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— Calm.

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— Calm.

Mensaje por Auriel el Miér 4 Jul - 22:19



— Caballero Brennan, necesito hacerle una petición —

Su vocecilla suave se dirigió a uno de los marinos que Klauser había dejado a cargo del Kraken. El hombre, no tan alto, pero robusto y de oscura barba poblada, soltó unas amarras que acomodaba y volvió la mirada hacia ella, que prácticamente invadía su espacio personal, pues se había detenido a medio metro de su espalda. La contempló con seriedad, luego miró a un colega, sonrió con lo que pareció ser ironía y al fin respondió — ¡Oh! ¡Claro que sí mi lady! Sus deseos aquí son órdenes, inmediatamente dejaré de ocuparme del navío y me dispondré a cumplir cualquiera de sus caprichos ¿Qué necesita? — Como era de esperar, los trabajadores que aún estaban en cubierta rieron con el estrépito que caracteriza al exceso de testosterona. Cuando se detuvieron, ella, que no había manifestado más que un suspiro de resignación, continuó — Hoja, plumas y tinta. No puedo ir al pueblo y no deseo hurgar en las cosas de nuestro capitán ¿Podría traer eso por mí, en algún momento? — Miradas de extrañeza y risas otra vez. — ¿Y qué desea escribir, su majestad? —

Auriel descendió la capucha del abrigo que llevaba y descansó la mirada sobre Brennan, curvando los labios en una sonrisa cargada de dulzura — Sus nombres. — Respondió, con naturalidad. Hubo silencio, signos de interrogación mediante — Quiero hacer una lista con cada uno de los servidores de su Señor. — Lentamente, la expresión mansa sobre su rostro se desdibujó hasta convertirse en una más “seria” — Tal vez, en algún momento, olvidaré sus caras, pero cuando lleguéis a mí con una lanza atravesando sus entrañas tras alguna batalla, preguntaré vuestros nombres. Entonces, recordaré éste momento y dejaré que os desangréis a mis pies. — Con pasividad, volteó, dispuesta a internarse en la zona de camarotes nuevamente. No obstante, antes de hacerlo, retornó la atención a los caballeros una vez más — ¿Creéis que vuestro Señor daría comida y protección a cualquier alma? ¿Quién suponéis que soy? ¿Qué creéis que hago aquí? — El talante de su voz se oyó formal, áspero y tajante aunque jamás agresivo o imperativo — Rogaréis por mi cuando el dolor os consuma y yo estaré allí para aliviaros. Por eso, Brennan, si se encuentra mi petición dentro de tus posibilidades, estaré verdaderamente agradecida. — Inclinó el rostro en señal de respeto y se desvaneció luego entre los pasillos apenas iluminados en las vísceras del Kraken.

Rumbo a su cuarto, debió detenerse en la puerta para rogar a su corazón que se desacelerara. Inhaló profundamente, serenando el sutil temblor de sus piernas bajo las telas del vestido: ¿Qué había hecho? Su actitud segundos antes podría resultar reprochable, pero entendía que ya no se encontraba en la seguridad de su templo, tampoco era una doncella en perpetuo apuro. Al fin y al cabo, habría sido criada en el norte y sabía que para ser tomada como alguien confiable, necesitaba sujetar las riendas de determinadas situaciones. Afortunadamente, la voz grave pero dulce de Torvi la sacó de tales cavilaciones. — Señorita, debe ser más cuidadosa con los hombres del Kraken. — La peliblanca la observó y le regaló una sonrisa tranquilizadora. — Torvi, puedes llamarme Auriel. — Suspiró — Todo está bien. Por la tarde bajaré a la costa, no te preocupes, no me alejaré, sólo necesito ir por ciertos obsequios del mar que me ayudarán a preparar medicina — La mujer de más edad hizo un gesto entre preocupado y de desaprobación, pero culminó asintiendo. — Deberías descansar, tus huesos duelen hoy. Yo me haré cargo de la cena. — A pesar de la resistencia ajena, ganó por cansancio.

Al caer la tarde.

Regresó con un saco mediano repleto de algas, esponjas marinas y hasta lo que parecían ser trozos de coral, dejados en la arena por la marea.
Luego de acondicionar lo propio, preparó la cena en base a pescado y vegetales, como era de esperarse; una especie de cazuela para ser más precisos. Comida caliente y sustancial. A pesar de que su dieta no incluía carne, apartó verduras en la misma salsa y se sentó a comer con el resto de la tripulación.

Rió ante las anécdotas y bromas de los hombres de mar, con los que esa misma mañana supo tener un encontronazo, aunque ahora, las cosas parecían distintas. Al concluir la velada, levantó los trastos junto a Torvi y se disponía a ir a lavarlos cuando Brennan la interceptó con cierto recelo. — Señorita — Eso le llamó la atención. — Esto es para usted, espero esté bien. — Y ahí, entre las manos toscas del contrario, se encontraba su pedido. Sonrió ampliamente y antes de tomar nada envolvió en un breve abrazo a Brennan, en forma de agradecimiento — ¡Es usted un cariño de norteño! — Sujetó sus cosas, el marinero hizo una mueca que pareció ser una sonrisa y desapareció sin saber qué ni cómo responder.

Hora después, cerca de la medianoche.


Era la segunda noche desde la partida de Klauser y no comprendía del todo el por qué su presencia se le hacía tan necesaria. Tanto así, que luego de bañarse, se inmiscuyó sin permiso en el despacho y habitación del Lord Comandante de su majestad, llevando consigo lo que Brennan había conseguido para ella.

Encendió las velas, paseó por el recinto, observó sin tocar nada. Al final, se sentó frente al enorme escritorio a escribir, como tenía por costumbre cuando aún residía en su congregación. Anhelaba comenzar un nuevo capítulo en su vida y no existía mejor forma que iniciar un diario de viaje, donde plasmar sus experiencias.

“He muerto, madre, pero el gran oso de Odín me ha arrebatado de las flamas que amenazaban por consumirme. Aún de cara al otro mundo, no he luchado por permanecer en tus dominios. Soy indigna, amada madre del bosque, pues he permitido que la soledad y el terror de enfrentar lo desconocido, ataran mis alas.

Aun así, a pesar de mi cobardía, a pesar de buscar la seguridad del encierro y el cobijo que otorga aprender leyendo sobre las experiencias de otros más valientes, no me habéis abandonado.

No poseo la certeza del guerrero, ni el poder de un Rey, pero he decidido renunciar a mi claustro. Viviré el universo que me habéis propuesto, no silenciaré mi corazón ni guardaré bajo yugo mi alma. Seré la mano de los dioses, su estandarte y escudo allí donde pise.

Permitirme ser el alivio del enfermo y la paz del afligido; cultivad en mi la fortaleza de un espíritu que aprende de sus temores y los vuelve arma para combatir, armadura para proteger aquello que ama y libertad para sentir. (…)”


Pronto, el cansancio de un día atareado comenzó a recaer sobre su escueta espalda. Desde la silla, contempló con cariño el extenso sofá cercano a uno de los ventanales. Se dejó abrazar por la tentación, abandonando lo que hacía, culminó acurrucándose en el enorme y mullido sillón.

Toda la habitación poseía el perfume del capitán, siquiera podía notar la fragancia a jazmín salvaje con la que se había bañado. Suspiró profundamente, reconfortada por yacer en la madriguera del oso que tanta seguridad le brindaba. Así fue que, antes de darse cuenta, cayó dormida; vientre hacia arriba, con las sedas de su ropaje revueltas como por una brisa que nunca existió y la blanca cabellera desbordando por doquier, acariciando incluso el suelo de madera. Se convirtió en la vívida imagen de la tranquilidad, con los labios entreabiertos y la expresión profundamente serena.


Ropaje:



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Jue 5 Jul - 15:30


Una vez más la noche envolvía todo con su paso lento y su frío cual témpano de hielo. El aire era tan helado que podía observar fácilmente cómo su respiración se materializaba en neblina, neblina blanca saliendo por sus labios. Habían transcurrido ya dos días sin saber nada de su navío, dejando a sus hombres trabajando, a la confiable Torvi a cargo de mantenerlos con la energía suficiente para seguir las labores diarias y a ella, a esa niña descansando. Todavía no entendía por qué los dioses decidieron jugar esas cartas sobre su destino. ¿Por qué él? Salvando aquel cuerpo días atrás bajo un manojo de telas ocultando las facciones de una sacerdotisa. Nada más que una criatura bendecida por la misma Freyja.

Su mente seguía distante, en el amplio comedor de su majestad; rodeado de los demás guerreros, la Mano y el mismo Rey. La voz sabia y contundente de su señor reinaba imperiosa en sus recuerdos. Más no quiso darle más vueltas a lo que debía quedar conservado aquella noche. Justo en su presente más inmediato prefirió seguir caminando por el pueblo, terminando de comprar algunas herramientas que sus hombres solicitaron con clemencia a su Capitán; hecho innecesario porque estaba al tanto de lo que hacía falta o no en su barco. Por lo que resopló ante sus pedidos y se perdió en la espesura del ambiente nocturno. Aquellos objetos no eran los únicos que había adquirido; también en algunas cajas que cargaba encima yacían unos finos vestidos de seda y lino. Eran varios y de colores diversos. No tenía idea si le iban a gustar a esa niña, pero ya había pagado mucho dinero por ellos.

Finalmente se despidió del pueblo dejándolo a sus espaldas, mientras ahora se dirigía rumbo a los alrededores, hacia el puerto de Asgard. No acostumbraba a dejar a su tripulación anclada en ese punto, más que todo por un asunto de cautela y recelo, pero algunas veces solía dejarla lo suficientemente cerca para abordar de un salto ágil. Las luces titilantes y cálidas del Kraken se distinguían a la distancia. A esas horas seguramente estaban descansando en sus camarotes o tomando un buen trago de ron caliente. Dejó escapar una risa que se unía a canto provocado por el vaivén de las olas marinas.

A medida que se acercaba a su navío, clavó la vista cerúlea en la inmensidad de los mares norteños. No cambiaría nunca su preferencia por esas tierras heladas. Ni dejaría que ningún forastero se apropiara de las mismas. Todo aquel que osara con invadir el reino de Odín, tendría una muerte segura incitada por las garras del Gran Oso Nórdico. Una vez visualizado el punto exacto para tomar impulso, saltó como una bestia aterrizando en la proa de su hermoso barco. El Capitán había regresado a sus dominios.

De pronto una presencia familiar, quizá la más de todas, se acercó a la imponente figura de su señor. Torvi parecía que lo estuviese esperando porque en sus manos un plato con un filete de pescado estaba preparado. Se lo ofreció a la vez que ayudaba al hombre a despojarse de uno de los abrigos que cargaba encima. El joven de larga melena platinada le dedicó una mirada cansada, pero llena de calidez. Tomó con una mano desnuda el filete de pescado y literalmente lo devoró en cuestión de segundos. Estaba hambriento. Asintió en señal de aprobación.

¡Increíble, Torvi! ¿Qué artimaña has usado esta vez para cocinar algo tan bueno? —musitaba extasiado por el sabor, cuando la robusta mujer solo soltó una risa sorprendida. Le tendió su habitual cáliz y tomó un buen trago de ron para pasar la comida.
No ha sido obra mía, mi señor. La niña ha cocinado para todos esta noche.

Un brillo peligroso se adueñó de aquellos profundos orbes cerúleos en el rostro anguloso del hombre. Una vez terminada la cena. Bebió un poco más del ron y preguntó por sus hombres. ¿Dónde estaban metidas esas bestias? La mujer de edad le informó que al parecer habían empezado desde temprano a beber y el cansancio pronto hizo de las suyas. Soltó una carcajada insólita y exasperada. ¿Por qué todos dormían tan fácilmente excepto él?

Mi señor... la jovencita hoy ha tenido un encuentro con el marino Brennan   —la mirada preocupada de la mujer intentó mantener la calma mientras hablaba.
¿Con el sensible de Brennan? Creí haberle dicho a esa niña que mantuviera la distancia con todos —gruñó por lo bajo sintiendo la calidez del alcohol adormilar sus sentidos— ¿Y por qué? ¿Qué ha pasado? Ponme al tanto de todo, Torv.

Mientras la mujer le daba los detalles pertinentes de esos dos días fuera, se adentraba en el interior de las entrañas de su Kraken. Tuvo que reprimir unas risas infantiles ante lo que oía. ¿Acaso aquella niña tenía semejante lengua para hablarle de frente a sus hombres? Eso tenía que averiguarlo por su cuenta. Negó ante la posibilidad de un baño. Se había aseado en una de las posadas del pueblo y ningún combate le había provocado suciedad o sudor excesivo. Estaba —para sorpresa de cualquiera— limpio. Se despidió de Torvi y siguió su camino hasta la comodidad de su despacho. Los pasillos del barco yacían tenuemente iluminados por la luz otorgada de las velas y candelabros. Había estado extrañando esa sensación de confort y paz, así fuera por breves momentos ya que lo que se estaba avecinando no prometía nada de ello en el trayecto.

Entró en su despacho cerrando la gran puerta detrás de sí. Dentro la luz era poca, casi inexistente, por lo que tuvo que hacer un esfuerzo en encontrar un par de velas a la distancia y encender fuego para que todo quedara cómodamente iluminado. Lo que para su sorpresa fue hallar ese frágil cuerpo, blanco de porcelana, hecho un ovillo en su mullido sofá de cuero. Se impresionó al principio pero luego un suspiro exasperado fue a escapar de sus labios.

Retiró los guantes de sus manos y las botas de sus pies, sintiendo la frialdad de la madera bajo su piel desnuda. Aún seguía con sus ropajes de invierno perpetuo, pero nuevamente clavó su mirada azulada en aquella niña durmiente. Se acercó sin disimulo y posó su mano de proporciones mayores en la cabeza ajena, acariciando aquellos cabellos níveos y sedosos. Pensó en despertarla y llevarla hasta el camarote que le había preparado especialmente para ella días atrás, pero no hizo más que quedarse allí a gachas observando el rostro pacífico de aquella doncella tan pura y tan diferente a lo que él representaba en esencia, cuerpo y carácter.

Aura —la llamó apenas en un gruñido bajo, impaciente. Estaba un tanto acalorado por el viaje y el ron quemando en sus venas, así que si ella quería cuidarse debía pararse pronto y salir corriendo. Lástima que cada segundo que transcurría le parecía que no tenía escapatoria. Al menos no una tranquila y sin peligros de por medio. Una sonrisa torcida fue a parar en la superficie de su boca salvaje. Tenía hambre.
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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Jue 5 Jul - 22:36


— Aura —

Oyó entre representaciones oníricas. Su nombre sonó como la brisa de la borrasca invernal con la que soñaba; una cruda y típica tormenta del norte. De pie en un claro del bosque en el cual se había criado, contemplaba la simetría perfecta de los copos de nieve depositándose entre sus dedos. El frío que dejaban los diminutos fractales sobre su piel no era el de siempre, y tampoco la tempestad, aunque no pareciera extraña ante los ojos de cualquiera. El céfiro daba azotes a las copas de los árboles, resecas, dormidas. Era como un animal agonizando, ese temporal era llanto ¿Por qué el cielo sufría con tanta intensidad?

Una caricia gentil sobre sus cabellos, tal delicada pero tan presente, que la imagen inconsciente se desvaneció obligándola a retornar desde el mundo de Morfeo. Lentamente entreabrió los párpados, descansando el sosegado magenta de sus ojos sobre el cerúleo intenso en los orbes del señor del Kraken. Oh ¿era realmente él quien yacía agazapado frente a ella? Tal vez por la propia ebriedad del sueño, se permitió el lujo de contemplar las anguladas facciones del pirata, enmarcadas en el blanco satinado de sus cabellos; un poema de invierno, un suspiro de océano. Sin cavilar demasiado sobre sus propias acciones, extendió hacia el semblante del caballero, su mano diestra, la cual reposó cálida sobre una de sus mejillas.

Pareció sonreír, aún con la consciencia algo adormilada, lo tocó como quien roza un anhelo con la yema de sus dedos. — Klauser — Murmuró, casi tan bajo que apenas pudo oírsele. La mano izquierda siguió un camino parecido a la anterior, pero se desvió hacia su nuca y por fin, acercó su torso al ajeno abrazándolo con dulzura a la altura de su cuello. — Estás aquí… — Volvió a musitar. Había cosas que Auriel se prometió no controlar, y aunque no tuviera demasiada idea de lo que estaba sucediendo, algo, en lo profundo de su ánima, le impulsaba a hacerlo.

Se apartó suavemente, incorporándose en el enorme sofá sólo para dejarle lugar — como si no lo tuviera — junto a ella. Con una seña sutil lo invitó a acomodarse. Así, cuando el lord comandante del norte lo hizo con su acostumbrada pesadez, ella se escurrió sobre su regazo, tomando posición en sus piernas y refugiándose en la amplitud de su pecho como si fuese una niña pequeña. — Gran Oso de Odín — Balbuceó — te he extrañado. —



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Jue 5 Jul - 23:15

No dejaba de apreciar aquella figura como si de un cuadro creado por algún artífice se tratase. Y quizá no estaba tan equivocado del todo. Ella bien podría tratarse de una representación guiada por la bendición de los dioses. A diferencia de su propio reflejo el cual muchas veces podría estar manchado de sangre. Las manos de ella, que ahora lo estaban tocando, acariciando sus facciones duras y frías seguramente al tacto, estaban hechas para todos excepto para hacer daño. Soltó un suspiro grave porque recordó lo que se avecinaba. Aún así prefirió callar todo por los momentos.

No podía dejarlos por mucho tiempo, ¿o sí? —murmuró con cierta broma implícita, dejándose hacer con todos los ademanes de la niña. Se movía según ella lo deseara, a pesar de actuar con mayor torpeza y brusquedad. La calidez que podía emanar de aquella piel de porcelana era sorprendente. Todavía no dejaba de sentirse extrañado por la atención que la joven sacerdotisa le pudiera dedicar a él, un pirata desalmado, capitán de un navío lleno de bestias marinas.

Una vez cómodo sobre la suavidad del gran sillón de cuero oscuro, no pasó demasiado tiempo, apenas un parpadeo, para que la doncella se acomodara también —pero sobre su regazo—. Sus enormes brazos actuaron como acto reflejo y fueron a parar uno sobre la cintura y el otro en uno de los muslos. Sus grandes manos podrían —si querían— tomar por completo el cuerpo ajeno y hacerla pequeña entre sus dedos o garras salvajes. El amago de una sonrisa confiada apareció dibujándose en las líneas de sus labios al oír aquellas palabras suaves. Estaba tentándolo.

¿Ah, sí? ¿Qué has extrañado de mí? Soy todo oídos —inquirió en tono desafiante, demandando respuestas, mostrando aún más ese brillo peligroso en sus orbes cerúleos— Parece que te has estado metiendo en problemas —apretó un poco con fuerza el agarre en la cintura ajena a medida que su aliento, mezcla de ron dulce y sal marina, envolvía sus palabras afiladas. La tensión que había estado abrazando los músculos del Lord Comandante comenzaba a menguar y disiparse con el trato femenino. Ignoraba si fuera parte o no de sus habilidades. O si en vez de algún poder sobrenatural relacionado, se tratase simplemente de su presencia.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Jue 5 Jul - 23:58


La tranquilidad que invadía la escena, poco tenía que ver con cierta vibración eléctrica oculta bajo el velo de la calma. El musculado torso del pirata se le hacía exageradamente acogedor; era como si su silueta menuda encajara a la perfección con el cuerpo ajeno. Sintió el roce poco sutil, pero suave, de las manos que ahora descansaban en su cintura, y en uno de sus muslos cubierto por la seda desparramada del camisón. Ahogó un suspiro entre sus labios ante la sensación que le provocó la acentuación del agarre, luego de oír aquello de que se había metido en problemas. De no encontrarse bajo la cierta desinhibición que causaba el cansancio, posiblemente habría hecho más esfuerzo por ocultar las expresiones.

Elevó el semblante para contemplar la marea en los ojos del capitán, con las mejillas encendidas como dos pequeñas manzanas. Los dedos de su mano derecha recorrieron un delicado camino marcado por las costuras en la ropa sobre el pecho del mayor, deteniéndose antes de llegar a su cuello. — Brennan — ¿Estaba evadiendo la primera pregunta? ¿O el sueño le jugaba una mala pasada? — Brennan se burló de mí, todos se rieron. Me llamó “su majestad”, como si yo fuese la reina de algo. Me enojé y les dije que dejaría que se murieran por las heridas de batalla. Luego de la cena me trajo el papel, la tinta y las plumas. — Sonrió breve, casi infantil, como si aquello fuese una disputa de niños. Amenizaba las cosas, realmente no deseaba contar el drama con lujo de detalles, no porque la perjudicara, sino porque no quiso arrojarle sus problemas.

Pronto, su mente comenzó a hacerle caso a las señales enviadas por su biología. ESA era la primera vez que alguien tanteaba su cuerpo y aún más, lo sostenía con medida fuerza ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Por qué el de cabellos níveos era capaz de irrumpir en su natural serenidad con tales detalles? Al final, terminó por esconder el rostro en el pecho del lord comandante para poder responder — El navío no es lo mismo… sin usted. — No lo era, se notaba en cada minúscula cosa. — Hay demasiado silencio, es un silencio triste. Los hombres ríen poco y Torvi parece preocupada todo el tiempo. — Eso hablaba de la nobleza del hombre sobre el cual se acurrucaba. Volvió la mirada hacia su rostro, nuevamente — El Kraken no tiene alma si no se encuentra usted. — No quiso agregar más, pero la presencia de Klauser comenzaba a ser importante para ella a pesar de haber compartido pocas noches su espíritu lo vivenciaba con una familiaridad desconcertante, como si se conocieran de toda la vida.

— ¿Bebió mucho? — De repente, elevó ligeramente su cuerpo sólo para que su pequeña nariz alcanzara la cercanía de los rústicos labios del caballero, olisqueó. — ¿Está ebrio? — Cuestionó con inocencia. Clara inocencia, pues si habría que inyectarle barriles de ron a ese hombre para que se sintiera apenas mareado. Enarcó una ceja y relajó la expresión luego, acomodándose en su sitio nuevamente — Cuénteme sobre su viaje. —.



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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Vie 6 Jul - 0:38

Escuchó atento cada palabra y soltó un par de risas desenfadadas, dejando escapar aire entre sus colmillos como un cachorro divertido. Bestias, pensó refiriéndose claramente a sus tripulantes. Era de esperarse, aquellos hombres no estaban acostumbrados a que una niña de tal apariencia anduviese por cubierta y las entrañas del navío, compartiendo pensamientos e ideas inocentes. Sin embargo, en presencia del capitán nadie se atrevía a expresar bromita alguna; seguramente por el miedo o la extrañeza de la reacción que aquello provocase. El dorso de su mano derecha, la que reposaba en la mínima y escueta cintura, subió hasta el inicio de esa espalda y bajó repitiendo el movimiento un par de veces.

Vale, vale. Tendré que aclararles un par de cosas a esos vejetes... sin embargo, recuerdo que a ti también te dije que fueras cautelosa, ¿no es cierto? —inquirió levantando ahora un poco el cuerpo ajeno, simplemente jugando y acercándola más a sí— Así que papel, tinta y plumas. ¿Eso es lo que te gusta?

Ignoraba muchas cosas sobre el clero de aquel tiempo. Sobre lo que debía hacer o no una pequeña virgen entregada a la sabiduría y atenciones de los dioses. Probablemente el oso solo supiera de mares, viajes, guerras; pero a medida que se acercaba más a esa niña una curiosidad latente lo envolvía por esas formas sutiles, esa fragancia, esas telas y lo que podría esconder debajo de ellas. Sonrió una vez más, pues la astucia de Loki lo estaba poseyendo. Atendió entonces los comentarios dóciles y honestos sobre las "virtudes" del marino de aguas heladas. Meneó la cabeza, negando quizá para sí mismo que alguien pudiera extrañarle. Y cuando sus labios edulcorados por el aroma de ron rozaron la pequeña nariz femenina, una risa más salvaje acompañó a sus siguientes palabras.

El ron es como agua para mí. Créeme, no me quieres cerca estando ebrio. No si estás bajo las telas de una devota sacerdotisa, entregada únicamente a los dioses —murmuró y el filo de su lengua paseó por su labio inferior con intención de molestarla mostrando tales expresiones primitivas— El viaje... se avecinan tiempo difíciles. Fui a ver a su majestad, a su mano real y a los demás guerreros nórdicos. Me necesitan. Todavía no puedo darte detalles, pero lo haré temprano por la mañana, ¿entendido? Por ahora, atiende a tu señor. —Murmuró y clavó sus orbes sobre el rostro delicado. El brillo era tan intenso que podía encandilar a cualquiera que intentara sostenerle la mirada.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Vie 6 Jul - 1:26


No recordaba la última vez que recibiera una caricia sobre su espalda ¿Acaso la habían tocado así alguna vez? Lo dudaba severamente. Se dejó hacer, atenta a las palabras del capitán. Observó su semblante, cada ademán o expresión, porque así era ella de detallista. Cada dicción que brotó de los labios ajenos, atrevidos, del caballero, fue resguardada con atención. Tal así, que estaba dispuesta a responder cuando sintió como movía su cuerpo ligeramente, para acercarla a él. Auriel era un manojo de inocencia porque no había experimentado en carne propia muchas de las cuestiones mundanas. Entre ellas, yacían las relaciones interpersonales ¿Hasta dónde podía existir cercanía entre un hombre y una mujer? ¿Qué era o no considerado indebido? Se negaba fuertemente a hacer algo que pudiera ofender al gran oso. Al fin y al cabo, no sólo la había rescatado, sino que ahora, le brindaba cuidados.

A pesar de cualquier cosa que pudiera sopesar, los humanos también poseían instintos: rasgos biológicos espontáneos sobre los que se puede o no, tener control. Ella era una señorita de veinte primaveras, y tal vez su cuerpo no le respondiera de la mejor manera ante tanto estímulo nuevo incentivado por el pirata. Tragó saliva, desviando la mirada hacia el lado contrario, sólo un momento hasta que pudiera serenarse — Me gusta escribir, lo he hecho toda mi vida. — Rememoró los cofres donde había guardado sus compendios antes del incendio. — Klauser ¿Esto es lo normal? ¿Lo normal entre un hombre y una mujer? — Retornó por fin los ojos hacia él, contemplando el brillo que poseían los suyos ¿Por qué? — No soy tonta. He oído las historias de mis hermanas. En la congregación, estaba prohibido mostrar los rasgos físicos a los enfermos que acudían a nosotras. Decían que si nuestra feminidad era vista como algo deseable, el propósito de los dioses se perdería. Que la lujuria era peligrosa y nos volvía vulnerables a vivir diversas vejaciones. Era mejor que pensaran que éramos bestias o monstruos con dones, y no un grupo de mujeres dedicadas a servir. — Era la primera vez que dialogaba con alguien sobre aquello. — El templo era un refugio, para los abatidos y también para nosotras. —

Entrecerró los párpados, agudizando la mirada como si acaso algo muy básico hubiera hecho mella en su interior — ¿Atenderos? — Lentamente se paró, despojándolo de su cercanía. Sintió la fría madera en sus descalzos pies, detalle que la ancló a la realidad. Se detuvo frente al lord comandante, como si estuviese sentado él en un trono y ella fuese una pobre subordinada. Notó, que casi todo ese rato, “su señor”, había guardado entre sus labios una sonrisa a veces socarrona ¿Sería que también se burlaba de ella? ¿Cómo los demás? Hacia su espalda acomodó la extensa cabellera, momento en el cual desajustó las ataduras traseras de los ropajes, descendiendo la parte superior hasta que su escote fue notorio y los breteles de sus hombros resbalaron hacia los lados, desnudándolos. — ¿Atenderos cómo? — Cuestionó — ¿Con qué clase de mujer está acostumbrado a tratar? ¿Os creéis que soy una muchachilla en apuros que debe existir siendo el entretenimiento de un hombre de mar porque no posee otro recurso? — Casi deja caer la tela que la cubría, como señal de que no se sentía intimidada por él ni en su forma más vulnerable. — Puedo ser más fuerte que todos vuestros hombres juntos. No danzaré ante usted como una cortesana ¿Deseáis mi atención? Ganadla. — Espetó, con la formalidad en la voz suave. — Me habéis salvado y estoy agradecida, pero no seré una doncella tonta que desespere por vuestro aliento. — No por ahora, o tal vez, batallaba contra lo mismo que negaba.




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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Vie 6 Jul - 2:13

Cuando el frío del norte era tal que ni un abrigo de piel podría hacerte entrar en calor, la mejor manera era el roce entre pieles y palabras afiladas. ¡No podía creerlo! ¿Cómo aquella niña tan pura y virginal podría hacerle despertar los demonios que guardaba dentro de sí? Dejó que hablara, porque podía oír claramente cómo el corazón ajeno bombeaba sangre deprisa en ese pecho sutil y curvilíneo. Podía notar sin ninguna dificultad la calidez sonrosando esas mejillas pálidas a lo que solo pudo tragar saliva sintiendo la garganta seca. Necesitaba más líquido. Requería humedecer sus labios y desviar la mirada de aquel rostro aniñado.

¿Acaso he dicho que lo seas? Debe ser el ron que me provoca pérdida de memoria temporal y no recuerdo el momento exacto de la ofensa —inquirió imperante, áspero y en una muestra clara de "amenaza". No recordaba que la hubiera llamado tonta. Estaba jugando con fuego si pretendía hacerse la dura estando en los aposentos del capitán. De pronto notó cómo el ligero cuerpo femenino se alejaba de su agarre, el cual claramente había soltado al instante, y se ponía de pie, allí justo frente a él, quien no había abandonado su posición cómoda, solo que optó por cruzar las piernas y elevar los brazos hasta detrás de su cabeza, justo enlazando los dedos sobre su nuca.

Reprimió todo intento de sonrisa, fuera cálida o con motivos sucios, porque ahora le estaba clavando la mirada austera. Visualizó muy bien lo que hacía y lo que intentaba hacerle también. Esas telas finas cayendo bajo los níveos hombros, mostrando apenas más indicio de piel desnuda. Entornó la mirada y, aún estando sentado, era mucho más alto que la niña de pie. El porte del pirata combinaba muy bien las mañas de un joven que no solo conocía el sólido hielo bajo sus manos, sino también todo tipo de situaciones peligrosas. Luego de que la joven había concluido sus dulces, aunque firmes y un tanto osadas palabras, el guerrero resopló exasperado y con una intensa vitalidad que parecía incrementarse con los segundos que transcurría. Sí, esto era lo que le hacía falta.

Muy bien —musitó y se puso de pie de un salto ágil, dejando atrás la suavidad del mullido sofá de cuero negro. Con el dorso de su mano derecha retiró la capa de su abrigo, dejándolo ahora más libre y con sus pantalones oscuros y la camisa de lino blanca, adherida a su pecho— Así que no te interesa ni mi aliento ni nada más. Ni que te toque, ni que te mire, ni que te pruebe bajo esas malditas telas. Entiendo. ¡Ah! Pero creo que ha olvidado un detalle mínimo, milady. ¿No era usted la dueña de ese frágil y delicioso cuerpo que encontré durmiendo sobre la suavidad de mis aposentos? ¿Acaso no era usted la que andaba buscando mi olor impregnado en estas paredes y objetos? —una vez más alcanzó aquel rostro de seda entre sus manos, levantándolo hasta que pudiera verlo de cerca— ¿A quién mierda crees que le estás mintiendo aquí?

Ahora sí, el aliento dulce y salado en una perfecta combinación de esencias se escapó de sus labios mientras hablaba y la pasión se reflejaba con mayor intensidad en esos orbes antes cerúleos, ahora rojizos. Sus dedos acariciaron esas mejillas y esos labios rosáceos. La dureza de su cuerpo rozó la suavidad del ajeno y en cuestión de segundos soltó a la niña y se alejó de forma abrupta e insana.




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Re: — Calm.

Mensaje por Auriel el Sáb 7 Jul - 0:38


A pesar del suave tiritar de su cuerpo, se mantuvo firme. A pesar de que las caricias del caballero le quemaban la piel, resistió con vehemencia. A pesar de que el corazón parecía querer salírsele del pecho, no titubeó. Como animalito de presa, salvaje y asustado, pero presto a defenderse de ser necesario, yació estática los segundos en que el gran oso pavoneó su poderío delante de ella, llamándola mentirosa.

Elevó los breteles del vestido, acomodando las largas mangas sobre sus brazos una vez más ¿Por qué no parecía reaccionar? Sintió el viento de una pronta tempestad haciendo vibrar los ventanales en la habitación, y la espuma pálida salpicó en los vidrios repartidos. Cuando contempló el líquido resbalando sobre el cristal, entendió que lo que se acumulaba en sus ojos entrecerrados eran lágrimas. Vivenció las palabras del mayor como dagas hincándose en su esternón, algo que jamás había experimentado, algo desconocido que la abrumó por completo.

La ecuación podía ser simple para cualquiera que no estuviera cegado por el orgullo o la negación. Auriel no conocía del mundo, su vida jamás pasó por ella misma o sus sensaciones, teóricamente entendía lo implicado en las relaciones interpersonales, comprendía lo que era el amor maternal o el cariño sincero ¿Pero qué podía saber sobre aquella sensación de seguridad que le brindaba la presencia del pirata? ¿O el cosquilleo que le provocaba sentir su perfume inundando una habitación? ¿Qué claridad podía tener sobre la felicidad de verlo al apenas despertar? ¿Por qué, contemplar el azul profundo de los ojos ajenos comenzaba a volverse una necesidad? ¿¡Qué significado poseía el ardor en sus entrañas ante las caricias de sus manos ásperas por el trabajo!?

Tantas emociones entre sus dedos a las cuales no les encontraba una conclusión fácil, pero era inútil que negara que él se había convertido en uno y único; su espíritu de mujer deseaba ser la única entre las muchas féminas que él fuese capaz de poseer o haya poseído. Entreabrió los labios, trémulos, aún sin voltearse para perseguirlo o evitar que se alejara — No he mentido. — Murmuró. Quizá yaciera ya sola en el despacho — Una de mis hermanas me dijo una vez, que cuando fuese al bosque tuviera cuidado con los osos, los lobos o los linces, y que si tenía la suerte de toparme con uno, no temiera; ellos podían sentirlo. — El tono de su voz se mantuvo igual de suave que siempre, aunque llano, como si se encontrara abatida. — Tú no eres como un oso. — Afligió la expresión, sabiendo que no sería vista — Un oso podría haber sentido mi temor… o mi amor. — Logró construir con palabras lo que su consciente batallaba por negar, sintió el aire le era insuficiente, como si el corazón se le estrujara.

La fortaleza que debió reunir en ese breve espacio de tiempo no se comparó con nada que haya tenido que hacer antes. Volteó al fin, con el semblante en aparente calma, aunque su interior se arrebatara como la furia de la tormenta fuera. Encaminó sus pasos al escritorio donde dejó sus cosas, dispuesta a reunirlas antes de retornar a sus aposentos.



They say that...:
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Re: — Calm.

Mensaje por Klauser el Sáb 7 Jul - 1:20

No se había marchado. Estaba justo detrás de ese pequeño y frágil cuerpo. La veía desde la seguridad que le brindaban sus dos metros de estatura. Estaba lleno de ira contenida en su pecho de hielo. El tono de sus orbes empezaba a cambiar entre el tranquilo cerúleo al intenso rojizo en cuestión de parpadeos. Era por ella, era culpa de ella. Esa maldita niña le estaba provocando un sinfín de emociones, un torbellino inesperado que llegó y le arrebató la poca serenidad solitaria en la cual había decidido refugiarse. Tenía que ocuparse de su navío, de las tropas del reino y sabía que no tendría descanso. Que tarde o temprano estaría manchado de sangre y no podía desviar su atención del objetivo.

Pero no... los dioses habían decidido que el oso se topara con la presa más temprano que tarde. No sabe en lo que se está metiendo, pensó. No era la primera vez del hombre cerca de mujeres, deseando cuerpos, embriagándose. No, ya tenía experiencia de sobra; porque era parte de su naturaleza, de la naturaleza de un pirata desalmado. Y ahora, ¡era un chiste! Dejarse confundir por una virginal y pura sacerdotisa; él, un rufián de los mares norteños. Un guerrero sucio y de poco tacto. Soltó un suspiro grave, sonoro y desdichado luego de que la misma niña decidiera quebrar con el silencio tenso solo para provocarle una nueva sacudida al capitán.

Tomó a la niña del brazo y le dio la vuelta para que lo mirara. Fue allí cuando se dio cuenta de esas lágrimas amenazando con brotar de los orbes amatistas. No supo qué decir y sintió la exasperación carcomiendo su piel, sus entrañas y su fuego interno.

Auriel. No soy lo que tú crees. ¿Te asustan mis marinos? Yo soy peor que ellos —buscó intimidarla, apretando esa fina muñeca de porcelana entre sus dedos— Búscate un buen hombre en el pueblo. Sé buena chica y aléjate de mis garras pronto. Porque así como estoy aquí para salvarte, también puedo destruirte.

La soltó. Retrocedió unos pasos y alcanzó la pequeña caja que había traído para ella llena de sus vestidos finos. Se la ofreció sin más y su mirada salvaje se apaciguó en una muestra clara de resignación. Sus cabellos platinados cayeron sobre su anguloso rostro escondiendo de este modo las facciones del pirata.

Toma. Ahora márchate. Vete antes de que... no pueda detenerme —sentenció, brindándole la espalda a Auri y dirigiéndose a la puerta cercana que daba entrada a su habitación. Tanto su estudio como su cuarto personal eran un solo camarote unido, solo que por ambientes separados gracias a puertas escondidas. De ese modo, no sería fácil encontrarlo.




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