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— Calm.

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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Sáb Jul 07 2018, 03:54


Apretó su muñeca, pero aquello no le causó ningún dolor o al menos, no lo percibió. Las palabras de aquel hombre no hicieron más que acentuar el fuego que en ese preciso momento parecía carcomer su alma. Lo oyó, dejó que se expresara, contempló como solía hacer sus ademanes, gestos, y concluyó bajando la mirada hacia aquella caja que le entregaba. Así que cuando él decidió alejarse a nueva cuenta de ella abandonando entre sus manos un obsequio, la sacerdotisa, como si allí no estuviese ocurriendo nada más que una charla sin importancia, se encaminó al sofá nuevamente descansando sobre él el paquete ¿Y luego? Rememoró lo que había escrito antes de que él llegara y sopesó que tenía dos caminos. Permitió que marchara, o eso pareció.

Cuando el mayor abrió la puerta que comunicaba el cuarto de descanso con el despacho, ella se escurrió entre su presencia y la misma, deteniéndole en seco el paso. Su semblante, antes enmarcado por una expresión de tristeza y desconcierto, acuñó una nueva sensación que pivoteaba entre la frustración y el enojo. Elevó la diestra como jamás había hecho y sin pensarlo, dejó que la palma de la misma impactara sobre una de las mejillas del peliblanco produciendo un sonido seco que retumbó en el ambiente. — Cobarde. — Espetó, escupiendo sus sentimientos como una pequeña fiera. — ¡Mirad al terrible hombre del mar! — Cerró los puños sobre el amplio pecho ajeno. Temblaba como hoja arrastrada por la brisa otoñal, pero aquello no la detuvo. — ¿Qué dirían las personas si supieran que una mísera sacerdotisa posee más valía que el gran oso? — Elevó la mirada iluminada por la transparencia de sus emociones impolutas y la clavó afilada sobre los orbes del pirata — No puedes darme órdenes, Klauser. — Sus uñas se clavaron en la tela de la camisa que él llevaba — He vivido penurias que ni sospechas, soportado las más frías tempestades sin chistar, he curado enfermos con los padecimientos más horribles y atemorizantes, caminé entre bestias con la oscuridad de la noche sobre mi cabeza, me enfrenté a una realidad vacía y sin sentido, sin derramar una lágrima. — Jamás lloraba, jamás lo había hecho y aún menos delante de alguien y si bien las lágrimas no se derramaron sobre el sonrosado de sus mejillas, eran evidentes en su vista. — ¿Qué te hace pensar que te tengo miedo? — Elevó súbitamente ambas manos y sujetó el angulado rostro contrario, descendiéndolo para que la mirara más de cerca — He cavado miles de tumbas, dormí entre cadáveres. Si no tiemblo por la muerte ¡¿Por qué lo haría por ti?! — Elevó súbitamente su cuerpo acomodándose de puntillas de pie y cercenó cualquier distancia entre ambos, envolviendo los labios masculinos con la suavidad de los propios en un beso absolutamente sentido y profundo. Nunca había siquiera imaginado tal cosa, pero no era su mente quien dominaba su ser en ese preciso instante, sino su corazón y éste jamás comete equivocación.

Pegó el cuerpo al del lord comandante del norte, mientras sus manos, ávidas de él, se escurrían hacia su nuca sujetándolo hacia ella, como si desearan obstaculizarle cualquier posibilidad de escape aunque de poco sirviera. La realidad radicaba en que él podría arrojarla por la borda en ese preciso instante pero no le interesaba, pues esta vez no traicionaría la voluntad de su alma. Lo había prometido a los dioses.




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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Sáb Jul 07 2018, 04:29

Quería sentir la suavidad de su amplia cama, meciéndose con el vaivén del agua bajo la madera, todo para saber que aún así no podría quedarse dormido aunque fuera lo que más deseara en esos momentos. Y lo era, en parte. Ya le daba igual si se quedaba allí parada la niña o se iba corriendo como debía hacer si tenía buen juicio y la moral bien construida. Más no pudo llegar a lanzarse —literalmente— sobre sus aposentos, cuando esa chiquilla lo había parado en seco con el rostro de muñeca conmocionado y aparentemente lleno de ira. Resopló —por enésima vez— y estuvo a punto de callarle la boca y correrla definitivamente cuando ella fue quien lo calló a él.

Lo primero que sintió fue un ligero, apenas perceptible ardor en su mejilla, producto de una ¿bofetada? ¿Ella lo había golpeado? Clavó la mirada animal en esas facciones delicadas de mujer.

¡¿Qué mierda acabas de hacer, maldita?! —escupió sintiendo cómo la bestia dentro de sí perdía la correa a punto de destrozar todo a su paso. La iba a matar. Estaba a punto de clavarle sus afiladas garras por atrevida, por estúpida y quizá por tener más bolas que la mitad de su tripulación. La mataría en un mísero parpadeo— Ya cállate —masculló en lo que parecía ser un gruñido justo cuando ella seguía hablando sin parar, alegando todo lo que había enfrentado. ¡Eso no era nada! ¿O sí? No, ella no sabía nada de la vida. No tenía ni idea. Le haría un favor y acabaría pronto con su vida.

De pronto el sedoso roce de unos labios impactaron sobre los suyos. ¿Lo había golpeado y ahora lo estaba besando? Sí, definitivamente estaba poseída por alguna deidad bipolar de esas que seguramente la visitaban por las noches. La dulzura de aquella boca lo excitó de pies a cabeza y tuvo que reprimir un gruñido de placer. Abrió la boca y engulló prácticamente a la ajena, introdujo su afilada lengua y saboreó por completo a la criatura. Con sus manos la cargó por los muslos y la dejó así, con ambas piernas abiertas y apegadas a su torso. De una patada lanzó la puerta de su habitación, cerrándola a sus espaldas. Terminó el beso y separó su rostro del ajeno. La estaba mirada con una posible expresión censurada hasta por los dioses.

Cálmate, ya deja de ofender a la gente, de andar gritando, no haces más que provocar cosquillas con tus niñerías. Que sea la última vez que intento hacer algo "correcto" en esta puta vida. Ya decidiste tu destino como niña grande, te felicito. Ahora enfrenta las consecuencias —sentenció y un brillo peligroso, mortal se adueñaba de sus orbes rojizos— Gritas mucho, más que yo de hecho. Pero lo que dices no tiene sentido con lo que haces. Andas tan necesitada que ni te das cuenta. Las piernas te tiemblan. ¿Qué quieres de mí? Habla claro si lo que quieres es ser la mujer del capitán, niña "de los dioses".

Dentro de su habitación unos amplios ventanales daban vista al océano bañado por la luz nocturna. Una brisa helada entró y sacudió los cabellos alborotados de ambos cuerpos.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Sáb Jul 07 2018, 05:45


Debió ahogar un suave quejido al sentir la facilidad con la que sujetaba sus muslos y la alzaba por sobre su cadera, debiendo abrir las piernas para encajar perfectamente en tal postura. No se percató la forma en la que las sedas que constituían la falda del camisón resbalaban por sus extremidades, desnudándolas hasta el agarre de aquellas manos que, habían sabido la forma de invocar aquel instinto tan básico, presente en cualquier animal. A regañadientes dejó que abandonara sus labios, debiendo entreabrir sus párpados para contemplar con cierta sorpresa, no sólo el tono en los ojos de aquel hombre sino también la forma en la que la estaba mirando. Podría haberse perdido en la inmensidad de aquel carmesí encendido, tal como la sangre alborotaba que abrazaba sus venas con un candor que jamás anheló experimentar.

Luego habló, con aquel tono imperante, fuerte y socarrón de siempre. No entendió si se burlaba de ella o esa era la manera en la que él se protegía, lanzando sonseras a los cuatro vientos. Ella no gritaba, excepto cuando le dijo “terrible hombre de mar” o “¿Por qué temblaría por ti?”. Tiritaba como respuesta biológica a las nuevas y fuertes sensaciones a las que estaba siendo expuesta ¿Qué más podía hacer? ¿Cómo controlar su cuerpo? ¿Podía siquiera lograrlo? Entonces, la última pregunta que le hizo alborotó más, si eso era aún factible, el burbujeo en su interior. Ni la brisa gélida que ingresó por uno de los ventanales logró borrar el sonrosado de sus mejillas, pero sí consiguió impulsarla a seguir actuando sin pensar demasiado. Se soltó del mayor, extendiendo sus piernas hasta que sus pies restaron en el suelo y la mano diestra se aferró a la camisa de su capitán a la altura del pecho. La fuerza que ella tenía era nada, literalmente, ante la magnitud del pirata pero no fue algo en lo que cavilara demasiado. Él debía entender que de haber podido competir en cuanto a fortaleza, lo habría arrojado sobre el lecho sin pena alguna. En su lugar, lo jaló hasta “obligarlo” a sentarse al borde de la cama. Podía verlo “apenas” desde arriba, así que la misma diestra que lo colocó en aquella posición, se deslizó hasta su rostro para acariciarlo con la dulzura más auténtica.

— Calla, gran oso del norte. — Lentamente, volvió a elevar la tela del vestido y una a una acomodó las piernas flexionadas a los lados de la cadera del mayor, sentándose sobre él, pero de frente. Adoró la sensación de su calor corporal a pesar de existir ropa entre ambos. — Eres esquivo y poco sincero ¿por qué te escondes? — El suavizado tono de su voz pareció tomar cierto talante amielado. — Yo he dicho mucho, y tú me pides que hable más claro ¿Estás dispuesto a entregarme tu alma? — Acomodó con ternura los cabellos del comandante, despejando sus facciones tan masculinas. — Tú serás mi hombre, aunque puedes decir que me has tomado por la fuerza. — Besó ambas comisuras de sus labios — Yo seré tu mujer si me demuestras que verdaderamente deseas que lo sea. Pero entonces, tendrás que enseñarme mil cosas. — Rozó la punta de su nariz con la del oso. — Debes temer, Klauser, pues dicen que el amor y la pasión son peligrosos. Yo he asumido los riesgos, aún espero que salgas de tu madriguera. — Sonrió, breve.



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Dom Jul 08 2018, 01:15

Se había dejado hacer —una vez más— con todos los ademanes de ella; con sus roces, sus miradas, sus idas y venidas constantes. El camarote del pirata era amplio, mucho más que su estudio. Y los largos ventanales ocupaban prácticamente las dos paredes principales. Era su refugio, a pesar de que pocas veces lograba conciliar el sueño, por no decir casi nunca. Seguramente ya todos sus hombres estuvieran más que dormidos por los barriles de ron que habrán bebido; mientras que la dulce y robusta Torvi estaría descansando plácidamente alejada de todos.

Arqueó una ceja poblada y nívea ante las palabras de la niña que ahora se estaba comportando como una hembra bien formada. ¿No que no conocía nada del mundo? Sonrió con cierta sorna, pero en los ojos del hombre esta vez había calidez, una que antes no estaba; una que jamás había sido dedicada de esa forma a alguien. Sintió la suavidad de la cama bajo sus muslos, para luego recibir a la pequeña sobre su regazo, acomodada de frente, mirando al capitán de cerca. Resopló, clavando sus orbes rojizos en ese rostro virginal. En su pecho de hielo ardía las ganas inmanentes de hacerle daño, pero del bueno. Descansó su gran brazo derecho sobre la fina cintura y el otro acarició la superficie de aquella espalda delicada.

Bien, te haré la mujer del capitán del gran Kraken. Solo que para que eso ocurra deberé hacerte mil y un cosas primero —jugó un poco porque de lo contrario no seguiría siendo él— ¿Qué quieres que te enseñe, niñita? ¿No y que tus sabias y exageradamente eruditas hermanas te lo habían contado todo? ¿Ya quieres ver pronto el cielo con esos ojos amatistas que te gastas y me encantan?

Freyja seguramente lo juzgaría por robarse a una de sus fieles sacerdotisas y conducirla por el camino del pecado; del delicioso pecado. Odín, por otro lado le había dado su bendición. Después de todo, estaba él antes siquiera de sí mismo. ¡Loki seguramente yacía extasiado! Rió con diversión notoria y un aire más desenfadado, más salvaje, primitivo e infantil. ¡Estaba mostrando el lado más genuino de la bestia! Y lo hacía con esa criatura que apenas le llegaba al inicio de la cintura. Sus labios fríos retomaron la piel ajena, rozando el cuello de cisne. Lamió y disfrutó el sabor, drogándose sin medida alguna. Apretó el agarre en la cintura y recordó que ella efectivamente era una santa. Nadie la había tocado antes y por ello admiró más ese ímpetu, aún cuando el cuerpo entero le estuviera temblando sobre su regazo. ¿En qué te has metido maldito vikingo idiota? ¿No te bastaba con todo lo que cargas encima y ahora vas a perder la cabeza dura por esta chiquilla? Pensaba y no dejaba de reírse ante lo insólito de la situación y de las ganas abismales adueñándose de sí mismo.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Dom Jul 08 2018, 01:51


Si aquello era pecado, los dioses la castigaran. No obstante, sabía que lo más puro en aquel mundo radicaba en lo que comenzaba a crecer dentro de ella. Intentó no hacer obvias las sensaciones que le provocaban las manos del capitán yendo y viniendo, acariciando ahora su espalda; no era nada “lascivo”, pero se tornaba demasiado viniendo de él, aún más al no haber experimentado cosa similar. Controlar su biología era sin duda un millón de veces más difícil que apaciguar su mente. Oyó sus palabras, eso de que sabía todo y lo de hacerle ¿Hacerle mil y una cosas?

Después, no pudo evitar curvar ligeramente hacia atrás el rostro, dándole rienda suelta a lo que aquella boca estaba haciendo en su piel. Cerró las manos sobre los hombros del pirata, como si se sujetara por el temor que le causaba desvanecerse entre sus brazos. Agradecía que no pudiera contemplar su semblante elevado, porque no estaba segura de la expresión sobre éste, tampoco de lo que reflejarían sus ojos entreabiertos o sus labios humedecidos. — No he… no he dicho que lo supiera to-do. — ¿Por qué le gustaba inventar dicciones que ella no había pronunciado? — Debes enseñarme a compla-… — Se interrumpió súbitamente ¿estaba segura de lo que pronunciaría? El corazón le dio un brinco, como el de un cervatillo en plena huida. Reacciones sencillas y absolutamente notorias para alguien de la experiencia de Klauser. La peliblanca seguía pensando que lograba disimular esas “cosas” que no controlaba.

Al fin, descendió las facciones y con la misma ansiedad de la primera vez hacía minutos, volvió a besarlo ¿Una hembra bien formada? Tal vez la rudeza yaciera en su sangre; después de todo, ella desconocía sus raíces completamente. Lo único que le interesó fue el “aquí y ahora”, permitió que su costado más instintivo fuese quien tomara el control, apropiándose de la boca del comandante con intensa dulzura, acariciando su lengua con la propia en un roce que más que sugerente, era evidente y profundo. Se apartó apenas centímetro para poder hablar — complacerte. — Si con su actitud recia y seca, le había robado la atención y más que eso, ahora, con aquella faceta más libre, donde lo veía sonreír con naturalidad, como si no existiese nada más allá ¿Qué le provocaría? Una inmensa ternura se apoderó de la menor; de repente se le hizo como un enorme y gruñón oso de felpa. Sus mejillas volvieron a encenderse — Klauser, eres tan lindo. — Murmuró sin más, casi infantil.

Después de tanto rato, al fin los labios de la sacerdotisa volvieron a curvarse en una sonrisa más que verdadera. Recordó algo que él había dicho antes — ¿Qué me tienes que hacer? ¿Hay alguna especie de extraño ritual de iniciación para las interesadas en el capitán de un navío pirata? ¿Me entregarás a otros hombres para que califiquen si soy apta para acompañarte? — Su diestra acarició la nuca del mayor, ejerciendo una suave presión en los músculos de esa zona.



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Dom Jul 08 2018, 03:56

Se daba cuenta de cada detalle sin dificultad alguna, aún con esa oscuridad nocturna que arropaba el ambiente en la habitación. Brisas con ese aroma a mar y sal marina entraban por los amplios ventanales, alborotando las largas cabelleras albinas y refrescando las pieles que parecían estar ardiendo en cada roce. Si esa fuera una situación un tanto distinta ya la habría violado, más con esa niña todo cambiaba. Se sentía diferente y, por tanto, las jugarretas serían distintas, quizá más intensas que un simple acto violento o quizá más suaves, todo dependiendo del humor que cargara el capitán. ¿Ahora era suya, no? Se lo propuso y había aceptado. Tal vez habría llegado a darse sin siquiera decir palabra alguna. ¿Por qué había estado esa noche esperándolo en su estudio? ¿En el camarote personal del pirata? Lo estaba llamando. Eso era.

Probablemente Torv lo regañaría temprano por la mañana, ahogó silencioso una risa maliciosa. La niña lo estaba disfrutando, podía sentirlo en ese cuerpo pequeño, frágil y delicado arqueándose sobre sus muslos. Tuvo que lamerse los labios en un gesto de hambruna lacerante.

No necesitas andar pensando en cómo complacerme, Auri —la miraba divertido de pies a cabeza, no porque se burlara sino porque no podía creerse que aquella criatura perfecta estuviera dispuesta a dejar atrás el decoro y entregarse a la mala influencia del pirata. Un hombre de sangre, sudor y batalla. Un vikingo que mataba cada día, esperando sobrevivir al siguiente. Ella lo tenía completamente sorprendido.

¿Qué te puedo decir? Soy un hombre de intereses muy básicos. Desnúdate para mí y ya con eso me tendrás babeando como salvaje esperando engullir el elixir de los dioses—apuntó con ese brillo peligroso y perverso. Todo en él brillaba de forma primitiva y necesaria. Aunque en el fondo era porque estaba siendo lo más auténtico posible. Era un hombre de mares helados, muy diferente a otra clase de piratas. Sus manos estaban hechas para robar y matar. Las de ella para curar y dar vida. ¿Acaso esa unión era posible? Respondía a los besos y saboreaba todo en ella. Se apartó bruscamente y se dejó caer sobre la cama con la niña en brazos. Sus labios buscaron el cuello nuevamente, hambriento y lascivo.

¿Eso quieres? ¿Ser entregada a otros hombres? —soltó entre molesto y divertido por la ocurrencia ajena— Deberías dejar de leer tantos libros de ficción. Capaz y creas que en unos segundos me convierta en una bestia comeniñas. Oh, espera. Eso sí es probable que suceda.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Miér Jul 11 2018, 10:47



— No, Klauser, estoy preguntándote si serías capaz de entregarme a otros hombres. — Aclaró, buscando una respuesta que con palabras él no había dado ¿Qué significaba ella para el gran oso de Odín? Dejó que la tirase hacia atrás para caer en el lecho ambos, y entrecerró la mirada, dándose un momento.

Desear el contacto de aquel hombre se estaba tornando demasiado fácil; sus manos gruesas, sus enormes hombros, la musculatura prominente de los brazos que la sostenían como si fuese una muñequilla, su pecho amplio y cálido, como el de un corcel brioso. Las facciones angulosas de un guerrero que seguramente supo ser un hermoso jovencito, denotándose ahora una belleza mucho más profunda, esa que se refleja en la mirada, esa que regala la experiencia.

Auriel nunca se había sentido tan fascinada al descubrir algo, siquiera reemplazable por el valor de un escrito jamás leído. El lord comandante, tal vez sin comprenderlo del todo, le había abierto el alma ante la novedad de la vida; particularmente aquella parte que la constituía como una mujer común.

El carácter tosco pero sobrecogedor del pirata la colmaba de una ternura difícil de explicar. En aquel tiempo de su constante compañía, había aprendido de la enorme dulzura y la picardía sensual detrás de la terquedad de un reno que protege su territorio. La sacerdotisa sentía que podía pelear con su fiereza de oso con tal de que le permitiera refugiarse en su contundente silueta. Qué paradoja, pues él parecía poder llevarla de un estado de frustración violenta a uno más típico en ella, el de la calma. Se preguntó nuevamente si cada día a su lado sería así de emocionante, si su corazón de jovencita latiría desbocado siempre que la mirase, tanto fuera con frialdad, con furia, con deseo o con algo más.

Enderezó su cuerpo para ponerse de pie con calma, mientras las muselinas de su camisón se acomodaban por pura inercia. Anduvo con calma hacia los ventanales, encargándose de cerrar el que yacía abierto, la tormenta fuera parecía tornarse más brava y la marea impactaba contra el Kraken con arrebato aunque el navío apenas se movía. Contempló la ventisca acarreando el agua congelada y volvió a sentir la misma punzada en su pecho que había vivenciado en sus sueños antes de que Klauser la despertara. Era una sensación dolorosa, ajena a lo que ocurría entre ellos.— Esta tempestad no es como otras. — Murmuró, compartiendo con el capitán lo que albergaba su corazón. — Parece como si Odín… — Iba a continuar, pero se interrumpió, negando para sí. Procuró olvidar aquello, así que retornó hacia la cama, acomodando los almohadones, tras lo cual se recostó semi-sentada, reposando la espalda sobre el mullido cabezal. — Ven aquí. — Susurró, extendiendo los brazos hacia el hombre acostado más hacia los pies.

Lo estaba invitando a que se acobijara en ella, a que reposara la cabeza cana sobre la curvatura de su escote y le permitiera acariciarlo con inocencia. Esperó que lo hiciera, sin sopesar que aquello sería una muestra de sumisión o cosa semejante. Deseaba acunarlo, porque aunque no lo hubiera mencionado antes, Aura sentía el cansancio que abatía a su caballero, seguramente no durmiera de forma reparadora o tal vez las preocupaciones se agolpaban en su fuero interno. Su espíritu tranquilo se expandió por la habitación colmándolo todo. Tal vez no existieran demasiadas veladas apacibles en la recámara del capitán, pero esa noche necesitaba protegerlo. Aguardó a que se acurrucara contra su cuerpo y entreabrió sus labios, iniciando una melodía tenue que no era más que una canción de cuna.



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Miér Jul 11 2018, 23:52

A pesar de que estuviera a gusto como en ninguna otra noche en su vacío y tormentoso pasado, la presencia de la guerra lo tenía ensimismado. No podía quitarse de la cabeza las palabras y el encuentro con su venerado Rey. No porque temiera, estaba lejos de sentir ganas de retroceder. Por el contrario, cada hebra de su ser había estado esperando un momento como ese porque la vida se gana por batalla. La sangre y el sudor forman naciones, no había otro modo y menos en una época tan hostil como la suya en esos momentos. Un gruñido inquieto escapó de sus duros labios mientras su mente seguía viajando a posibles encuentros futuros. Sobre todo si tenía que enfrentarse a alguien en particular del Este. A alguien grabado en su memoria.

Los músculos de su enorme cuerpo se volvieron a tensar. Había tomado una decisión justo cuando acudió al enfrentamiento con Dorian. Su Rey estaba primero que todo. Su Rey y el Norte. Nada de ello estaba puesto en duda. Así era y así seguiría siendo.

De pronto, el cuerpo frágil, pequeño y delicado de la sacerdotisa se levantó de su regazo y caminó sereno hasta los amplios ventanales del camarote. El hombre la había estado siguiendo con el filo de su mirada ahora cerúlea, calmado a pesar de uno que otro gruñido resignado. La belleza de la niña era tal que adormecía sus sentidos con una influencia peligrosa. Él era un vikingo, una bestia a medio camino cruzado con hombre, un individuo de intereses básicos en cuanto a relaciones interpersonales. Más todo podía cambiar y dar pie a mayor profundidad. ¿Acaso esa diminuta niña podría llegar a tener tal poder?

No te voy a entregar a nadie. No pienses tonterías en esa cabecita tuya tan pequeña —murmuró un tanto cansado por el trajín diario, mientras la veía con cierta calidez entornada en sus ojos. Sus maneras y su lengua seguían siendo atroces, como un perro sin correa. Más ello no dejaba de lado que ahora esa niña le importaba en demasía. Y ella se daría cuenta con el tiempo. Se encargaría de que eso quedara escrito en tinta sobre papel. Torv estaría satisfecha. Al menos esa noche nadie había terminado con un hueso roto y con las extremidades en sus lugares correspondientes.

Atendió las frases inconexas de la joven y en la oscuridad de la habitación asintió silenciosamente, como esperando alerta. Luego tuvo que hacer un esfuerzo y levantarse de su lecho, acomodándose justo en lo alto de la cama. Allí descansaba la niña, la cual lo llamaba con voz melodiosa. Era como ver un dulce, el mejor, haciendo agua su boca.

Odín sabe lo que hace. Se acerca una tormenta sobre todo Pantheon. Todos sentirán la fuerza de mi señor. Y yo les clavaré mis garras tarde o temprano... —sus palabras a suerte de murmullos eran bajas, afiladas y claras como el agua. No le iba a mentir a la pequeña. Si había tenido el valor para acompañarlo a él, entonces ahora debía soportarle el trote al Lord. Y no ponía en duda este último hecho. No dijo nada más. Observó a gachas ese cuerpo tan níveo cual ninfa de los bosques y se acomodó sobre el escote sutil. Inhaló ese aroma floral y dulce, muy diferente a las sales siempre impregnadas en su presencia salvaje. Con la voz de ángel sintió pronto que al menos, por esa noche, podía conciliar el sueño. Sus cabellos platinados cayeron largos sobre las curvas femeninas bajo el vestido. Y con sus brazos fornidos acercó a sí a la joven, aprisionando, marcando territorio. Haciéndola suya.

FIN DEL TEMA.




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