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Donde el mar nos observa

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Donde el mar nos observa

Mensaje por Deimos el Vie Abr 13 2018, 04:03

Sentido bajo el pésame constante de un destino incalculable ante la mirada de cualquiera, las placas metálicas eran marcadas a cada paso en la arena mientras el atardecer comenzaba a cubrir con los primeros vientos previos al manto nocturno toda la tierra que se alzaba por encima de los mares. El presagio de una Guerra era evidente, un peso en incremento hacia los hombros de todos aquellos que se hacían llamar Gobernantes a si mismos, donde destinarían a hombres que jamás tomaron un acero a llevarlo en contra del que porta la misma cantidad de sangre, pasiones, sueños y frustraciones; una ironía digna de los Olímpicos, como aquella que tocó a la hija de Idmón hasta convertirla en una bestia horrenda ante los ojos de mortales como una muestra de lo que el capricho de Atenea llegaba a realizar , y todo por una evidencia tan clara. Dulce Aracne, fue bella hasta que tomó el suicidio, evidencia de las malas obras de aquellos que se llamaban justos a si mismos pero que en realidad realizaban el peor de los adulterios, transmutando el pecado a rutina misma.

Entonces suspiré ante los vientos de renuevo sobre el cuerpo, una invitación informal de la Madre Tierra al descanso sobre su cuerpo cual amante que a miradas humanas era sinónimo de una ramera sin real valor. - No, Gea es en realidad la más bella - intenté concluir, sentando el cuerpo sobre una plana piedra sobre la arena, quedando a tan sólo centímetros de donde la marea podía arrastrar el agua a su máxima altura. El aroma de la marea salada apoyaba mi resolución ante la belleza de una dama indomable, sentir aquella paz ajena a lo que un Reino ahora activo podía volver manso al más salvaje de los toros: Y yo no tenía cuernos, no en ese instante, mi ornamenta descansaba al instante en que el yelmo permanecía descansando sobre la superficie de roca sobrante, el filo de ellos estaba limado ante la lanza clavada en un suelo inocente, y el instinto impuro hacía tiempo que dormitaba tras párpados a medio cerrar que daban sentir de neutralidad ante una sonrisa media que los acompañaba. Tan sólo los pensamientos podían interrumpirse en breves lapsos ante llamados de las gaviotas al acercarse a tierra estable, posándose en la orilla en un descanso merecido ante las horas de vuelo que ya habían derrotado.

Aquella isla era realmente preciosa, una jungla sin fango pero con tierra suelta mezclada con los granitos de la playa que no parecía finalizar dentro de si misma. Indiferente a marineros al no tener ninguna clase de atractivo táctico o si quiera como un sitio amplio para un buen puerto, estaba perdida pero cercana a los territorios más importantes de a quien yo servía, ¿no es así como evitas la falta de cumplir hacia una labor tan importante como lo era ser un General Marino de Poseidon? Pasaba el yelmo de una mano a la otra, lentamente, no apresuraba mis actos pues no había vigía o peligro que pudiera sentir como algo que considerase tomar real prudencia. Aún así, existía un presentimiento extraño de una convivencia inaudita o al menos no propuesta, una visión de un sueño o más bien instinto que figuraba en un impulso a moverse hasta allí con tal de comprobar si es que Morfeo ahora sonreía a mi favor con tal de dar una esperanza social entre la monotonía.

- No, quizás tontería veo en mi -

Sólo podía disimular la alucinación que podría ser el primer atisbo de que algún día perjure en contra de lo que siempre pude creer, una vaga risa que emergía en tono ronco la cual escapaba dócil a labios cerrados cuyo aire se transmitía casi cual bufido por las fosas nasales. Con manos a los bordes del objeto que traspasaba entre ellas, coloqué frente contra el tacto metálico del mismo, cerrando ojos que permitirían despejar aquellos pensamientos que amenazaban con cierto atisbo de imprudencia. Pero no estaba insano, la locura era de aquellos vividores extremos de la realidad, era un sexto sentido que hablaba con realidad pues la sensación de soledad había terminado, ¿o me estaría equivocando? Era imposible, pues el mar ante mi arrojaba brisas de advertencia, y ante él me levanté en una intención imponente que miraba al eterno vacío azul que transformaba su color en una resolución diversa de naranjas con primeros reflejos de estrellas lejanas. Siempre resulté intimidante, un semblante imperturbable con hombros fijos inamovibles ni ante la respiración, espalda rígida cuya extensión denominaba el entrenamiento de los años, y quizás la mirada severa que era naturalidad en momentos de indiferencia... pero ante el océano siempre sería sólo un punto irreconocible, pues aquello postrado sobre Gea no son más que insectos si no pueden sublimar su poderío. Girando el rostro, observaba sobre mi propio hombro a lo que llegase a espaldas, en lo que fuera allí acompañante relevante más allá de la vida representada a modo de flora y fauna, podría ser aquella esperada charla, o quizás un depredador, un contendiente por la Scale colocada sobre mi piel en forma de extensión del cuerpo. La determinante soledad había terminado, y con aquel tono bajo, rasposo como la madera que jamás ha sido tallada, expresaba bienvenida al nuevo emisario del destino, uno que en realidad no podía discernir aún pues era sólo un presentimiento, y quizás sólo un mensaje al aire.

- Deimos, llámame así, hijo de los ideales que alguna vez Esparta sostuvo sublime a ojos de los que jamás esperaron un desafío. Y aquí, ¿quién eres? -
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Deimos

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