitán.
Sí, Auriel... —recordó todo lo que había sucedido la última noche y todavía tenía que asimilar ciertas cosas.

No había visto a la niña por la mañana, pero tampoco la buscó. Había desaparecido de su cama, por lo que resopló en silencio y siguió durmiendo. El resto del día, simplemente se había cruzado con sus hombres y dado las respectivas órdenes de búsquedas. Además quería tiempo a solas con su navío. Arreglar él mismo las velas y ajustar bien las amarras con sus brazos grandes de oso. Ni rastro de la pequeña, por lo que simplemente se encargó de sus deberes con el Kraken, le debía cariños al enorme barco así que era momento de corresponderle. La mujer desapareció en silencio, a sabiendas de que era necesario.

Estuvo así, trabajando por un par de horas más. Había alzado su larga cabellera platinada en una alta coleta a fines de moverse más a gusto, dando saltos de aquí para allá, buscando distraer su mente de sus pensamientos dolorosos, lacerantes y absurdos. ¿Qué le estaba pasando? ¡Había tomado demasiado ron anoche, eso era! Producto de su mala junta con la bebida, le había pedido a esa niña ser su... ¿mujer? Era una sacerdotisa, por Odín. ¿Qué iba a querer una niña virginal y entregada a la salvedad de los dioses con él? ¿Con alguien como él? Que daba muerte con sus manos y nunca dejaría de hacerlo. Estaba destinado a la batalla, a la guerra y a la sangre derramada sobre el sólido hielo o la tierra de un reino ajeno.

Pero también era un hombre, más bestia que hombre sí, pero seguía teniendo ganas y ansias humanas. Y esa pequeña entrando de madrugada en sus aposentos era como jugar con su fuego interno. Debía aclararle a Torvi que la cuidase mejor. Sí, eso era lo que tenía que hacer una vez dejada listas las amarras y las velas bien aseguradas. No quería otro infortunio. Recordó en silencio aquel día lejano en las playas del Sur y a todos esos locos. A los que probablemente el día de mañana daría muerte con la guerra. No dudaría en hacerlo si Odín así lo requería. Cada uno sentiría el ardor enfermizo que podía provocar el hielo atravesando sus pieles, desgarrando sus extremidades. Se relamió los secos labios bañados con sal y sintió el férreo sabor de la sangre palpitando en su lengua afilada.

Una vez terminado con las velas, se dejó caer retumbando en la cubierta de madera, echándose como un perro sobre el suelo. Apenas y sentía los rayos solares sobre su piel. Apenas y sentía calidez alguna. El invierno era perpetuo en el Norte y nunca dejaría de serlo. En silencio esperaba que ningún otro Dios pisara sus tierras. El Norte era diferente a los otros. Debía mantenerse así. Levantó una pierna y la dejó flexionada, descansando en esa posición salvaje y aniñada.

Pequeña... tonta... —murmuró sopesando todo en silencio. ¿Qué estaría haciendo ella dentro del Kraken? ¿Acaso se escondía de él? Sonrió mostrando sus dientes níveos y cerró los ojos sintiendo las sales del mar helado sobre su rostro.




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Re: Insanity

Mensaje por Auriel el Lun 16 Jul - 9:37


Amanecer —

Despertó a regañadientes gracias a la claridad que comenzaba a filtrarse entre los pesados cortinares que yacían sobre las ventanas. Sabía que apenas estaba amaneciendo debido a la sutileza de aquellos halos pálidos matizando la habitación ¿Dónde se encontraba? Oh sí, la madriguera del gran oso de Odín. En ese preciso instante, una oleada de pensamientos acerca de la noche anterior azotó su mente adormilada. Recordó las emociones que él había sabido provocarle, jamás experimentadas, como el enojo por frustración o la sencillez ardiente de un beso. Se sorprendió al encontrarse deseando volver a sentir aquella presión hambrienta en sus labios, la tibieza de una poderosa lengua entrelazándose con la propia, el perfume a ron del aliento de su caballero, masculino y visceral.

Cierto rubor asaltó sus mejillas, puesto que recién caía en cuenta de la situación en la que se encontraba. Horas antes, luego de acunar al capitán sobre su pecho para arrullarlo con una canción de cuna, ambos fueron presas del sueño. Reconocía que llevaba muchísimo tiempo sin descansar de forma tan reparadora, tal vez pudiera darle una explicación obvia y racional. Quién sabe cómo, pero en la inconsciencia de la noche había terminado acurrucada de espaldas contra el cuerpo del lord comandante. Él la abrazaba desde atrás, pasando una extremidad bajo sus senos y otra sobre su vientre. Le llamó la atención la forma perfecta en la que sus siluetas encajaban a pesar de la diferencia de tamaños. Su espalda se pegaba al pecho del pirata y seguía la curvatura de su figura, amoldando el trasero a sus caderas y entremezclando sus piernas en un intrincado lazo. El calor que emanaba de Klauser y su respiración pausada y serena le resultaron detalles adictivos. Se vio removiéndose delicadamente, buscando acentuar caprichosamente ese encastre perfecto, hasta que se percató cómo sus acciones avivaban un burbujeo en su interior que se intensificó naturalmente al sentir cierta presión endurecida apretándose contra sus nalgas. Nunca sopesó que aquello pudiera causarle un escalofrío tan vigoroso que barriera su piel y culminara en su entrepierna impoluta. Era imposible ignorar la virilidad del hombre dormido tras de sí, tanto, que se creyó capaz de continuar incentivándolo hasta despertar por fin a la bestia ¿Y entonces qué? Tuvo allí la certeza de desear ser su víctima. La sensación le turbó los pensamientos, llevándola a ahogar un suspiro y obligándola por fin a salir del lecho que compartían, debiendo escurrirse entre sus enormes brazos. Tenía que dejarlo reposar, así que aprovecharía sus energías renovadas para salir del Kraken a realizar unas cuantas diligencias pendientes. Un beso sobre el ángulo de la mejilla del peliblanco allí tendido selló su partida.

En rotundo silencio se escabulló hasta el despacho, tomó la caja que él le había obsequiado con anterioridad y marchó a su propio cuarto. Se vistió con uno de los trajes que el mayor escogió para ella ¿Realmente los había elegido? Era mucho más de lo que jamás poseyó, y aunque las cuestiones materiales estaban lejos de su interés, el detalle de tal acto le abrigó el corazón mil veces más que el vestido de pesada tela invernal que se estaba poniendo. El forro interno de piel sobre el enagua clásico para la época, sería lo suficientemente cálido para ayudarle a tolerar el gélido clima que solía azotar a sus tan amadas tierras. Así pues, luego de acomodar las mangas y el cuello, trenzó y recogió su larga cabellera en un rodete práctico a la altura de su nuca. Llevaba tiempo sin despejar sus facciones con tanta claridad, aún era extraño contemplarse al espejo pareciendo una doncella común y corriente. Debía dejar de ahogarse en cavilaciones si deseaba cumplir con todo lo que tenía en mente; tomó un bolso de viaje que colocó transversal sobre su torso, lo llenó de algunos menesteres preparados el día anterior y marchó hacia cubierta.

Eran pocos los marinos que comenzaban a despertar, organizándose para beber algo caliente y comenzar las labores del día. Auriel se tomó el tiempo necesario para conversar con alguno de ellos acerca de pormenores y terminó prometiendo que traería los ingredientes necesarios para elaborar panes de azúcar. Era increíble cómo supo ganarse un pequeño espacio entre quienes podían ser considerados maleantes o escorias, se movía entre ellos con tanta naturalidad como si los conociera de mucho tiempo atrás; tal vez se debía a que poseía la protección del hombre más recio de ese navío o quizá existía algo de mérito propio en su interés notorio por brindarles cuidados y atenciones, detalles a los que muchos posiblemente no habían tenido el lujo de acceder.

Entre todos, Johan era el más comunicativo. Un joven hombre aunque mayor que ella. Era alto, pero no tanto como Klauser y se notaba que era un guerrero nato debido a la musculatura de sus extremidades y alguna que otra cicatriz perdida en la piel de su rostro y cuello. La tonalidad de su tez no era tan blanca, ni tan morena, parecía tostada y curtida por el sol y el frío del mar, sus cabellos color ébano parecían estar siempre desarreglados por el viento, otorgándole una apariencia fresca que se acentuaba en su mirada color verde espeso. Le llamó la atención que se ofreciera a acompañarla en su salida, puesto que también poseía pendientes en el pueblo. Aceptó la cordialidad de su intención, quizá le haría bien hablar con alguien que no la hiciera bailar en el fuego de las emociones encontradas.

Transcurso del día —

Caminaron hasta el pueblo, visitando algunos almacenes donde la sacerdotisa pudo hacerse de determinadas cosas que necesitaba, intercambiándolas por medicamentos naturales que había preparado el día anterior. En las calles del poblado, tuvo la oportunidad incluso de conocer a un par de jovencitas llenas de energía que se acercaron a Johan con un entusiasmo apabullante, preguntándole cómo se encontraba. Las saludó con cortesía y se mantuvo al margen de la feliz charla hasta que oyó los cuestionamientos de una de ellas mencionando el nombre del capitán: ¿Por qué ya no nos visita? ¿Cuándo volverá? Envíale nuestros cariños. No entendió por qué tan estúpido detalle le hizo erizar los vellos de la nuca. Entendió a lo que se referían, y decidió continuar su andar dejando atrás a Johan que no tardó en alcanzarla.

— Se ve molesta. — Le dijo, antes de salir de la “urbe” para internarse en uno de los senderos del bosque. — No, es sólo que aún me queda mucho por hacer. — Johan rió como si hubiese oído un gran chiste — ¿Qué le molestó? ¿Fueron las muchachas? — Ella enarcó una ceja en una expresión que no creía haber hecho jamás. — No me gusta oír el nombre de nuestro capitán en los labios de cualquier ser. — ¿Acaso estaba volviéndose loca? ¿Qué clase de explicación era esa? — Oh Auriel, son cortesanas ¿Entiende? Los hombres tenemos necesidades y ser pirata implica permanecer mucho tiempo sin satisfacerlas. Klauser es un gran hombre, y parece que un muy buen amante. Las muchachas lo extrañan. — Aunque aquello último pronunciado acentuó la sonrisa en los labios del castaño, ella sólo se remitió a dedicarle una mirada. Habrá sido que el amatista de sus ojos centelleó con la fiereza de un animal salvaje, pues Johan borró su jocosidad y se mantuvo en silencio el resto del camino.

Gradualmente, la extraña sensación de incomodidad y ¿molestia? fue menguando a medida que se desplazaba por el bosque recolectando esto y aquello: Corteza, líquenes, musgos, hongos y un largo etcétera. Incluso visitó las ruinas del templo donde había sido criada, rindiendo respeto a la memoria de sus hermanas, rebuscó entre los escombros de lo que había sido su habitación, hasta que los dioses le sonrieron y encontró una cajita de metal labrado. Sacudió las cenizas, la guardó en el bolso y dio por concluida la tarea.

La caminata de regreso al Kraken fue tranquila y repleta de charla. Johan le hablaba con naturalidad y eso le agradaba. Ella respondía de la misma forma, compartiéndole cosas que había leído en libros o experiencias en el bosque, él parecía oírla siempre con atención. Era un muchacho amable, demasiado para tratarse de uno de los tripulantes del barco, incluso se ofreció a cargar las cosas por ella y aunque la idea le hirió el orgullo de mujer autosuficiente, sus hombros y espalda se lo agradecieron.

Anochecer —


Al llegar y subir a cubierta, lo primero que vio fue al hombre con quien había compartido sueños la noche anterior. No se dio cuenta de cuánto lo había extrañado hasta que su corazón se lo recordó dando un brinco y disparándose acelerado ¡Habría podido correr hasta él para arrojársele encima! Pero no podía darse ese lujo teniendo a Johan a sus espaldas y a otros dando vueltas. No obstante, acortó distancias con el pirata, necesitaba hablarle. — Milord ¿Sería tan amable de acompañarme dentro? Hay cosas importantes de las cuales quiero platicarle. — Luego, se volvió a quien la había acompañado y cargaba con sus cosas. Parecía más serio, entendió que no era fácil presentarse delante de la figura de autoridad de aquel navío. Pidió que le alcanzara su bolso y un par de sacos. — Gracias, Johan. — Murmuró sin más, y se adentró en los pasillos de las recámaras. El frío del anochecer estaba congelándole los huesos. Esperó que Klauser la siguiera hasta su habitación, esa que él había hecho acondicionar para su estancia. Dejó las cosas sobre un escritorio repleto de papeles y frascos, volviéndose hacia él, aguardando a que cerrara la puerta. — Necesito un baño caliente ¿Me acompañaría? — El sonrosado de sus mejillas se camufló perfectamente bajo la rojez sutil que le causó el impacto del aire gélido durante tantas horas. Quería compartir con él lo que había sido su día, y escuchar lo que había hecho en su ausencia. Anhelaba su cercanía, la fortaleza de sus brazos rodeándole el cuerpo, su…

¡¿Por qué de repente sólo pensaba en esas cosas?! La remanencia de lo dicho por las mujeres en el pueblo y las explicaciones de Johan, tal vez, estuvieran causando el despertar de nuevas emociones. Siquiera intentó darles un nombre.

Los dioses la ayudaran.




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Re: Insanity

Mensaje por Klauser el Vie 20 Jul - 3:59

Sus hombres, como era de esperarse, se tomaron la tarde realizando la lista de tareas asignadas por el capitán. Quizá en parte intuyeran que el enorme hombre albino quería pasar tiempo a solas con su navío. Mucho en que pensar. Por ello, a pesar de los gruñidos habituales y familiares por la cantidad de cosas que buscar, no tardaron en cumplir con su deber, regresando con la entrada de la noche. Caminaba tranquilo por la cubierta, revisando cada detalle a medida que su mente seguía de viaje por tierras lejanas. Sus tripulantes se dirigieron con respeto, informándole de lo que habían conseguido en el trayecto. Klauser los animó un poco y palmeó las espaldas de cada uno, aunque por la brutal fuerza se sentían más como golpes para el dolor de todos.

Bien, bien. Bien hecho, mis bestias —todos bebían jarras de ron que había servido con gentileza Torvi, mientras el oso los miraba a todos y se reía a gusto de ciertas bromas. A veces era necesario distraerse. Tomó cierto impulso y les comunicó a todos algunas nuevas. Entre ellas, que estaba en búsqueda de un cazador. El mejor. Para que lo acompañara en sus viajes más austeros, donde sabía que la muerte no debía ser temida, sino provocada para alimentar mejor el espíritu guerrero.

A sus palabras, nadie musitó algo. No era como si pudieran realmente agregar información extra, ya que la búsqueda la llevaría a cabo él y tenía en mente al indicado para ello. Más todo quedó condensado en cuanto notó la aparición de dos figuras en la cubierta del Kraken. La niña Auriel había llegado junto a uno de sus hombres restantes, Johan. La ceja poblada y albina del guerrero se enarcó de tal forma que su semblante adquirió un matiz aún más duro y frío como témpano andante. Todos saludaron, exceptuándolo a él. Más con la mirada y un gesto que parecía bárbaro llamó a su marino, ignorando la presencia de la sacerdotisa. Su pesada mano y brazo se apoyaron en el hombro ajeno.

Johan, te estábamos esperando —anunció y los demás presentes rieron con cierta preocupación y alerta implícita—¿No crees que la próxima vez podrías tomarte la molestia de presentarte ante tu Capitán al mando e informarle de dónde mierda vas a estar metido? ¿O es que los encantos de Auriel te nublaron la mente?

Silencio espectral. Las risas pararon y percibió ciertas gotas de sudor corriendo por las frentes y cuellos de sus hombres, incluyendo la piel pálida de Johan. Aunque los labios duros del pirata se curvaron mostrando el filo de sus colmillos y palmeando la espalda del tripulante lo invitó a unirse a la reunión. Para ser claros, el ambiente natural del Kraken era salvaje y primitivo, allí las palabras no tenían tanto valor como las acciones. Pero todos guardaban silencio cuando el warrior tenía la palabra. Ninguno se atrevía a llevarle la contraria, ya que todos los presentes sabían que de alguna u otra manera un pacto con sangre había sido sellado. Le servirían a él y tendría su apoyo en todo momento. La justicia se definía por los puños en el mar. Así era en el Norte.

Atendió la cantarina y delicada vocecita de su dama detrás de sí. Lo invitaba a seguirlo... hasta las profundidades de su navío, en el regocijo de una tina caliente. El filo de su mirada cerúlea siguió el pequeño cuerpo que se adentraba en los pasillos del barco, dejando atrás cada espacio y camarote mientras caminaban. Si tenía cuidado en detallar la escena, podrías apreciar lo que parecía ser la cacería de un hermoso ciervo por parte de un gran oso norteño. El largo cabello blanco del hombre ondeaba con la brisa marina que entraba por los ventanales del barco. Hacía frío, como de costumbre, por lo que un baño le venía bien. No se apresuró para andar al lado de la pequeña, al contrario. Dejaba que ella liderara la caminata mientras le clavaba la mirada lasciva a sus espaldas.

¿A ti también tengo que regañarte, Auriel? ¿O quieres que te palmee como a los otros? ¿La espalda u otro sitio... quizá?

Palabras muy afiladas, cargadas con cierta ira contenida. Los ojos cerúleos del gran hombre brillaban con intensidad. Era como apreciar las llamas de un hermoso fuego azul. Habían llegado finalmente a la tina personal del capitán. Ella solita había caminado hasta ese lugar, él solo la siguió. Torvi, por supuesto, había calentado el agua y preparado todo, quizá cuando todos los demás estaban ocupados repitiendo los tragos y él dando los anuncios. Dejó que ella ingresara al cuarto de baño, mientras él cerraba de un portazo la entrada a sus espaldas. Se había quitado la camisa y soltado la extensa cabellera platinada, pero nada más. Sus facciones brillaban endurecidas, en parte por el frío, en parte porque no sabía a qué estaba jugando esa niña. ¿Andar por ahí libremente en el pueblo? Podía hacerlo si quisiera pero que no viniera a quejarse de alguna situación porque la dejaría a la deriva. Sí... eso haría.

¿Y bien? Soy todo oídos, pequeña niña bajo la protección de los dioses. ¿Dónde mierda estabas?

Loki se apoderaba una vez más de su ser en aquellos espacios tan íntimos.




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Re: Insanity

Mensaje por Auriel el Mar 25 Sep - 21:16


Antes de ingresar al cuarto de baño privado del capitán, había alcanzado a dejar casi todo lo que cargaba en la puerta de su propio camarote, ya se ocuparía de eso luego. Sólo conservó entre sus manos dos pequeños frascos que, apenas ingresó a su sitio de destino, colocó sobre uno de los varios muebles de madera.

Las entrañas del gran Kraken se habían convertido en una suerte de refugio para el intrincado vínculo que se gestaba entre la joven sacerdotisa y el lord comandante de las tierras del norte. Particularmente, aquella habitación que tanta intimidad representaba y en la cual, habíase dado el primer contacto real entre ambos. La enorme tina casi al final del espacio, estaba labrada en madera como casi todo lo que acompañaba al navío; material pulido y compacto, donde fácilmente cabrían varias personas de mediano tamaño. Mencionado artefacto, si bien descansaba alejado de la puerta de entrada, no estaba pegado a las paredes, sino que entre éstos existía un espacio a través del cual se podía transitar.

Inminentemente después, ventanas de vidrio repartido, pequeñas en comparación a las que tapizaban la recámara del gran oso, permitían contemplar el paisaje fuera. Los candelabros cubiertos con cristal para evitar accidentes innecesarios, iluminaban la escena con entusiasmo, eran muchos y bien distribuidos. Los demás amueblamientos o utensilios consistían en bancos, cuencos de metal, roperos o guarda-cosas, frascos con esencias, mullidos toallones apilados con prolijidad, perchero y un biombo de ébano y papel de seda, la única separación real que se podía obtener si el lugar se compartía.

El portazo que dio el peliblanco a su espalda no la sobresaltó, por extraño que pareciera era algo que esperaba. No podía sentir cierta molestia al oír algunas de sus palabras, pero el hecho de escucharlo era suficiente para que olvidara el contenido de sus dicciones. Oh Auriel ¿por qué sucumbes tan fácil ante los encantos toscos de aquel hombre? No podía responder esa pregunta o no quería hacerlo. Lentamente se inmiscuyó detrás del biombo, ocultando su cuerpo mientras se quitaba el pesado vestido que llevaba, al igual que la enagua y todo lo demás. No se había volteado a ver a Klauser, pero desde donde estaba, habló. — ¿Podrías por favor, quitarte el resto de la ropa y acomodarte en la bañera? Te acompañaré en un momento. — Acomodó cada una de sus prendas, extendidas en los márgenes de lo que servía como división. Posteriormente, envolvió su pequeña silueta curvilínea en una blanca toalla y ató algo más arriba la extensión de su cabellera. El vapor proveniente del agua tibia de la tina comenzaba a perlar la palidez de su piel, arrebatándole poco a poco el frío. Se dejó ver luego de asegurarse de que su petición había sido cumplida. Allí, tomó al pasar los dos frascos que había traído consigo y se encaminó hacia donde el pirata.

— Nunca vuelvas a humillarme delante de los hombres haciendo hincapié en mis supuestos encantos. Has sido descortés. — Hablaba en serio, aunque sus palabras no eran ni cercanas a lo agresivo. No, no le había agradado que la cosificara, como si ella intentara cautivar a alguien de alguna extraña manera. A pesar de aquella molestia, potenciada por otras incomodidades, arrojó sobre el agua uno de los líquidos. Casi al momento, el perfume sutil se vaporizó colmando el ambiente. Olía a campos de manzana, entremezclados con el aroma a la gramilla fresca de una pradera; algo peculiar pero delicado. Suspiró con profundidad, apropiándose de aquello antes de rodear la tina y arrodillarse a espaldas de Klauser. Ella por fuera de la bañera, él por dentro.

— A mí no necesitas disciplinarme. Debía obtener algunas cosas en el pueblo y no podía pedirte que me acompañes. Cuando conversé con tus súbditos temprano, Johan se ofreció a ir conmigo. — Estaba dándole las explicaciones que muy directamente había solicitado. Desde su posición, tomó con absoluta delicadeza la blanca cabellera del oso y la alzó como lo había hecho con la propia, enrollándola en un rodete que por la humedad se mantuvo sólo. Despejado sus hombros y su cuello, los siguió con la calidez de su mirada inocente, reprochándose el estar sintiendo lo que sentía con su mera presencia. Menos hablar de sus perfectas facciones, las líneas de su cuerpo trabajado por la vida y las guerras. Deseaba hundirse entre sus brazos y perecer allí, pero se contuvo, y vertió sobre sus manos un poco del contenido del segundo frasco, un aceite sin aroma alguno, lo frotó entre las mismas, guiándolas luego hacia los anchos hombros del comandante, presionando con sus pulgares con justa fuerza. No, no era la primera vez que hacía aquello, aunque sí en las condiciones en las que lo estaba llevando a cabo.

— Johan dijo que eras un gran hombre, y que seguramente un muy buen amante. — Gracias a que no podía verla, pues estaba detrás de él, no se incomodó por el sonrosado que se acentuaba sobre sus mejillas. — Nos encontramos con unas señoritas en las calles del pueblo, que te enviaron específicamente sus saludos. — Su hablar era sobrio, pero el latido acelerado de su corazón notoriamente perceptible, aún así, las yemas de sus dedos se deslizaron devotas sobre la musculatura ajena, viajando hasta su cuello, sobre el cual ascendieron hacia su nuca. — Preguntaron cuándo regresarías a visitarlas ¿Cuándo lo harás? —

¿Estaba perdiendo la compostura?




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Re: Insanity

Mensaje por Klauser el Miér 10 Oct - 18:54

Silencio.

Si había algo en el mundo que no alcanzaba a comprender del todo, era a ella, a esa pequeña y mágica sacerdotisa. Recordó que tan solo un par de noches atrás había compartido intimidad, al menos en términos emocionales, lo cual era aún más extraño para él. Ya que compartir cama con alguien era un hábito. Camas ajenas, cabe destacar. Nadie había dormido antes en su camarote. Menos junto a él. Por ello, se dejó hacer con todas sus mañas, sus roces, el hecho de que fuera la pequeña quien lo tomara del gran brazo y lo llevara consigo hasta el ambiente húmedo del baño. Sus grandes ojos cerúleos, aguamarina, descansaron sobre el cuerpo frágil, femenino y hermoso.

¿Me quieres desnudo? Como ordenes —masculló. Todavía seguía un poco molesto. No sabía bien el porqué. O quizá tenía que ver con darse cuenta de esa cercanía que mantenía la niña con el más mozo de sus hombres, acompañándola en sus compras y más andanzas. Pero no tenía suficientes motivos para reclamar algo. No era suya, y casi siempre se la pasaba fuera, de viaje o cuando estaba en Asgard no podía darse el lujo de andar lejos de su rey, debido a su cargo liderando las tropas y luchando hombro a hombro con sus hermanos.

Resopló largo y tendido, con la vista cansada sobre el agua cristalina. Hacía frío afuera, como de costumbre. Un frío de muerte que te deja el aliento gélido, brumoso. Se quitó la ropa de un tirón, quedando el gran abrigo de piel oscura sobre el suelo a sus espaldas. Estar desnudo no era un problema. Debía lidiar con ello a veces debido a las transformaciones espontáneas de su raza. Parpadeó un par de veces, frunciendo el ceño iracundo y mostrando signos de salvajismo en sus facciones al notar cierta molestia en Aura. Y si no era realmente así, se lo había imaginado lo suficiente para encabronarse severamente.

¿Qué? Yo no te he humillado. A Johan, quizá. Pero está acostumbrado. Me sirve a mí, debe ser fuerte. De lo contrario... lo dejo tirado en cualquier puerto de un reino lejano —murmuró, mas su tono de voz estaba siendo explicativo. Le exponía razones a esa niña, lo cual jamás hacía con nadie. Tuvo que controlar las palpitaciones desenfrenadas que insinuaban la aparición de su raza úrsida bajo sus rasgos humanos. Guardó los caninos que había mostrado y resopló una vez más al sentir el roce cálido de la niña sobre su piel.

Su mirada se ablandó, pero no para quedar en paz, sino para tornarse a cierto aire de malicia, la emoción que más sentía cercana a sí. Por lo animal en él le permitía oler, detectar con su olfato, las verdaderas intenciones de los otros, lo que escondían bajo la piel. Se había metido de mala gana a la bañera, debido a sus cambios de humor repentinos y ni hablar de los de ella. Necesitaba comer, eso era lo que ocurría con él o destrozar el cuerpo de algún alma desafortunada. Sintió como la calidez del agua tibia abrazara sus extremidades de gran tamaño.

Todo lo que haces se siente bien, Auri —insinuó riendo con cierta malicia y juego. A pesar de encontrarse en momentos de peligro constante, a inicios de una probable guerra, no perdería la oportunidad de hacer una broma o molestar a los otros. Era una de sus mejores cualidades, a su parecer, claro estaba.

Escuchó atento, a pesar que se mostraba indiferente para picar un poco ese humor aniñado, cada una de las palabras que ella le estaba dedicado. Había salido al pueblo, según su relato, junto con la compañía del mozo Johan. Lo cierto era que agradecía en parte que sus hombres la acompañaran, al igual que la vieja Torv, dado que él muchas veces estaba ausente por sus ocupaciones, además de su sangre animal que lo hacía perder la cabeza y hundirse en las profundidades de los bosques gélidos.

Estuvo a punto de soltar otro resoplido, ensimismado en sus propias cavilaciones, cuando la siguiente confesión que aquella niña hizo lo sobresaltó en cierta medida. ¿Se había encontrado con las mujeres del pueblo? Johan no mentía, en cuanto a que solía visitar a menudo los bares y posadas. Pero eso era mucho antes de ganarse su cargo como comandante. Ahora ya no tenía tantas ganas de niño como antes. Percibió un tanto de ¿enojo, quizá? En el timbre de voz de la jovencita o puede que haya sido producto de su imaginación. Ahora, lo que sí no pudo ocultarle al hombre fue el aumento de sus palpitaciones y el calor inundando el cuerpo desnudo a sus espaldas, así como el carmín que notó manchando esas mejillas al darse vuelta y quedar frente a ella en esa posición a gachas.

¿Dijeron eso? Es probable que hayan estado bromeando, Auri —masculló, doblando el labio inferior de manera que una sonrisa ladeada aparecía— ¿Por qué te interesa? ¿Te molestaría que tuviera amantes? —con su brazo de buen tamaño tomó a la pequeña de la cintura desnuda y la atrajo hasta él, con el fin de dejarla atrapada entre sus garras. Sus labios buscaron los ajenos, depositando un beso húmedo en la superficie de la boca femenina, para luego descender hasta el inicio de esas clavículas níveas— Puedo prescindir de cualquiera, si doy con alguien para mí. ¿Tienes algo que decirme? —calló, dejando que el vapor del agua caliente arropara ambos cuerpos.




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Re: Insanity

Mensaje por Auriel el Vie 19 Oct - 2:20


Seguía atendiendo con sus manos el cuello y hombros del capitán hasta que éste volteó y la miró directamente. Ella retrajo el torso por instinto, y hasta abrió los ojos de par en par por la sorpresa. ¿Qué le estaba preguntando? ¿Qué si le molestaría? ¿Amantes? Estaba a punto de refutar soltando algún comentario defensivo e “inteligente” cuando uno de los enormes brazos del pirata rodeó su pequeña cintura, haciendo que la toalla que la cubría cayera irremediablemente — Tu no tiene id.— Ahí estaba otra vez, cuarteándole la intención de hablar apropiándose de su boca sin pedir permiso. Renegó de esa cercanía, removiendo su cuerpecito y tratando de alejarlo como si realmente no lo deseara. Tanto el aroma que emanaba como el palpitar bravío de su corazón la delataban de todas maneras. Ese hombre le provocaba cosas que sólo había leído en las más apasionadas novelas ¡Lo detestaba por eso! Cuando sus labios comenzaron a rendirse a los del gran oso y la tensión de sus músculos fue cediendo, lo oyó nuevamente pero lo cierto es que no entendió nada de lo que dijo, pues su mente de niña se nubló al sentir el cosquilleo que producían los besos que descendían a sus clavículas.

Entrecerró la mirada, como si comenzara a perderse en el mar de sensaciones del cual él solía ser culpable pero, como una chispa de luz en medio de la oscuridad, tomó consciencia de su debilidad ¿Por qué perdía la compostura de esa forma con él? — ¿Algo que decirte? — Se apartó del comandante del reino a sabiendas de que lo que haría a continuación podría enfadarlo de alguna manera. — ¿Quieres que te adule como esas muchachitas? — Se puso de pie, no sin antes tomar la toalla que previamente la había vestido para volver a colocarla en torno a su cuerpo torpemente, pues sí, aún le daba pena que la viese en esas condiciones así sin más. Bufó — Eres un flojo con el ego enorme. — Infló las mejillas ¿Estaba discutiendo como una niña? — Un… un ego tan grande como tu cuerpo — Un cuerpo que podía despertar fogosas fantasías tanto en mujeres como en hombres ¡Era suficiente! — Pues ¿sabe qué gran cazador? Le diré una cosa. — Ajustó bien el nudo que mantendría el trozo de tela en torno a su silueta. — Demuéstrele a esta presa que es merecedor de sus súplicas. — Espetó, y así como dijo aquello, se escabulló del cuarto de baño dejándolo solo y sin derecho a réplica.

No lo había abandonado, literalmente salió corriendo como lo haría un cervatillo para escapar, pero al contrario de lo que pudiera pensar él, ella huyó hacia los aposentos del pirata aguardando a que la siguiera, pues… se estaba divirtiendo, al menos al provocarlo. Una vez ingresó al salón principal, marchó directo al cuarto contiguo donde yacía su cama y tras quitarse la toalla se ocultó bajo las sábanas aguantando las ganas de reír que le causaba la adrenalina de la huida. Esperaría a ver cuál era su reacción, estaba segura de que fuese la que fuese, sería graciosa. Oh sí, adoró a Torvi por haber calentado el recinto, pues húmeda y desnuda como estaba, se habría congelado.



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