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— Mercy.

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— Mercy.

Mensaje por Auriel el Vie 29 Jun - 4:14



“Cuando los párpados pesados volvieron a abrirse, la luz del día casi la encandiló. La cama blanda bajo su cuerpo adolorido le asemejó una cuna. Se mecía suave, un arrullo arribaba a sus oídos, el tenue crujir de maderas al compás del vaivén sutil se le hizo sobrecogedor. La sal se pegó a sus labios al suspirar profundamente y pudo percibir su característico sabor al humedecerlos.

La calidez la abrumó ¿Sería aquello acaso, el hogar de los dioses?

Cuando la consciencia, recelosa, despejó paulatinamente sus pensamientos, giró el rostro hacia el otro lado de la habitación donde pudo ver sus tres cofres y todo cobró parcial sentido. Rememoró el incendio, sin embargo, no entendía lo que estaba sucediéndole.

¿Yacía en un barco? ¿Cómo había llegado allí? (…)”

Gracias a que habitualmente sus sueños eran erráticos, sopesó que lo que estaba experimentando no era más que otra de sus simbólicas representaciones oníricas. No podía encontrarse en otro sitio que no fuese el templo a menos que los dioses creyeran que era el momento de arrebatarle la existencia en el plano terrenal. Tal cuestión sumada al estrés que sufría su biología por el humo aspirado y demás causas y consecuencias del accidente, la llevaron a restarle sentido a lo que no debería tenerlo. La confusión se encaprichó con su consciente y volvió a dormir sin remedio.

Casi media noche —

Sin previo aviso, sintió como el velo sobre su rostro le era arrebatado. El susto la pateó de tal manera que le cortó la respiración, despabilándola de un sobresalto. Automáticamente su torso se irguió sobre el lecho hasta que estuvo sentada. Tensa, vivenció el extraño y acelerado palpitar de su corazón. Sus ojos se posaron en la pared de madera delante, estáticos, como los de una presa al divisar un depredador. Entonces, poco a poco la coherencia retornó a sus pensamientos. Entendió mejor; todo lo que había acontecido más temprano era cierto, no estaba soñando, no.

Sus pequeños dedos rozaron con cierta reticencia la tela que cubría sus facciones, asegurándose de que allí estuviese, aún pudiendo notar la turbiedad ante sus orbes. Estaba bien, seguía envuelta en sus ropajes habituales. Exhaló con profundidad, procurando que los músculos de su silueta se relajaran, debía ahondar en sus pensamientos << ¡Concéntrate! >> Imposible ¿Cómo hacerlo? ¿Realmente su hogar se había incendiado? ¿Dónde iría? ¿Qué sería de ella que no había sido “libre” realmente, nunca? Lo más intrigante de todo ¿Cómo fue que terminó en lo que parecía un camarote?

Aún podía sentir el aroma a quemado.

Su atención se desvió hacia la tela de su túnica; primero las mangas, luego las piernas, las hebras del tejido se habían chamuscado por doquier. La vela encendida en el recinto le permitió observar con frustración, el blanco de su piel asomando por los agujeros y rasgaduras. También necesitaría algo que ponerse ¿tenía sentido acaso, seguir ocultándose bajo todo aquello? Un escalofrío recorrió su espina dorsal; estaba acostumbrada al gélido clima del norte, pero por extraño que le resultase, esa noche parecía pesarle más.

Despojarse de todo y avanzar sería una tarea difícil. Tal vez por lo abrupto de la situación, su nivel de confianza no se encontraba en un estado óptimo. Cientos de preguntas existenciales se aglomeraron en su fuero interno colmándola de confusión. Flexionó las piernas y las pegó a su pecho, abrazándolas, recargó de lado el rostro en sus rodillas. Al fin, sus labios se entreabrieron y el suave tono de su voz se oyó como un susurro en la brisa.

— Ten piedad. Quítame esto que me oculta y arráncame el temor. — El talante de su dicción pareció disiparse ante la angustia que cerraba su garganta. — Que la soledad no me consuma. —

Tal vez, los dioses la oirían.




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Re: — Mercy.

Mensaje por Klauser el Sáb 30 Jun - 2:12

Pocos días apenas habían transcurrido de haber sido presentado formalmente con su señor; todo en una tarde de tormenta. En su formado brazo derecho yacía una gruesa cinta roja indicando su actual puesto como Lord Comandante de aquellas tierras vastas y heladas. Dorian había sido duro, no podía estar más agradecido con aquel encuentro en época de penurias. Bajo su determinación estaría capacitado para liderar las tropas de Su Majestad Sverak. ¿Temerían por sus cuellos si el Oso de Odín perdiera los estribos en el campo de batalla? Un pacto con sangre había sido sellado. No podía dar marcha atrás. Su destino por los dioses había sido elegido. Sin embargo, el invierno se acercaba. Las pruebas de tormentas feroces yacían sobre los bosques altos del reinos. La nieve era más fría y cruel con el devenir de los días. Y la pesca se estaba complicando. La caza necesitaba de guerreros fuertes y cazadores natos. La vida en el Norte solo era para los más fuertes.

Aquella catástrofe seguía tan presente en su piel, incluso de forma literal puesto que sus manos habían resultado con algunas quemaduras por las llamaradas. El sonido crepitando continuaba zumbando en sus oídos. Todo había sucedido de forma abrupta e inesperada o, al menos, así percibió. Se encontraba en una de sus fases más salvajes, entrenando en el bosque, justo cuando el olor inconfundible del fuego lo alertó. Tuvo que hacer uso de sus habilidades para encontrar ese pequeño oasis en las profundidades del amplio bosque norteño. Cada cosa cuanto el fuego tocaba empezaba a incinerarse sin aviso, sin pausa, sin piedad. El enorme hombre usó aclimatae y las llamas pararon. No obstante, nada había podido salvarse. ¿Llegó demasiado tarde? ¿Y si él no hubiera estado en el reino? ¿Si se hubiera encontrado en uno de sus largos viajes? ¿Quién habría salvado aquel cuerpo cubierto de telas que ahora reposaba inconsciente sobre sus brazos?

Solo sabía que había salvado una vida. Y que no podía cavilar más o reparar en las consecuencias de sus actos. El fuego continuó brillando en sus recuerdos y el ardor en sus garras.

(...)

La luna reflejaba una hermosa tonalidad entre azulada y plateada, muy parecida al cerúleo de sus ojos cuando estaba en calma. Y justo esa noche estaba en paz. El Kraken, imponente y sagaz, navegaba con suma tranquilidad por las aguas heladas de los alrededores cercanos al reino. Era uno de sus paseos favoritos. Lejos de las revueltas comunes en Asgard. Justo en esa fría noche los hombres del capitán habían decidido visitar sus hogares en la capital. Por lo que el abino de austeras facciones quedó solo en el enorme navío... solo con aquel cuerpo desconocido descansando sobre una de las camas blandas −de las pocas que tenían− en uno de los camarotes.

Un par de veces había visitado la habitación, pero en cada una ese pequeño bulto seguía dormido bajo un puñado de telas. Por lo que se marchaba sin hacer casi ruido, ensimismado en el remolino de sus propios pensamientos. Ahora el reloj marcaba las doce; medianoche y la nívea luna estaba en su punto más alto. Se encontraba de pie, dentro de aquella habitación a oscuras, iluminada tenuemente por el brillo lunar. El vaivén de las olas mecía la madera del barco; movimientos que le encantaban desde que era tan solo un crío abandonado y confundido.

Suspiró, desistiendo y a punto de salir nuevamente para perderse en los pasillos de su barco, cuando se quedó estático al sentir el roce de las mantas seguido de unos murmullos suaves provenientes de aquel manojo de telas. Una súplica fue lo que alcanzó a oír y como si no entendiera de recato o decoro caminó dando zancadas y con el dorso de su mano izquierda despojó los tejidos que cubrían el rostro ajeno. Tuvo que tragar con fuerza para asimilar lo que yacía frente así.

Nadie teme en mi barco. Has sido salvada por el capitán. Ahora dime, ¿quién eres? ¿Y a qué le temes? −palabras duras dignas de un rostro tan afilado y osado. Más sus ojos cerúleos la estaban observando con cierta conmoción. Y en sus labios finos una sonrisa sincera se dibujaba. No sabía quién de los dos podía sorprenderse más por el aspecto del otro. Puesto que el pirata cargaba su confiable abrigo de oso polar, otorgándole un aire salvaje e indomable.




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Re: — Mercy.

Mensaje por Auriel el Sáb 30 Jun - 3:31



Antes de que pudiera siquiera continuar ahogándose en el océano de sus preocupaciones nuevas, el destino volvió a tomarla por sorpresa. A sus oídos arribó el tosco sonido de unas pisadas y al voltear para elevar el rostro, aún sentada sobre el lecho, el velo que cubría sus facciones juveniles se descubrió al pasar de una mano que no por grande, bruta. No percibió aquello como una invasión a su espacio personal, tampoco se sobresaltó, puesto que el amatista de sus orbes supo descansar prontamente sobre el cerúleo de aquel caballero encorvado delante de ella.

Los dioses la habían oído sin duda, porque la sonrisa sobrecogedora sobre los labios del otro no podía denotar malicia alguna. No le temió, pues el azul profundo en aquellos ojos la remontó a la parsimonia que le otorgaba el vislumbrar al claro de luna reflejar sobre la nívea nieve en los jardines del templo donde creció. Impávida pareció un breve instante, antes de que su propia extremidad diestra, pequeña y tibia, sujetara la muñeca del mayor sin permitir que la descendiera.

Era alto, sobre sus hombros anchos la piel de un animal. Menuda voz grave y segura, que acunó sus sentires alborotados un momento, tal como mecía el mar el suelo donde se encontraban. La visión le agradó, porque a pesar de no saber racionalmente quién era él, pudo sentir un manto de calma depositándose sobre su espíritu un tanto abatido. Realmente las deidades la creyeron merecedora de obsequiarle un guardián que resguardara su nimia existencia ¿Quién era ella para merecer tal privilegio? ¿Quién era ella para ser salvada?

Aún no lo había soltado, cuando el terciopelo de sus labios se entreabrió para musitar — Eres como un gran oso. — Podría sonar ridículo, pero para ella tenía mucho sentido. Se interrumpió, para retornar su atención hacia la rústica mano que sujetaba, apropiándose de sus detalles rápidamente; además de los callos y la aspereza obvia, notó algo más ¿Eran esas quemaduras? Sus párpados cayeron a media asta y su expresión pareció afligirse; era su culpa. — Que Sjöfn me permita sanarlo, pues mi estupidez ha lastimado a uno de los hijos de Odín. — Para la imponente figura masculina tales magulladuras podían parecer una tontería, pero en ella recaía la amarga sensación del error.

Su extremidad siniestra se elevó para, con la yema de un dedo, recorrer una a una las laceraciones y mientras se dignaba a responder lo primero que se le había preguntado, un suave destello violáceo se extendió entre ambas pieles. Como una minúscula bruma que pudo percibirse por la tibieza que dejaba al cerrar las heridas. — Auriel me llamaban, también Aura. — Concentrada en lo que hacía, reanudó — Temo, porque el temor nos hace fuertes ¿Qué más podría haber hecho luego de perder la seguridad del templo? Pero los dioses han sido benevolentes. — Al concluir, exhaló entrecortadamente y aprovechando el agarre, lo jaló con suavidad para invitarlo a sentarse junto a ella. Cuando estuvo cerca, lo liberó.

— ¿Por qué has arriesgado la vida o la integridad, para sacar este cuerpo de las llamas? — Ahora, era ella quien había decidido descender la capucha del manto, liberando la extensión de su cabellera, tan blanca como la ajena — No me preguntes sobre el mundo, porque no lo conozco. Era una simple sacerdotisa de claustro y ahora… — ¿Ahora qué? Cerró los labios un momento, antes de proseguir — ¿Cómo puedo llamarlo? ¿Cómo he de agradecerle? —



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Re: — Mercy.

Mensaje por Klauser el Sáb 30 Jun - 18:00

Cualquiera sabía que el oso era sinónimo de inmutabilidad. Más algo en ese rostro femenino lo estaba conmocionando. Tuvo que desviar la mirada a otro punto en la habitación tenuemente iluminada e intentar mantener cierto control sobre sus acciones. No hacía nada que había estado ante la presencia de su señor y ahora esto. Se comenzaba a preguntar por aquello que los dioses le tenían preparado en la continuidad de sus pasos. El camarote seguía meciéndose con ritmo suave y el crujir de la madera bajo sus pies cubiertos por el cuero negro de las botas envolvía el ambiente en un vaivén de sonidos naturales.

Sus orbes cristalinos, azulados como el cielo nocturno, brillaban con cierta intensidad. Más tuvo que enfocar su atención una vez más en la pequeña figura puesto que ahora el tacto cálido de su mano había osado tomar la aspereza de sus dedos, grandes y asimétricos. Los músculos de su torso, brazos y hombros se tensaron dejando ahora ver detrás de la transparencia de las telas que cubrían su cuerpo abismal las marcas de la guerra. Cicatrices dignas de un hijo de Odín.

No pudo evitar enarcar una ceja poblada de sus facciones ante aquel comentario. Esa niña de los dioses había acertado con aquella comparación. ¿Acaso también las sacerdotisas sabían quién era el Oso de Odín?

Así me dicen. —Confesó asomando uno de sus colmillos blancos bajo la curvatura de su sonrisa confiada. Se quedó quieto ante los roces suaves de aquella chiquilla sobre la rusticidad de su piel. No dijo nada al darse cuenta que ella estaba revisando sus heridas. Por supuesto, para él no significaban nada más allá de pruebas de su ferocidad. Era como tomar agua, como apreciar la luna por las noches sobre Asgard. Quemarse o recibir daño alguno ya era parte de sí mismo. Resopló ante aquella pesadez que comenzaba a percibir por la jovencita de apariencia virginal.

Estuvo a punto de soltarle otro comentario afilado pero la energía violácea que de ella emanaba lo abatieron por unos escasos segundos. ¿Quién era esa hechicera? La excitación en sus orbes cerúleos se acentuó con mayor intensidad. Así que Auriel, así que Aura. Así que una sacerdotisa al servicio de los dioses, pensaba en cada información dada y recibida. Esa pequeña estaba tentando su suerte al seguir tocando al enorme hombre e invitándolo a sentarse a su lado, sobre la comodidad de una suave cama. ¿Acaso no se daba cuenta que estaba ante un hombre de apetitos voraces? ¡Era un peligro, por Odín! La astucia de Loki podría poseer su espíritu salvaje en cualquier momento si seguía recibiendo aquellos roces, aquel tacto. Suspiró con sonoridad una vez suelto el agarre femenino.

Seguramente Freyja te ha estado protegiendo todo este tiempo —murmuró con cierta complacencia y profundidad en su timbre de voz— ¿Aura? ¿Auriel? Debes indicarme un nombre. ¿O acaso hay momentos precisos para cada uno? —Loki estaba abrazando el cuerpo de Klaus en aquellos momentos. Tomó otra bocanada de aire gélido y exhaló más tranquilo— Mi vida está hecha para arriesgarse en cada paso que doy, pequeña. Saqué tu cuerpo de las llamas sin saber que una niña de los dioses estaba bajo ese puñado de telas. Tu voz entre murmullos pedía auxilio. Yo solo respondí ante aquella petición.

Cuánta delicadeza y belleza sin ser tocada. Todo indicaba que aquel ser ignoraba la crueldad del mundo. ¿Benevolencia por haber sido rescatada por sus garras? Dudaba realmente de ello. Ahora lo que notó es que ambos estaban sucios. No solo en la vestimenta, sino que en la piel de ambos muestras de humo y suciedad eran expuestas. A él realmente le traía sin cuidado, pero tal vez ella quisiera reparar esos detalles— Klauser. Ese es mi nombre —murmuró y se levantó para tomar lo que parecía ser unos ropajes doblados en una esquina. Le había pedido el favor a Torvi, una mujer robusta y austera que se encargaba de algunas cosas de limpieza y cuidado en el Kraken bajo la petición de su capitán. Ella le debía favores, así que para él no había mejor forma de costearlos.

No es nada a lo que probablemente estás acostumbrada. No sé lo que Torvi haya conseguido para ti. Pero algo es algo. Ahora acompáñame. Luego hablaremos del pago —sonrió con astucia y en sus orbes un brillo peligroso dedicó a la niña. Ella tenía razón, el miedo nos hacía más fuertes.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta del camarote. Afuera en el pasillo las luces de los candelabros brindaban cierta calidez de ensueño. A tan solo unos pasos aguardaba la familiar Torvi con cara de pocos amigos. Observó a su capitán y le indicó que todo estaba listo. Una habitación más pequeña que la anterior, pero igual en términos de comodidad. Era el baño y dentro aguardaba una bañera con agua caliente. Esencias aromáticas de sales marinas impregnaba la estancia. Se apoyó al lado de la puerta pero fijando la vista al final del pasillo contrario. Era toda la privacidad que le daría por esos momentos. Esperaba que ella lo hubiera seguido.




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Re: — Mercy.

Mensaje por Auriel el Lun 2 Jul - 5:31


Oh no, sus labios, tan suaves como la piel del durazno no se abrieron de inmediato. Contempló, como quien se apropia de los detalles de una obra de arte, cada gesto, ademán y movimiento del hombre que la había rescatado de las llamas. Era avezada observadora, deseaba hacerse dueña de cada detalle de aquel caballero y sólo existía un motivo en tal hazaña; conocerlo. Sintió tranquilidad cuando el timbre de su voz coronó el nombre de “Fredja”, con la consecuente reflexión. No sabía qué entidad divina se encargó de mantenerla lejos de la muerte todos esos años, tampoco conocía el motivo, pero yacía profundamente agradecida con lo que consideraba una enorme bendición. Por eso, cuando quien ahora se hacía llamar “Klauser” le pidió que lo siguiera, se puso de pie, tomando las prendas dobladas que le ofrecía y por fin, andando tras sus pesados pasos.

Una vez en el pasillo, su atención pivoteaba entre las paredes de madera, la tenue luz de los candelabros y la espalda del Capitán, al menos hasta que una mujer se hizo presente ante ellos. Deslizó la yema de los dedos sobre las telas de las ropas que le habían sido conseguidas; pudo sentir su suavidad, no resultó una elección al pasar, quien las escogiera lo hizo con cierto sentimiento: Tal vez Torvi fuera empática, tal vez quería verdaderamente al dueño del barco. Por ello, inclinó el rostro en señal de respeto y agradecimiento al verla. — Gracias. — Un murmullo, casi efímero, pero lo suficientemente audible para que la dama la oyese.

Se le indicó la entrada al siguiente recinto y obedeció. De inmediato, la cautivó el aroma en el vaporoso ambiente ¿Esas eran sales de baño? Leyó sobre ellas, en el templo muy escaza vez podían disfrutar de esencias. El semblante sobre su rostro se iluminó como el de una jovencita apreciando el más bello de los tesoros. Aura era feliz con simplezas, cosas como esa, un baño tibio. Ni tonta ni perezosa, dejó las ropas limpias sobre un banquillo y comenzó a deshacerse de los harapos que vestía. Yacía tan absorta en sus pensamientos que no reparó en lo que estaba haciendo.

Debajo de la capa pesada y corroída, llevaba lo que parecía ser algo semejante a un camisón blanco, amplio por donde se lo viera. A pesar de no remarcar ningún atributo, si se era observador, podía denotarse la curvatura de su cuerpo al ser iluminado por la luz de tantas velas. Justo cuando comenzaba a elevar dicho despojo de tela sobre sus muslos para arrojarlo a un lado, cayó en cuenta de que a sus espaldas se encontraba un hombre. Entendía que no era decente mostrarse así, tal vez por ingenuidad, tal vez por crianza. Sintió el calor alborotarse en sus mejillas, y no creyó que fuese causado por la candidez en la habitación.

— L… lo siento, lo siento. — Repitió. — No quise… . — No se volvió hacia él inmediatamente puesto que simple y llanamente le daba vergüenza su propio accionar impulsivo. Solía ser así, y más ante las nuevas situaciones. — Mis hermanas… mis hermanas decían que los hombres no podían ver jamás nuestros cuerpos, que era indigno. — Así que por un instante la paralizó la idea de volver a hacer algo que no se esperaba que hiciera. Al final, cruzó los brazos sobre su propia silueta y se giró para ver a Klauser directamente, allí, de pie en la puerta.

No estaba mirándola, él simplemente no… y con toda la inocencia que la caracterizaba, murmuró — ¿No te da curiosidad saber cómo es el cuerpo de una mujer? — Claramente, para ella no era algo común y corriente, así que habló como si pensara, y de hecho lo hacía, que ese gran hombre podría no saber cómo era una fémina. Una broma bastante buena a decir verdad, cualquiera pudiera reírse un buen tiempo sólo recordándola. Qué tonta era — Olvídelo mi lord. — Y puesto que confiaba que no la miraba, avanzó algunos pasos hacia la gran tina de madera y rozó la superficie del agua cálida con la yema de algunos dedos. — Torvi… — Recordó su nombre. — Hay algo que la aqueja ¿Sabe qué es? Creo que es un dolor corporal. — Volvió el rostro de lado para apagar la vela más próxima a sí, y por fin se deshizo de la prenda blanca, exponiendo la piel de su espalda a la tenue luminosidad cercana. Tal vez podría verse con detalle, tal vez no, pero no existía en ese lienzo pálido marca alguna, un trozo de seda jamás trabajado.

Uno a uno introdujo los pies en la bañera, inclinándose y sentándose luego. Fue imposible no sucumbir ante la hermosa sensación de la calidez recorriendo cada célula de su cuerpo. Relajó la musculatura y se hundió algunos segundos. Cuando emergió, acomodó su cabello hacia atrás y regresó la vista hacia el peliblanco más allá. Había rememorado una pregunta — Originalmente soy Auriel, pero algunas de mis hermanas me llamaban Aura cariñosamente. — Descansó la espalda contra una de las paredes de la bañera, cabían como tres de ella allí dentro, eso le dio curiosidad. — ¿Por qué es tan grande esto? — Era tal el alivio que vivenciaba, que sus párpados se entrecerraron sin remedio. Guardó silencio un buen rato, presa del perfume de las sales, antes de volver a hablar. — Gracias… — Susurró. — Gran Oso, por la mañana partiré, necesito saber cómo puedo pagar todo lo que ha hecho por mí. —



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Re: — Mercy.

Mensaje por Klauser el Mar 3 Jul - 4:50

Las sales marinas eran su fragancia favorita. Cada que ese aroma impregnaba el ambiente sabía que estaba en casa. Sabía que estaba cerca del mar y, con suerte, poder perderse en sus profundidades. Mantuvo la mirada hacia donde ese largo pasillo perdía el nombre y la oscuridad se apoderaba de su campo de visión. Percibía el gesto de reproche por parte de Torvi, pero ignoraba estos detalles como de costumbre. No era como si estuviera haciendo algo indebido. Había salvado con sus propias manos —o garras, según la preferencia de cada quien— aquel cuerpo que ahora se desnudaba frente a sí.

Y fue entonces, como ante los comentarios inesperados de aquella chiquilla, que él desistió —para mayor enojo de la robusta mujer, testigo de la escena— de sus "buenos" tratos. Giró la cabeza de forma brusca y clavó su mirada ahora rojiza, orbes carmesíes sobre la figura femenina, desnuda y virginal. Cuando la tonalidad de sus ojos cambiaba era porque su parte más animal amenazaba con salir a flote. Aunque solo fuera un pequeño aviso.

No hizo mucho caso de sus disculpas y simplemente repasó el cuerpo de la niña de forma descarada. Cada curva sutil justo antes de quedar bajo el agua. No era, efectivamente, como si antes no hubiera apreciado otros cuerpos. Sin embargo, nada nunca supo capturar su atención de esa forma. Quizá porque aquella desnudez venía acompañada de palabras sinceras y sin tapujos. Hecho que provocó la aparición de una sonrisa sagaz en sus fríos labios. Caminó con paso decisivo mientras se acomodaba para responderle a la pequeña.

Me dio curiosidad saber cómo era tu cuerpo en específico —musitó y Torvi tuvo que carraspear la garganta a lo que el albino reaccionó con una risa desenfadada— Le agradas a Torvi —confesó y con el dorso de su mano izquierda se despojó de su enorme abrigo blanco e  imponente. Él también estaba sucio y no pensó realmente lo que iba a hacer a continuación. Por alguna extraña e inexplicable razón, todo lo que ocurría en ese momento —con esa niña— le parecía natural. Lo sentía así. Su enorme y definido cuerpo quedó desnudo tras quitarse finalmente las prendas que cargaba. La bañera de roble era lo suficientemente grande porque en realidad era propiedad personal del capitán. Allí, donde ese frágil cuerpo reposaba, era justo donde el corpulento hombre tomaba sus baños.

El contraste de ambas pieles era insólito. A diferencia de esa suavidad pálida de la sacerdotisa, cual terciopelo al roce, la del guerrero estaba llena de cicatrices transparentes y algunas marcas más recientes, rojizas y ardientes. Cada músculo estaba trabajado con sudor y sangre. Sus piernas, brazos y pecho parecían de hierro por la aparente rudeza. Sus cabellos blancos, platinados, cayeron lacios sobre su torso hasta debajo de los muslos. Una vez esa niña estuvo dentro del agua tibia, él también entró, solo que de forma más rústica, claro estaba. Ahora yacía allí compartiendo el baño. Justo frente a ella. Pudo sentir el tacto apenas de las piernas ajenas, ya que a pesar de la amplitud de la bañera, él era demasiado grande.

No tuvo reparo alguno, ni consideración. Estaba sucio y necesitaba un baño para intentar dormir tranquilo. Además, le vino en gracia desnudarse de esa forma frente a la pequeña niña de los dioses.

Aura —la llamó— ¿Nunca has visto el cuerpo desnudo de un hombre? ¿Siquiera habías visto uno alguna vez? —Torvi por decisión propia los había dejado solos luego de calentar aún más el agua. Intuía que su señor terminaría rápido con el baño, por lo que seguramente regresaría a llevarse a la niña pronto— Así que te marchas. Bien, me parece muy inteligente. ¿Y adónde vas a ir, dime? No sabes nada del mundo, ¿o sí? Morirías si te atrevieras a bajar de mi barco. No durarías ni un día. Dudo que la protección de Freyja pueda contra el hambre de los depredadores del Norte si te encuentran. Así que no. No te irás. No me harás bajar de mi Kraken en la mañana a buscarte —resopló y tomó la muñeca desnuda de la niña, acercando aquel cuerpo sin piedad al suyo— ¿Dijiste que eras sacerdotisa, no? Estás frente al Lord Comandante de Su Majestad Sverak. Me atenderás por los momentos. Es todo lo que necesitas saber. Termina tu baño ahora. Y regresa a la cama a dormir.

Había dicho todo lo que tenía por decir. Así que solo tomó aquel mentón delicado con su mano derecha y clavó sus orbes rojizos en la mirada amatista. Torvi estaba por llegar y tomar a la niña. Él, por su parte, había soltado el agarre, poniéndose de pie, brindándole la espalda y listo para partir.




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Re: — Mercy.

Mensaje por Auriel el Jue 5 Jul - 2:20


Allí estaba, como ninfa en el agua. Había comenzado a juguetear con el líquido entre sus palmas, viendo como éste, vaporoso, se desdibujaba entre sus dedos. Incluso se dio el breve lujo de mover sus pies como si fuese a chapotear. Sí, con qué poco podía hacerse feliz a esa criatura “de los dioses”. Estuvo dispuesta a hablar, por lo que elevó el rostro, dándose de lleno con la silueta semi-desnuda del capitán. Sus labios se entreabrieron ligeramente y, como era de esperarse, un rubor intenso pinceló sus mejillas. Algo le decía que debía, DEBÍA imperiosamente esconder la mirada en cualquier punto no relacionado con el peliblanco mayor. Pero en primera instancia, no logró ganar la batalla contra su instinto, ese que le decía: “Hey, mira, es un macho de tu especie”.

Al final, arrugó el ceño – cosa poco frecuente en ella – y giró el rostro a un lado, hasta que sintió que se acomodaba en la bañera junto a ella. Era peculiar, pues, por un lado, ciertos sentires la llevaban a tomar aquello con demasiada naturalidad y justamente era por ese motivo que se alarmaba. Titubeó, pero habló — N-no, yo no he visto nunca uno. — Tampoco se había dado el lujo de vislumbrar cada detalle del gran oso, pero no podía negar que era bello a la vista; intentó encontrar una comparación pero no lo logró. Suspiró con profundidad al sentir aquel roce por el lateral de una de sus piernas, demasiado sutil como para negarse a ello.

Estaba bien, comenzaba a serenarse cuando un sinfín de palabras graves azotaron sus pensamientos y no conforme con ello, una mano áspera la arrastró desde su muñeca, acercándola irremediablemente a la silueta del osado caballero ¿Qué podía decirle luego de que soltara todo eso? ¿Qué era el Kraken? ¿Cómo se llamaba ella? ¿Quién era? ¿Qué se suponía que hacía aquel que sostenía su mentón con tanta soltura? Así de confusa se encontró su mente, sin lograr elaborar una respuesta coherente. En un día le habían sucedido demasiadas cosas nuevas, cualquiera en su lugar habría colapsado apenas habiéndose despertado en un barco como ese.

Oh, barco. Sí, el Kraken era el navío, ella era Auriel, una sacerdotisa, y aquel que compartía la tina con ella, que ahora le daba la espalda y no obstante, órdenes, era el Capitán y Lord Comandante del Rey ¿De su Majestad Sverak? Casi le da un síncope. Tragó saliva y desdibujó toda su conmoción, fingiendo con maestría – porque a veces lograba cubrir sus emociones – que allí nada pasaba. Volvió a recostar la espalda sobre el borde de la bañera, aún no saldría. — He comprendido, mi lord, usted necesita de mi persona en éste barco. — No era exactamente lo que el mayor había dicho, pero tuvo la fugaz idea de procurar “picarle” un poquito, en venganza por el momento extraño que le había hecho vivir.

Él se retiró, ella permanecería allí hasta que el agua se enfriara o Torvi apareciera a buscarla. Los músculos de su cuerpecito se aflojaron de forma instantánea: ¿Realmente viviría allí? ¿Siempre sería un vaivén de emociones aquel mundo libre? Tenía que moldear su temple si no deseaba que los leones se la tragasen viva, o en cuyo caso, el OSO.

La mujer de mayor edad hizo presencia en el cuarto de baño y la sacerdotisa se puso de pie sin pena alguna por obvias razones. Fue envuelta con un toallón casi tan maternalmente como había sucedido en su residencia santa, cuando niña. Volvió la mirada entrecerrada y cristalina hacia Torvi y sonrió con dulzura ante el gesto de la fémina. — Torvi, preparé algo para el dolor que te aqueja, lo prometo. — Murmuró. Más la respuesta que obtuvo fue inesperada — Primero, deberá dejar de temblar señorita. — Tiritaba, y no de frío, apenas caía en cuenta. — No le tema. — Agregó la contraria, a lo que ella sencillamente asintió, compartiendo aquel momento personal con la dama, tal y como solía hacer con sus hermanas en los viejos tiempos del templo.


Mi lord:
Nos leemos en el siguiente tema.



They say that...:
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